Raquel Vázquez: «Todavía no he escrito el libro del que esté totalmente satisfecha»

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Raquel Vázquez durante el acto del Premio Loewe de Poesía | Fuente: Fundación Loewe

Realidad, intimismo y serenidad conforman la voz poética de Raquel en Aunque los mapas, su último poemario y XXXII Premio Loewe a la Creación Joven

Raquel Vázquez (Lugo, 1990). Filóloga hispánica, informática, poeta, novelista. Con Aunque los mapas, su último poemario, obtuvo el Premio Loewe a la Creación Joven (2019) y El Ojo Crítico de RNE de Poesía (2020). Ha publicado un total de once obras. Entre ellas destacan: Por el envés del tiempo (Ediciones Cardeñoso, Premio Poeta Juan Calderón Matador, 2011), El hilo del invierno (Hiperión, Premio Nueva Valencia, 2016), Lenguaje ensamblador (Renacimiento, Premio Orizzonte Atlantico, 2019). En el plano narrativo, Chomolangma (La Isla de Siltolá, 2017), La ocarina del tiempo (Trifolium, 2016) y Paralelo 36 (Talentura, 2019).

Raquel, como buena conocedora del lenguaje, despliega un arsenal poético a lo largo de todas sus obras. Sus versos vuelan en la entereza, se desplazan por lo etéreo adquiriendo diversidad de posturas: dolor, lirismo, levedad. Señores, el día que nació Raquel, la poesía estaba parpadeando, pues fue mirarla y nació un mundo.

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En esta entrevista, la autora gallega se abre a nosotros para hablarnos de poesía contemporánea, la importancia de los premios literarios, sus obras, censura o poesía nicaragüense.

Sobre actualidad y poesía

Pregunta: ¿Estás trabajando en algún proyecto literario actualmente? 

Respuesta: Tengo un poemario que acabo de terminar por tercera vez: me cuesta desprenderme del texto hasta que no llega el momento de fijarlo en papel —es el proceso de edición el que pone el punto final—. Y estoy anotando ideas para dos poemarios más. También estoy trabajando en una novela. Tengo escrito un primer borrador, pero creo que he sido demasiado optimista y aún me faltan meses de trabajo para llegar a algo aceptable.

P: Once libros en los últimos diez años. ¿Qué sientes al echar la vista atrás y ver todo lo que has publicado y que tus obras hayan ido acompañadas de premios tan prestigiosos como el Loewe, el Ojo Crítico, el Gloria Fuertes de Poesía Joven?

R: Siento agradecimiento, sobre todo. Hace diez años era totalmente ajena al mundo literario, era sólo una estudiante de Filología que escribía y quería publicar, que me leyeran… y lo he ido consiguiendo. También estoy orgullosa de mi perseverancia. Los éxitos sólo son la punta del iceberg, debajo están las horas de trabajo, los intentos fallidos, las negativas, los segundos puestos en los premios que más deseaba, los libros que no se venden tanto como querría. Echo la vista atrás y pienso que la casilla de salida nunca termina, que siempre estoy empezando y está bien que sea así.

P: ¿Cómo fue tu primer contacto con la poesía? 

R: Mi primer contacto con la poesía fue en casa. Mi madre se sabía algunos poemas de memoria, de Machado, Miguel Hernández, Bécquer…  y, por ejemplo, si yo mencionaba algo de terciopelo, ella me podía responder “Tu corazón, ya terciopelo ajado, / llama a un campo de almendras espumosas…”. Mi abuela, que dejó de estudiar muy pronto, tenía una memoria excelente y también me recitaba algún que otro poema. Recientemente me he enterado de que ella también escribía, que sus padres le reñían por ello y le decían que no se dedicara a perder el tiempo. Por desgracia, esos textos se han perdido. En cuanto a leer poesía, los primeros poetas que me marcaron fueron Ángel González y Jorge Riechmann. Los conocí gracias a mi profesor de literatura, Francisco, en el instituto público al que iba. También comencé a leer entonces a Roger Wolfe o Blanca Andreu.

Con 17 años, ya conocía las principales editoriales de poesía, los principales premios, la poesía que se estaba haciendo en ese momento. La poesía, por tanto, nunca ha sido para mí ajena o inalcanzable, sino una maravilla cotidiana.

P: ¿Qué opinas de las corrientes poéticas que han impulsado redes sociales como Instagram? 

