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‘Vivre sa vie’: ecos de una vida prestada a lo inevitable

Tras la consolidación del cineasta con ‘À bout de souffle, se estrena en Francia un 20 de septiembre de 1962, ‘Vivre sa vie’.

En pleno auge de la nouvelle vague, Godard ya era contemplado como un cineasta disruptivo y provocador. Su nueva película confirmó su madurez estilística, obteniendo el Premio Especial del Jurado en Venecia. Vivre sa vie’ marcó el inicio de su cine más filosófico y existencial, alejándose de la energía juvenil de À bout de souffle’.

Jean-Luc Godard llegó al cine dispuesto a dinamitar las reglas establecidas. Influenciado por su etapa como crítico en Cahiers du Cinéma, se lanzó en búsqueda de nuevas formas de hacer cine. Godard inventó un nuevo lenguaje audiovisual en medio de un páramo de convencionalismos fílmicos y narrativos. Huyendo de la arbitrariedad, de lo “caprichoso”, y realizando propuestas respaldadas por una inteligencia magna guiadas por la eterna búsqueda de la inexplorada modernidad.

Desde À bout de souffle’ (1960), dejó claro que su cine iba a ser distinto: rupturas de montaje, saltos de eje, diálogos casi improvisados y una narrativa fragmentada que desafiaba la fluidez tradicional.

‘Vivre sa vie’ nace en pleno apogeo de la nueva ola francesa, un movimiento que revolucionó el cine francés alejándolo de las producciones de estudio y llevándolo a las calles, con cámaras ligeras y una estética más espontánea. Godard, junto a Truffaut (a quien además rinde homenaje en este filme), Rivette o Rohmer, defendía un cine de autor, más libre, más personal. Desde su faceta como crítico, ya había cargado contra el cine francés tradicional, que consideraba demasiado rígido. ‘Vivre sa vie’ es una muestra de su visión radical: encuadres inusuales, silencios largos, o rupturas de la cuarta pared.

Anna Karina en 'Vivir su vida'. / Fuente: The Cinematheque
Anna Karina en ‘Vivir su vida’. / Fuente: The Cinematheque

Fue estrenada en una Francia que vivía un proceso de modernización, pero también una crisis de identidad tras la guerra de Argelia. La película captura esa sensación de cambio y vacío. El personaje de Nana no es solo una joven en busca de independencia, sino el reflejo de una generación atrapada entre la promesa de la libertad.

Sinopsis

Vivir su vida’ narra la historia de Nana, una joven muchacha parisina de 22 años interpretada por la audaz y angelical Anna Karina, quien, a su vez, era la esposa de Godard por aquel entonces. Nana sueña con ser actriz, y bajo el amparo de la esperanza y búsqueda de su propio sueño, abandona a su esposo y su hijo. Sin embargo, acabará cerciorándose de las dificultades que suponen escribir su propia historia, vivir su propia vida. La dura realidad ante la cual deberá responsabilizarse le empujará a la precariedad, para finalmente, verse inmersa en el oficio de la prostitución.

Entre cortes y miradas

El relato se traza sobre una línea dramática zigzagueante, a menudo, incluso discontinua. Sin embargo, estos rasgos de discontinuidad se subordinan bajo una unidad emocional sólida y consistente, erguida sobre la incuestionable inocencia y pulcritud del personaje de Nana, y la mirada glorificadora de Jean-Luc ante su amada, Anna Karina; la cual está constantemente presente.

Nana, un haz de luz en la penumbra

Nana, aun encarnando un espíritu en busca de la eterna libertad, permanece incesantemente supeditada al carácter y la psique que proyecta, brindándole más valor a las expectativas que puedan hacer de ella un “ser especial” antes que un “ser querido”. Este rasgo puede interpretarse como una manifestación del carácter precursor y vanguardista que define la visión autoral del director.

El sueño de Nana se desvanece en el instante en que acaricia la marginalidad y la banalidad de los entornos en los que se verá forzada a subsistir. Quebrantando sus virginales ideales sobre la vida, se verá sumida en una cruda realidad existencial ante la cual carece de la fortaleza necesaria para hacer frente.

“Solo comprenderemos nuestra ruta al término del camino”.

Finalmente, tomará plena conciencia de su existencia y de las circunstancias que la envuelven, como si su futuro estuviese inscrito en una reflexión orteguiana sobre el ser y su entorno. Evadirse no es una opción, pues somos esclavos de la realidad nos rodea. Actuar con supuesta libertad sobre ella, implica la responsabilización tanto de los actos, como de sus consecuencias. A diferencia de Yvette, Nana no cree en el destino. El ser humano es caminante de su propio camino, selector de cada paso cometido, de cada roca tañada; consciente de que cada uno de ellos moldeará la vereda.

Ana Karina y Sady Rebbot en 'Vivir su vida'. / Fuente: BFI Player
Ana Karina y Sady Rebbot en ‘Vivir su vida’. / Fuente: BFI Player

Palabra, pensamiento y existencia

Nana, incapaz de entenderse por completo a sí misma, se enfrenta a una paradoja esencial: la imposibilidad de exteriorizar plenamente su valor interno.

La palabra es esencial para vivir, pero también nos traiciona, pues no siempre logra expresar con fidelidad lo que sentimos. Para hablar bien, es necesario un distanciamiento de la experiencia inmediata, una «muerte» temporal que permita comprender la vida desde la reflexión, alejándonos de la inmediatez instintiva. La oscilación entre la vida y el pensamiento, entre la palabra y el silencio, constituye una dialéctica existencial que define la vida humana. Nana, quien ansía la libertad, se ve atrapada en la imposibilidad de comprender su propia existencia.

«CUANTO MÁS SE HABLA, MENOS QUIEREN DECIR LAS PALABRAS».

Nana es un reflejo de esta paradoja, atrapada entre su anhelo de libertad y su incapacidad de comprenderse y expresarse plenamente. Godard muestra así la tensión entre la vida vivida y la vida pensada, donde el lenguaje es tanto una herramienta de comprensión como una barrera.

Neones, cigarrillos y gramolas

En ‘Vivre sa vie’, Godard incorpora elementos de la cultura pop de manera innovadora, integrando en su narrativa objetos cotidianos como gramolas, marcas de cigarrillos, tragaperras y portadas de libros. Estos detalles, lejos de ser simples decorados, anclan la historia en un entorno urbano realista, funcionando como signos de la modernidad. La presencia de marcas comerciales y referencias a la industria del entretenimiento rompe con la asepsia del cine clásico y anticipa una estética que luego influenciaría a cineastas como Quentin Tarantino o Wong Kar-wai.

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