Pánico y ternura, el nuevo ensayo de Lumen
Llega a España el ensayo de Paz López, Pánico y ternura. Un libro sobre la ternura, las emociones, la lucha, la vulnerabilidad y las mentiras que contrapone diferentes puntos de vista y sensaciones a través de la mirada de la autora chilena.
Los afectos
Pregunta: ¿Cómo y cuándo surgió la idea de escribir Pánico y ternura?
Respuesta: Siempre me gusta esa pregunta porque siempre los comienzos son medio ficcionados, no hay tanta claridad ni nitidez. Pero yo había escrito antes un libro sobre la piedad, sobre representaciones de la piedad en el arte chileno de los años 70 y 80. Ya venía trabajando con un afecto, pero también con una iconografía muy nítida, que es la piedad, una madre sosteniendo el cuerpo de falleciente de un hijo.
Me parecía que era una cuestión que me estaba rondando que tiene que ver con el afecto, con una emoción, pero también con un cuidado del otro, con afectos que nos vinculan a los otros. Quizás una suerte también de espíritu de época. A veces me encontraba en Instagram o pegados en las calles, por ejemplo, frases como «La ternura es revolucionaria». Me dieron ganas de pensar qué es esto de la ternura. Por qué la ternura sería o si es o no es revolucionaria.
La escritura a veces es tomarse el tiempo para pensar esas cosas que uno no podría pensar de otra manera que escribiendo.
Además, me parecía que era desafiante para la propia escritura. Escribir sobre algo que no es un concepto, que no tiene una expresión nítida en el cuerpo como sí tiene por ejemplo la rabia o la tristeza, una exterioridad como lágrimas o gritos. La ternura tenía una cosa muy enigmática y eso me parecía que era muy bonito para la escritura. Aproximarse mediante la escritura a algo que es enigmático.
Por otro lado, no aparecía, o al menos hasta donde yo había visto, sobre todo en mis lecturas sobre la piedad. No es algo que haya sido trabajado en la filosofía. La filosofía siempre ha trabajado con las pasiones y ha trabajado, con esas pasiones más establecidas como el odio o la tristeza.
No era algo trabajado por la filosofía. No había mucho referente para mí porque no había estado pensando en ella. Quizás no había encontrado tantas referencias. Me parecía desafiante en términos de escritura, de qué me voy a encontrar aquí. Y la posibilidad de empezar a leer, a buscar materiales, textos, de que me pudieran dar ciertas pistas para entrar a ese asunto.
Las consignas a veces corren el riesgo de volverse palabras vacías. La ternura es revolucionaria, pero ¿por qué es o no es? O, si lo es, ¿de qué manera? Era un poco para poder abrir eso que era un poco del orden de la consigna.
Las emociones
P: El título es Pánico y ternura, dos emociones muy opuestas. ¿Cómo querías contraponer estos dos términos?
R: Me parecía muy necesario que no apareciera solamente la palabra ternura. De hecho, con los editores del libro estuvimos dándole vueltas al título. A mí no me gusta mucho poner los títulos. Lo que sí tenía más o menos claro es que no quería que la ternura apareciera sola, sino asociada a una cuestión.
Yo creo que no es posible pensar la ternura sin pensar su contrapunto.
Un poco la idea muy freudiana de que somos animales que nacemos inclinados hacia el odio. Hacia la crueldad. Y que necesitamos una serie de mediaciones, como la cultura, que no siempre funciona para ese lado. Pero una serie de mediaciones que retarden la llegada de esa inclinación.
Por otro lado, para sacar a la ternura de todas esas retóricas del bienestar, del emprendedor individual, de esa idea de que uno siendo tierno se volvería buena persona.
Porque me parece que la ternura es mucho más compleja que una emoción o un afecto vinculado a la bondad.
Me parece que, porque somos animales que somos capaces de odiar, que somos capaces de crueldad, es necesaria la ternura. Porque si no es la guerra total. La ternura puede ser un límite para esa violencia y, que si desaparece, el mundo queda un poco desatado en esa suerte de suspensión de todos los tabúes que hacen que terminemos destruyéndonos.