R: Es difícil delimitar qué es poesía y qué no lo es. En mi opinión, así como en narrativa se publican muchas novelas de consumo rápido, de usar y tirar, en poesía había un hueco en el mercado que se ha ido llenando análogamente en los últimos años. Yo no llamaría poesía a buena parte de ello, sino un sucedáneo. Pero sería muy peligroso generalizar, porque siempre hay excepciones. Aparte de ello, también puede leerse el fenómeno desde una perspectiva más optimista. En estos momentos, la poesía se presenta frente a los adolescentes como cualquier otro fenómeno de masas. Ya no se reduce a una poesía de la tradición que no siempre resulta inteligible para los jóvenes. Y tal vez estos lectores puedan acabar dando el salto a los clásicos y a obras de calidad.

P: Algunos críticos hacen una diferenciación entre una corriente propagada por las redes sociales y, sin embargo, otra que impulsa jóvenes poetas gracias a la diversidad de premios literarios de poesía. ¿Estás de acuerdo con ello o consideras que cada lector puede consumir lo que él desee?

R: Las diferenciaciones ayudan a comprender el panorama, pero quedarse en ellas es reducir la realidad, abocarse al sesgo y a la simplificación. Hay buenos autores que saben usar las redes o que tienen bastantes seguidores (Rodrigo García Marina, Elizabeth Duval, Ángelo Néstore, Jorge Villalobos). ¿Por qué no se va a poder combinar calidad y público amplio? Deberíamos aspirar a todo.

P: ¿Cómo ha sido tu experiencia dentro del panorama editorial?

R: Desde fuera, se percibe como un éxito, pues he conseguido publicar más de una obra al año. Desde dentro, lo percibo como una lucha constante. Las editoriales reciben muchos manuscritos, cierran su catálogo con un año o más tiempo de antelación. Uno de mis sueños literarios sería encontrar una agencia y poder desentenderme de estas cuestiones. Mientras escribo, todo está bien. Cuando pongo el punto final y toca vender mi obra, cuando toca venderme a mí, es cuando empiezan las dificultades.

Sobre sus obras, premios literarios y filología hispánica

P: Desde Por el envés del tiempo hasta Aunque los mapas has ido forjando una voz poética, con una belleza y cuidado del lenguaje. ¿Cómo has notado tu desarrollo en primera persona?

R: Ha sido un proceso orgánico. Lecturas, vivencias, deseos consumados y frustrados que me van haciendo madurar: ese proceso también se refleja en la palabra. Tampoco es un desarrollo lineal, ni tampoco el público o los jurados coinciden en la valoración que puedo hacer de mí misma. Por ejemplo, tengo predilección por Lied de lluvia para una piel ausente, me parece un poemario muy logrado, pero apenas se ha leído. Y Lenguaje ensamblador, en mi opinión, va un paso más allá que Aunque los mapas, pero aún no se ha vendido ni un 30% de la tirada. En cualquier caso, nunca me conformo. Todavía no he escrito el libro del que esté totalmente satisfecha. Es un trayecto de asíntota, donde cada vez intento aproximarme más, pero la perfección, para bien y para mal, nunca llega.

P: ¿Cómo afrontas el proceso creativo de tus obras? 

R: Suelo tener una primera idea vaga acerca de lo que quiero escribir. A veces antes, a veces después, emergen los primeros poemas. Comienzo a ver nexos, puntos en común, intuyo el lugar adonde quieren llevarme. Y a partir de ahí esa intuición de fondo me acompaña en los poemas que sigo escribiendo. Un día, de pronto, veo más definida la estructura. Comienzo a advertir las necesidades específicas de ese poemario que ya respira de algún modo, temas que todavía no he tratado. Repaso las recurrencias, tanto en el fondo como en la forma, las potencio, a veces como repetición y otras veces como paradoja.

Finalmente, pongo mucha atención en el orden de los poemas: los distribuyo en el suelo en forma de fichas, formo lo que llamo una alfombra de poemas y los encajo como si fueran piezas de un puzle. Y faltan, claro, las relecturas, los tachones, los poemas que se descartan y los que nacen de pronto para incorporarse a tiempo.

P: ¿Hay algún título al que le tengas un aprecio especial de todos los que has escrito?

R:  Les tengo aprecio a todos, pues son una parte de mí —o yo soy una parte de ellos, no sé quién está realmente en quién—. Puedo juzgarlos con más o menos severidad, pero todos han sido el proyecto más importante para mí cuando estaba escribiéndolos.

P: ¿Son importantes los premios literarios? 

R:  Para mí son muy importantes, pero principalmente como un medio, no como un fin. Un medio de poder publicar, de recibir un apoyo económico si lo tienen, de lograr visibilidad y público. También importan porque tienen el respaldo de un jurado detrás, que suelen ser personas con una trayectoria importante y que puedo haber leído y admirado. De todas formas, el mayor premio es que alguien me escriba o se me acerque y me dé las gracias por mi poesía, porque le he ayudado, acompañado, porque he encontrado las palabras que necesitaba.

