Desde el 8 de octubre hasta el 16 de marzo de 2026, el Museo Reina Sofía acoge la exposición Máscara y compás sobre la obra de la artista gallega
Ana María Gómez Gónzalez, conocida como Maruja Mallo, nació en 1902 en Viveiro (Lugo). Con tan solo 20 años, realizó su primera exposición de cuadros con carácter academicista. Ese mismo año, ingresó en la Academia de Bellas Artes de Madrid, donde coincidió con pintores de la talla de Salvador Dalí. Desde el primer momento, Maruja fue conocida por ser una mujer revolucionaria, activa y liberal que sacudió la cosmovisión masculina presente en el arte.

Etapa formativa
La exposición está organizada de manera cronológica. Empieza con sus primeros bocetos y su colección inicial conocida como La Verbena, donde Maruja nos enseña la grotesca escena de las ferias populares madrileñas. En esta etapa, predomina un arte basado en el realismo mágico descrito por Franz Roh en su libro de 1925. La autora gallega conjuga a la perfección elementos tradicionales con vanguardistas, logrando representar la realidad deformada al más puro estilo goyesco. Tal fue el éxito de estas primeras obras, que la Revista Occidente decidió realizar una exposición artística (la primera de su historia) sobre las obras de la pintora gallega. El propio Ortega y Gasset, director de Occidente, quedará fascinado con el talento de Maruja.

La exposición sigue los pasos de Maruja en París, donde pudo continuar con su aprendizaje gracias a una beca de la JAE (Junta de Ampliación de Estudios). Entre el año 1932 y 1933, Mallo perteneció al selecto grupo de artistas de la corriente surrealista, guardando relación con representantes de este movimiento como Joan Miró o André Breton entre otros. Durante su etapa en la Ciudad de la Luz, Maruja se consagró como una sobresaliente autora por su serie Cloacas y campanarios. En esta nueva colección, predominan los elementos oníricos relacionados con la muerte, como entes espirituales, calaveras o la putrefacción. Los cuadros fueron ampliamente aclamados por la crítica. Precisamente, el propio André Breton compraría la obra Espantapájaros. Estos años en la capital francesa supusieron el «climax» de su estilo surrealista. Maruja volvería a España tras conseguir la plaza como profesora de dibujo en Arévalo.

Una ciudadana más
Al regresar a España en 1933, Mallo participó en diversos grupos de intelectuales como la posteriormente conocida Escuela de Vallecas. Pese al notorio reconocimiento recibido por su prolífica etapa surrealista en París, Maruja continúo con su incesable búsqueda de nuevas formas de expresión. Prueba de ello es su experimental obra de Clavileño, la cual no fue posible representar por la irrupción de la Guerra Civil. Aunque por encima de todo, durante los años previos a la contienda española, la contrastada autora se dedicó a las labores políticas en defensa de la educación, la libertad y la cultura. Maruja participó activamente en las Misiones Pedagógicas y se comprometió con la causa política republicana como una ciudadana más. El estallido del conflicto civil le sorprendió en su tierra natal, Galicia. De manera que Maruja Mallo se vio forzada al exilio, teniendo que partir rumbo a Argentina.

En sus primeros años de exilio, continúo con su denuncia social. La colección La religión del trabajo, desprende la humanidad que tanto caracterizaba a Maruja. La serie en su conjunto, es una acérrima reivindicación de los valores del trabajo que tanto llamaban la atención de la autora. En el documental Imprescindibles: Maruja Mallo de RTVE, se recoge la anécdota que desencadenó la creación de la famosa colección. La idea le sobrevino mientras asistía a la manifestación del primero de mayo con María Zambrano. Maruja vio a una mujer sosteniendo un pan en la mano, asi que decidió acercarse a preguntar: «¿De dónde venís y qué queréis?». La mujer le respondió: «Queremos pan». Esta serie de cuadros destaca por la composición coral y geométrica, la característica simbología del trigo y el pescado, así como la puesta en escena de la mujer rural y trabajadora.

En el exilio
Dado que el retorno a España se vislumbraba cada vez más como un horizonte lejano, Maruja comenzó a interesarse por temas de carácter esotérico. Además, continuó con el gusto por la perfección de las formas geométricas. Destaca la colección Naturalezas vivas, donde Maruja crea composiciones simétricas con elementos del paisaje del Oceáno Pacífico, como son las conchas y estrellas de mar.

Los años pasaban y Maruja prosiguió con su incansable producción artística. Fruto de su curiosidad, brota el interés de Maruja por las diferentes etnias del continente americano y africano, dando lugar a los cuadros de las máscaras. Durante los años de exilio gozó del reconocimiento del mundo de las artes, llegando a realizar una exposición individual en Nueva York. En esta etapa, mantuvo relación con el poeta chileno Pablo Neruda.

Los últimos años de Maruja
En 1965, Maruja regresa a España temerosa por la posible persecución que sufriría por parte del régimen franquista. Sin embargo, para su sorpresa, poca gente se acordaba de su figura. De manera que, después de la muerte del dictador, comenzó a frecuentar las tertulias televisivas y participar en la opinión pública. Ella tenía como objetivo lograr el merecido reconocimiento por parte de su país. Finalmente, España supo reconocer en vida a una de las grandes artistas del siglo XX con la medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes en 1982. Maruja Mallo, mujer transgresora, talentosa y carismática, murió el seis de febrero de 1995 en Madrid. La exposición Máscara y Compás en el Museo Reina Sofía es, por encima de todo, una oda a la artista que fue capaz de recrear el esperpento y disparate de una máscara tribal, con la perfección y precisión de un compás.