La ternura como acto político
P: Ahora se está hablando mucho de la ternura también como acto político, como acto social. Es un afecto con el que tenemos que luchar, como forma de resiliencia, que forma parte de esa lucha. ¿Qué valor y qué significa para ti la ternura en este aspecto?
R: Me gusta pensar la ternura no como una definición. Creo que en el libro no hay una definición de la ternura, una suerte de teoría de la ternura. Primero, porque me sentiría incapaz de hacerlo, pero me parece que también está bueno que eso que es mucho más sutil y enigmático no se condense en la forma de una teoría y de un concepto que queda fijo. Puede ser muchas cosas.
A veces lo pienso. Pienso la ternura como una forma de imaginar, una forma de imaginación del mundo y de los otros. O una forma de representarse a los otros y en que no pase por el otro como el enemigo, sino para ampliar las representaciones sobre el otro. Es una forma de imaginación; otras veces puede ser una forma de tacto, un contacto con el mundo, que es porosa, que se deja tocar por los otros, por el mundo.
En los personajes que van apareciendo en el libro, no todos los ensayos son sobre un autor o una autora, pero a veces hay algunos dedicados y la mayoría de esos autores como Pasolini o Carver, en general fueron vidas atravesadas por el sufrimiento, por el dolor. Allí también aparece una pregunta: ¿por qué en estas vidas tan expuestas al sufrimiento aparece de pronto la ternura?
Como si no pudiera existir la ternura si no hay una conciencia muy radical del sufrimiento, de la actualidad, incluso nuestra condición de finitud.
Una suerte de saber sobre nuestra finitud. Puede ser una manera también de atención. Cada vez nos cuesta más atender, atender con todo el peso y la radicalidad que implica la atención. A mí siempre me gusta una frase de Simon Bailey que es «La atención solo es posible si uno se vacía de sí mismo». Tiene que haber un debilitamiento del yo, un vaciamiento, para que algo pueda ingresar en el cuerpo o en la mirada o en los sentidos.
La ternura puede ser algo así como una forma de atención. Atención además a las cosas que a veces parecen no ser demasiado importantes, a las cosas pequeñas, a lo diminuto. Me gusta pensar la ternura en sus muchas posibilidades, no como una definición. Pero si algo reúne todas estas cuestiones, una es una fuerza vital, es una potencia, algo que nos deja con un pie apoyado al lado de la vida.
A mí eso me importa. Yo eso lo creo mucho porque hacemos la experiencia del cansancio, del sinsentido, de la depresión… Y a veces consideramos que este es un modo inevitable de vivir, como si ya fuera una evidencia. Y me parece que la ternura puede imaginar de otras formas de vida que no pasen por este estado de los cuerpos, del vínculo con el mundo, del vínculo con los otros.
La dependencia
P: En Pánico y ternura hablas de la vulnerabilidad, de los cuidados, de la fragilidad, también el miedo. ¿Cómo querías enfocar todos estos temas dentro del libro?
R: Siempre está la figura del pánico presente porque efectivamente hay una parte del libro que me parece un punto interesante destacar la cuestión de la dependencia. Se suele pensar que crecer es ser adulto. Es ser independiente. No es algo así como soltar las amarras. Me parece que hay que pensar formas de dependencia no mortíferas en el fondo.
Hay dependencias que nos dejan del lado de la muerte, pero unas dependencias apegadas a algo así como al ritmo de la vida. Unas dependencias que además son constitutivas. Es imposible que podamos estar vivos sin algo que nos sostenga. Por eso ahí aparecen las referencias a Recalti, que fue un libro también muy importante en esta idea de que necesitamos unas manos. Él habla de un libro precioso, que se llama Las manos de la madre, que dice que somos animales arrojados al vacío.
Pareciera ser que el sinsentido es una condición que en el mundo hace de manos. Él dice que es una madre, pero no es la madre biológica, no es la madre de carne y hueso, sino que todas esas cosas que permiten que no caigamos en el sin sentido. A veces incluso pienso también que la ternura es un tacto, pero también a veces la imagino como unos brazos y hay muchas cosas que pueden ser brazo o madre: un libro, una mirada, una canción, un cuento.