P: ¿Qué te ha aportado la filología hispánica?

R: Desde antes de empezar la carrera tenía claro que quería escribir, así que enfoqué los cinco años a aprender la lengua y la literatura desde una perspectiva que me sirviera para la escritura.

P: ¿Qué fue lo que más te gustó y lo que menos de la carrera?

R: Disfruté prácticamente todas las asignaturas. En cuestiones lingüísticas, siempre me ha gustado la sintaxis, y fue una maravilla aprender de un maestro como Jiménez Juliá. También recuerdo con mucho agrado las clases de historia de la lengua. En literatura, las clases de Hispanoamericana, con Luis Martul, fueron de lo más enriquecedor, pero en general agradezco haber hecho el recorrido completo por las distintas épocas y autores de la literatura española. Si tengo que señalar algo negativo, tal vez sea que algunos profesores veían la escritura como una distracción, y que yo no estaba centrada en lo que, según ellos, tenía que estar —es decir, la mirada filológica y la investigación—. Pero también hubo profesores que me animaron a seguir con la poesía, como Yolanda Novo o Alfonso Rey. Tengo muy buen recuerdo de aquellos años.

Poesía nicaragüense y censura

P: ¿Qué papel ha jugado Rubén Darío en tu construcción como poeta y, sobre todo, como lectora de poesía? 

R: De Rubén Darío siempre me ha gustado su música, su plasticidad, su capacidad de crear mundos exuberantes a través de la palabra. He disfrutado de su lectura, aunque no es de los poetas que más me hayan marcado a la hora de escribir. En cuanto a la poesía nicaragüense actual, sigo con mucho interés a Gioconda Belli.

P: Tongolele no sabía bailar, la última novela de Sergio Ramírez, ha sido censurada en Nicaragua. ¿Qué opinas que en pleno siglo XXI se retenga una obra en aduana y se prohíba su libre circulación?

R: Evidentemente, la censura parece una cuestión anacrónica, una aberración del pasado, anclada al Medievo. Tenemos que ser conscientes de que la Inquisición puede tomar muchas formas, a veces puede ser muy sutil incluso, pero todavía está vigente. La lucha por la libertad de expresión todavía es necesaria.

P: ¿Te has autocensurado alguna vez escribiendo?

R: Sí. Por cuestiones políticas, sobre todo en mi novela Chomolangma, pero creo que aun así la ideología que quiero transmitir está clara. Y me he autocensurado bastante en la poesía amorosa, como consecuencia de inspirarme en un amor no correspondido y no poder hablar con claridad. De todas formas, en los resquicios de la censura tal vez aflore con más fuerza lo creativo. Aunque no sea la situación óptima, nada debería callarnos.

Manías, influencias literarias, recomendaciones

P: Manía o manías que tengas a la hora de escribir.

R: No tengo ninguna, puedo escribir en cualquier lugar y condición. Pero sí hay circunstancias que son propicias. Por ejemplo, las duchas suelen resultarme inspiradoras. En el ordenador, me ayuda poner música barroca o Radiohead, cuando no son posibles el canto de un pájaro o el silencio.

P: Describe tu estancia en la fundación Antonio Gala con una palabra.

R: Edén.

P: Completa la frase: “Escribo porque…

R: Necesito encontrar las palabras que me faltan.

P: Nombres de autores y autoras que más te han influido.

R: Ángel González, Samuel Beckett, Julio Cortázar, Emily Dickinson, Vicente Huidobro, Alejandra Pizarnik, Roberto Juarroz, Wisława Szymborska, Christian Bobin. En los últimos años, me ha aportado mucho descubrir a Olga Orozco y a Louise Glück.

P: Un libro de la literatura universal que te hubiera gustado haber escrito.

R: Muchos, pero, por quedarme con uno, El llano en llamas, de Juan Rulfo. Poesía, belleza, crudeza, contención, intensidad: lo tiene todo.

P: ¿Qué estás leyendo actualmente?

R: La última colección de relatos de Haruki Murakami, Primera persona del singular. He leído todos sus libros, y pertenezco a ese extraño grupo de gente a la que sí le parecería bien que le concedieran el Nobel. También estoy leyendo a Sharon Olds, y algunos poemarios publicados este año, como Márgenes de error, de Ignacio Pérez Cerón.

P: El próximo Premio Cervantes se lo darías a…

R: Diamela Eltit, Margo Glantz o Luis Alberto de Cuenca.

P: Alguna recomendación literaria para todo aquel que lea esta entrevista.

R: La poesía de Eduardo Fraile, que debería conocerse mucho más. Poemarios como Retrato de la soledad (Difácil) o Perlas ensangrentadas (Tansonville) son verdaderas joyas.

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