Sólo me quedan sus nombres desgastados…
Ahora las nombro sin nombrarlas. Ya lo saben. Ellas y yo. Todas saben que mis palabras fueron justas y precisas. Directas y armoniosas. Aunque alguna haya rechinado los dientes y le cueste admitirlo. ¿Por qué hablo en plural? En realidad, el mensaje era para una. O tal vez no. Quizás el mensaje era para todas, porque son una sola. Ya lo dije. No vale la pena recaer en esa apreciación nuevamente.
¿Cuántas veces habrán tragado saliva mientras me leían? O, dicho de otra forma, mientras se reconocían en cada párrafo. ¿Me odiarán? ¿Les habré robado una pícara sonrisa? ¿Les gustó reconocerse? En el fondo, las comprendo. No es fácil reconocerse en un mundo tan grisáceo y oscuro, donde la religión que reina es ignorar las virtudes del otro.
Hubiese sido un pecado desoír sus integridades. Nunca me habría perdonado no haber sido capaz de hacerles ver lo que desprenden desde fuera: pureza, pulcritud e inteligencia. Quisiera pensar que su inquietud y nerviosismo son causas paralelas del amor a mis palabras. Espero haber devuelto sus cumplidos naturales con el simple acto de nombrarlas. Ya no hace falta hacerlo. Me niego a invocarlas a través de la ausencia. Aunque insisto, me sé sus gestos de memoria.
A veces opto por pensar: ¿qué efecto les habrá generado el camino de una palabra verdadera danzando por sus gargantas? ¿Qué significancia ha tenido para ellas —tan lejos y tan cerca— ver sus nombres tallados en una columna? ¿Por qué una optó por marchar, otra por callar y una por la respuesta? Admiro la dignidad de esta última, aunque no manejara bien la situación. Si por mí fuera ocuparía el primer escalón de mis prioridades, pero el mar gastó su sal antes de tiempo.
Fueron esculpidas a medida. Y si no existieran, algún Dios tendría que inventarlas o haberlas creado en una galaxia paralela. Colocarlas en mi camino otra vez. Yo, igualmente, le hubiese robado a Cortázar aquello de «andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos». Soy víctima de una casualidad cuyos rostros me reservo. No es necesario revelarlos.
En el fondo, todas se conocen. Fueron dibujadas a medida el mismo día. Su existencia es un regalo. Insisto, tan lejos y tan cerca. Tan odio y tan amor. Tan trivial y tan olvido. Este es nuestro último baile juntos. Ellas son conscientes del peso de la nada. Las he perdido. Sólo me quedan sus nombres desgastados y aquellos versos de Ángel González: «Yo sé que existo / porque tú me imaginas». Ellas. Tan distintas e iguales a la vez. Aquí, dentro de mí, seguirán existiendo.