En ese sentido el cuidado y la vulnerabilidad, reconocer que esta es nuestra condición, y que por eso entonces se vuelve imprescindible una representación del otro. Todo el odio a los migrantes, todos los odios a las minorías, que tiene que ver con el otro como alguien que viene a interrumpir mi realización personal.
Te metes a las redes y hay una suerte de odio desatado, además con una impunidad absoluta. Cualquiera puede decir cualquier cosa y no hay consecuencias, no hay responsabilidad, no hay ni una ética porque aparece esta caída de los tabúes, que ya no pareciera que nos podemos permitir todo. Me interesa pensar esos momentos que permiten otras representaciones de los otros y frenan esta destrucción.
Después uno podría preguntase “¿por qué es tan importante la conservación de lo humano?, ¿por qué es tan importante que sigamos existiendo?”. Y quizá eso es un enigma. No sabemos por qué, pero prefiero pensar que tiene importancia que sigamos vivos.
O incluso hay una frase muy bonita de Anne Dufourmantelle que dice «Cómo otorgarle un instante de vida a los vivos». Y es bonita porque es la idea de que podemos estar vivos, con vidas muy apagadas, muy anestesiadas, muy desactivadas, muy apáticas… Es como activar una chispa de vida a la vida. Me parece que eso es importante de pensarlo.
El silencio
P: También hablas de los silencios, de las mentiras. Hay una frase me gustó mucho que es “Por haber vuelto indistinguibles el idioma de la intimidad con el de la norma”. ¿Cómo querías enfocar esto en Pánico y ternura?
R: Hay una cuestión que me interesa, que yo creo que no la terminé del todo, pero dejé pequeños destellos en el libro. Pero hay algo de la intimidad, de una intimidad perdida, por una cuestión evidente que pareciera ser que el mundo se ha vuelto transparente, como si pudiéramos verlos todos. La sensación que tenemos, por ejemplo, cuando miramos las redes y las estaciones, que vemos como el mundo ocurriendo en vivo todo el tiempo. Nos despertamos en la noche y el mundo y las noticias y la información siguen funcionando.
La idea del mundo encendido las 24/7, donde pareciera ser que para existir hay que estar expuesto completamente. Donde todo tiene que ocurrir a la luz del día y donde se espera que cada uno sea transparente para uno y para los otros. Me parece que la intimidad vinculada quizás al misterio, a la sombra, es algo que habría que poder recuperar.
Hay un psicoanalista, que se llama Bauman, que dice: «Cuando estamos en la intimidad nunca podemos estar completamente solos, ya la subjetividad se constituye en relación a los otros, si estamos solos igual siempre estamos con otros». Es un punto bonito porque, de lo que nos podemos dar cuenta en la intimidad, es que también somos desconocidos para nosotros mismos. Y me interesa eso de nosotros.
Podemos comprender completamente eso de nosotros, que no está todo a la vista. Ahí hay algo que todavía no sé cuál es el destino de unas vidas o de unas subjetividades como camino hacia la transparencia y la visibilidad total. Pero tengo la sensación de que hay que volver a pensar esos lugares donde podemos recuperar nuestra parte de noche.
El deseo
P: También hablas en una parte del libro de la ternura como lo contrapuesto al sentirse deseado porque, si eres tierno, no puedes ser deseado, porque eres suave o dócil y no puedes. Me pareció muy interesante. ¿Cómo quisiste también enfocar esto en Pánico y ternura?
R: Partía de una experiencia. Sobre todo, en la adolescencia, cuando uno quiere ser deseable, que dijeran que una era tierna significaba como inacabada. Un poquito desabría, incapaz de despertar a los otros. Además, cuando uno dice tierno, siempre pone cara como de pobrecito, y ahí está en el libro.
También siempre son las gratitudes hacia otros que me hicieron poder pensar esas cosas. Por ejemplo, Anne Dufourmantelle en Potencia de la dulzura dice «La dulzura no es una debilidad, es una potencia».
