Esther le ha prestado a Marga el protagonismo. La ha dejado ser…
Esther no existe. Nunca existió. Quizás solo es una máscara, un pseudónimo. Esther bien podría llamarse Marga, Maca, María o Iris. Todas ellas forman un conglomerado afectivo atractivo. «Yo es otro», diría Rimbaud.
Lo cierto es que son una sola. Comparten cualidades, muchas diría. De allí a que me parezcan mujeres superiores. Son la unicidad. No hay nada por encima de ellas: sabiduría, empatía, profundidad y cultura. Algunas las he tenido a mi lado, las conozco en primera línea de fuego. Sin embargo, otras las he deseado. No lo niego.
Decía Fromm que «ser capaz de estar solo es la condición para ser capaz de amar». Ellas saben amar. Amar bien. A ojos cerrados y abiertos. ¿Cómo una mujer como Marga no va a saber amar? Ese paso decidido y leal. Esa concentración innata. Ese Margarita, está linda la mar que posee. Envidio su capacidad de retentiva. Yo admito que la he perdido.
Ojalá las vieran con mis ojos. Quizás lo comprenderían. Todas comparten el don de la observación. Marga observa. Es aplicada. Esther igual. ¿Acaso no son la misma? Quizás no. Iris y Maca dominan las normas del silencio a la perfección. Y eso es una virtud, pues quien sabe escuchar, tiene la capacidad de comprender mejor el mundo.
No lo niego, me hacen humano. Sus capacidades me atraen. Me las sé de memoria. A Marga podría reconocerla por la forma que tiene de colocarse el pelo cuando escribe en el teclado. El desliz repetitivo de su rapidez. Fiel a sus amigas y al paseo en solitario. Admito que su voz me pone nervioso. Evito mirarla. ¿Quién es Marga? ¿Acaso no es también Esther, Maca, María e Iris? Y qué decir de esta última, está lejos. Muy lejos. Ella nunca lo supo, pero yo sí. ¿El qué? La atracción efímera de aquello que no se dio.
Resulta paradójico que todas ellas sean una sola: Marga, Esther, Maca, María e Iris. Sí, Fromm. La verdad que tenías razón. En el amor, dos seres pueden hacerse uno y a la vez seguir siendo dos. Da igual con quien sea o cómo se llamen. Con ellas yo soy, fui o sería—escribir seré es de ingenuos— uno.
Lo sé. Sé el rastro que han dejado en mí. Aunque ellas no lo sepan y se bifurquen, mezclen o intercambien sus nombres. Hoy Esther le ha prestado a Marga el protagonismo. La ha dejado ser. Ojalá fuera conmigo.

