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Guillermo del Toro y su monstruo más humano

La última propuesta de Guillermo del Toro explora el mito de Frankenstein desde una perspectiva más íntima y contemporánea

Casi diez años después de que Guillermo del Toro dejara entrever sus intenciones de llevar a la gran pantalla la novela de Mary Shelley, Frankenstein, la película finalmente llega al público. El director mexicano suma una nueva criatura a su ya extenso catálogo de monstruos cinematográficos, en lo que se convierte en una adaptación gótica, pero profundamente humana.

Con un tono sensible, melancólico y poético, del Toro retrata la sociedad del siglo XVIII inquietantemente cercana a la nuestra, donde toma forma la pregunta que atraviesa toda la película: ¿qué nos hace humanos?

Una historia en dos pulsos

Dividida en dos partes y precedida por un preludio a modo de introducción, la película muestra dos perspectivas de una misma historia: la del creador y la de la creación. El monstruo y el humano; o quizás, el monstruo y la criatura.

En la primera mitad conocemos a Víctor Frankenstein, un niño marcado por carencias de afecto familiar. En su adultez, decide llenar con ciencia esas heridas, lo cual le llevará a la obsesión y a desafiar los límites entre la vida y la muerte. Del Toro dibuja así el descenso de Víctor hacia una locura más monstruosa que su propia creación.

El segundo relato continúa desde la mirada de la criatura. Aquí nace un ser puro, sin malicia ni contaminación social, que se enfrenta por primera vez y en soledad a un mundo que le repele por ser como es. Frente a él hay una sociedad corrupta y perturbada, rígida, incapaz de comprender la diferencia no elegida de la criatura.

Los monstruos se crean

¿Qué es aquello que nos hace humanos? ¿Dónde se encuentra la fina línea que nos diferencia de lo monstruoso? ¿Quién es el verdadero monstruo? Estas preguntas son las que sostienen el relato y con las que se crea una criatura conmovedora: monstruosa, pero más humana que quienes la juzgan. Del Toro destaca la belleza e inocencia del monstruo, un ser sintiente y emocional, puro y curioso, que nos recuerda la principal, sino única, finalidad con la que humanos llegamos a la vida: ser vistos, amados y comprendidos. Todos los deseos que nacen posteriormente, como consecuencia de nuestra relación con el entorno, son solo construcciones, y, en muchos casos, corrupción de esa esencia inicial.

La criatura no es un monstruo por lo que es, no es un monstruo en su origen, sino en lo que el mundo decide ver de ella. Se vuelve una amenaza, se convierte en monstruo por representar lo desconocido dentro de un mundo rígido, lo que no se puede clasificar ni tener bajo control. La monstruosidad es construida, y nace del miedo ajeno, de la falta de empatía y del abandono.

Así, la forma tan humana de retratar a la criatura por parte del director nos obliga como espectadores a empatizar con ella, a reconocerla como el personaje más humano de todo el relato. En contraste, la sociedad queda retratada como intolerable, que rechaza a todo ser extraño que no encaje en su mundo cruel y dominado por la violencia. Un mundo estático y homogéneo, donde si no se corresponde con la artificial y construida normatividad, se es despreciado.

La caída del creador

En paralelo, acompañamos a Víctor Frankenstein en su descenso a la locura. La ambición científica, primero combustible de la curiosidad, luego condena del personaje, termina por devorarlo. La idea de dotar de vida a aquello que está muerto, única razón de su existir y sentido de su vida, lo lleva a su perdición, convirtiéndose en su castigo.

Del Toro plantea así dos condenas: la del creador atrapado por su propia creación y la de un monstruo creado por la sociedad y condenado a vivir en contra de su voluntad. La película formula con esta dualidad una última pregunta: ¿qué hacer cuando no se quiere vivir más? La compañía y el amor se presentan como únicas salidas a la cruel e inhumana vida, pero, ante la imposibilidad de su consecución, solo queda sobrevivir.

Cuerpos, voces y mirada: el reparto

El trabajo actoral destaca considerablemente con Mia Goth, Jacob Elordi y Oscar Isaac como reparto principal en los papeles de Elisabeth, la criatura y Víctor Frankenstein, respectivamente. Cabe destacar la actuación de la británica que, ante la sospecha inicial de cubrir la figura de interés romántico, nos damos cuenta de que no es un ser pasivo, sino que representa la voz de la moral y el reflejo de la criatura. Elisabeth observa a la criatura sin perjuicio, acercándose a ella con la misma pureza y curiosidad con la que esta se acerca al mundo. Esa mirada la convierte en una figura igualmente disidente, ajena de una sociedad que la espanta.

Jacob Elordi, por su parte, brilla en su papel de la criatura, el monstruo, más físico que verbal, y que encarna a la perfección con su mirada tímida a la vez que malvada, apoyada en un trabajo artístico cuidadosamente elaborado que captura el tono gótico y romántico de la película.

Tras su preestreno en el Festival de Venecia en 2025, donde estuvo nominada a León de Oro – Mejor película, el filme de Guillermo del Toro llegó a las salas en octubre de ese mismo año, y actualmente puede verse en streaming en Netflix.

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