También está la relación entre deseo, amor y ternura. Quería pensar en todos esos nudos extraños. En el amor aparece a veces esa cosa mucho más apaciguada. Además que del amor se ha dicho mucho, se ha escrito mucho y es una época además repleta de prescripciones. A ver cómo hay que amar, cómo tiene que ser la relación, cómo hay que actuar frente a los otros, mucho protocolo en torno al amor.
El deseo siempre es una cosa muy necesaria. Es un motor de vida el deseo, pero a veces esta cuestión de un deseo, esa inyección de un deseo permanente, que lo incendia todo y que no puede nunca permanecer, hacer que uno permanezca en algo, con la paciencia que a veces eso implica.
La ternura lo es todo. No es el discurso amoroso ni sus pretensiones; tampoco es el deseo o el motor de vida, pero también al mismo tiempo como motor de destrucción. La ternura está ubicada en el pliegue, entre esa potencia de vida y esa permanencia que el amor a veces ofrece. Quería pensar en esa doble condición, permanencia y estar pacientemente en las cosas. También con un deseo y una chispa de vida.
La empatía
P: La familia también tiene un papel importante en el libro. Aparece el papel de la madre, de la hermana… ¿Cómo quisiste plasmar esta familia en el libro? Como son muchas de ellas experiencias propias, ¿cómo decidiste los límites sobre lo que querías contar y lo que no?
R: Todas las referencias más biográficas, por decirlo así, no fueron para nada pensadas antes de escribir. Estoy escribiendo sobre la ternura o merodeando este asunto, se ha despertado una memoria de infancia muy fuerte. Eso fue bien impresionante mientras lo escribía.
Así como muchos recuerdos, muchas sensaciones vinculadas a la infancia y que en un punto me permitía varias cosas. Por un lado, no teorizar porque tenía también mucha precaución de que no fuera un libro de teoría, no quería que se fuera el registro del libro, quería hablar de cuestiones universales o categorías, convertir la ternura en universal o en una categoría.
Tenía ganas de tener cuidado con eso y una de las maneras quizás en las que me encontré es volviendo hacia la cuestión más biográfico-experiencial, pero pensando que eso es algo que es universal. Yo creo que solo es importante, solo es interesante que aparezca algo en la experiencia cuando eso puede ser algo que compete al mundo.
Todos hemos tenido una madre. Todos hemos sido hijos o hijas. ¿Qué implica esta condición? No era tanto para hablar de mí, sino para pensar en eso, pero desde una suerte de pensamiento apegado a la experiencia y no a la teoría.
Hay cierta cuestión, que yo creo que hay cosas que no se pueden decir sino escribiendo
y quizás había algo allí en relación a mi hermana, a esas vidas completamente vulnerables. Esas vidas que están siempre pendiendo de la muerte que me permitía pensar algo también de la ternura y del cuidado. Me hacía también poner atención en ciertas nociones que son propias del léxico de la democracia como la tolerancia, la empatía. No digo que haya que pensar en contra de ellas, pero también hay que volver a pensar esas palabras.
La tolerancia es efectiva para ir al encuentro de eso desconocido y la tolerancia, como dice Pasolini: «Es la forma refinada de la condena». Porque tolero lo que no soporto. Tolero lo que se corre de la norma pero es muy normativa la tolerancia.
La ternura no es la tolerancia. No tiene la cuestión normativa porque no tiene definiciones. Nos propone definiciones. La tolerancia es vertical: hay una norma y el desvío de esta norma es lo que se tolera, siempre en relación a una norma. La ternura no tiene eso.
Hay un libro muy precioso que se llama En la naturaleza las cosas crecen de Yiyun Li, pero es un libro que lo escribió a propósito del suicidio de sus dos hijos. Ella decía «Mucha gente se acercó a decirme que me entendía y cuando me decía que me entendía empezaba a decir porque yo también pasé por algo así».
La empatía siempre termina siendo una puesta en escena del yo, del yo del otro.
Dice: «No digan que comprenden, hay cosas que no hay que comprender, que no se pueden comprender, menos aún si esta comprensión pasa por elevarse a uno mismo». Entonces la empatía es una suerte de narcisismo también. La ternura es otra cosa. Estaba pensando entre la tolerancia y la empatía, la ternura como una cuestión mucho más, como una suerte de sensibilidad mucho más fina.
Lectura y escritura
P: ¿Cómo es tu proceso creativo?
R: Trabajo en dos carriles: mucha lectura mientras estoy escribiendo. Leo mucho. Me importa mucho entrar en relación con lo que otros han escrito. Han pensado sobre lo que uno también está pensando. No me gusta la idea de que uno se autogenera, al revés.
Me parece que hay que tener gratitud con lo que otros ya hicieron antes que nosotros.
Me gusta mucho leer, me gusta mucho no solamente capturar en contenido, sino los tonos en que escriben los otros como estrategias escriturales. Voy leyendo y al mismo tiempo escribiendo. Escribo y suelo no volver atrás. Estoy en la frase siempre, estoy todo un día ahí, con una sola frase, hasta que el texto se teje. Sin vuelta atrás. Vuelvo a editar muy poquito, pero casi no. Soy muy lenta para escribir.
Lo hago sobre todo en las mañanas, con mi cigarro y café, pero sobre todo estoy muy acompañada de la lectura. Volviendo a lecturas como por ejemplo Carver o Perec. Los había leído, pero nunca loa había leído en clave de la ternura. Entonces voy y vuelvo y encuentro estas conversaciones secretas que son completamente alucinantes.
Otra cosa que me importa mucho, no digo que no me interesa el contenido de lo que estoy escribiendo, pero me importa mucho la fuerza de la escritura. Me parece que la escritura es una suerte de maquinaria por donde entran las cosas y salen convertidas en otras cosas, que hay que entregarse como a una fuerza de la escritura. Barthes dice: «A veces mi cuerpo piensa cosas distintas a las que yo pienso» y a veces la escritura también es así.
La escritura empieza a dispensar sus propias ideas y uno a veces se encuentra escribiendo algo que no sabía que pensaba.
Por eso me gusta además el ensayo y por eso me parece muy bonito. Primero porque no tiene pretensiones de verdad, no tiene pretensiones de afirmar algo cierto y definitivo. Tiene algo el tanteo que me parece que es muy bonito el tanteo mediante la escritura. Me gusta que el ensayo hace que las cosas con las que uno choca. Con la que el pensamiento choca, no son obstáculos que hay que sacar y pasar en limpio, sino que es el pensamiento mismo.
El pensamiento es sobre todo ese obstáculo de todo lo que no podemos comprender, de lo que se resiste a ser escrito. Un género generoso, me gusta pensar así, hospitalario, porque permite que la poesía, que la experiencia, que la teoría, que la literatura, ingrese allí, es menos rígido quizás que otro registro de escritura.
La experiencia
P: ¿Qué quieres que se lleven los lectores cuando lean Pánico y ternura? ¿Qué conversaciones quieres generar?
R: A veces parece que el libro tiene ciertas zonas de oscuridad o de melancolía y de tristeza. También hay algo en el libro que me importa pensar, que sonaba como algo inclinado hacia la vida. No me llevo muy bien con los discursos y las imaginaciones del film, con estas imaginaciones apocalípticas contemporáneas.

Parece que las formas de imaginar el mundo producen también un mundo y estas imaginaciones obturadas cerradas son muy clausurantes, aspirantes y depresivas. Me importa que sea un libro que no se lea en la clave de una vitalidad. Tampoco la ternura aparezca reducida también a una suerte de categoría ni de concepto.
Creo que a veces es una cosa y a veces otra. Pero también está la infancia, el amor, la tristeza, la melancolía… que puede estar puesta en relación con los afectos. Hay algo también de la escritura que me parece que a veces siempre estamos acostumbrados a pensar que la única forma de pensar es interpretar y me parece que también es experiencia.
La experiencia de la lectura a veces sin buscar en ello una definición, una verdad, sino una experiencia. Ojalá eso sea, una experiencia de lectura y haga lo que a veces han hecho en mí otros escritores, que es conmoverme o sacarme de los lugares de los que yo pensaba, hacerme pensar otra cosa, llevarme hacia el pasado, revolver los tiempos. Todo esto que yo agradezco que otros escritores hagan en otras escrituras esto que hacen conmigo.


