Alejandra Pizarnik soplaría 87 velas y renegaría de un artículo como este, pero el honrar su memoria en un día como hoy es lo único que nos queda
En el seno de una familia judía un día como hoy, en 1936, nacía en la provincia de Buenos Aires una de las poetas argentinas más destacadas de la literatura latinoamericana del siglo XX: Alejandra Pizarnik.
Rejzla Bromiker da a luz en la ciudad argentina de Avellaneda a quien marcaría la poesía del momento con un estilo repleto de la presencia de oscuridad, dudas, soledad, muerte o miedos, a través de una intensidad que le marcó durante toda su vida.
Su literatura, desarrollada principalmente en la década de los cincuenta, sesenta y culminada en los setenta, goza de una contemporaneidad que uno admira y se asombra a partes iguales. El sentimiento de desorientación y angustia, la vida y la muerte de forma dicotómica pero enlazadas estuvieron, siempre presentes, en sus escritos.
‘¿Mi vida? vacío bien pensado’
Ser inmigrante nunca es fácil y la familia de Pizarnik sufrió ese peso desde su llegada a Argentina. Con la irrupción de la Segunda Guerra Mundial el miedo por quienes se quedaron al otro lado del charco se percibía en cada rincón de su casa y aunque Alejandra era pequeña ese sentimiento le impregnó profundamente, siendo un gran peso que nunca soltó.
Conforme fue creciendo comenzó a construir su identidad y el aspecto físico se convirtió en otro de sus martirios, como para tantos adolescentes, desarrollando una baja autoestima y autopercepción. Se refleja desde sus primeros versos en los cuadernos que escribió en el silencio de la noche.
Su paso por la universidad no se tradujo en grandes calificaciones, pero tampoco era su objetivo. Comenzó sus estudios de filosofía y periodismo en Buenos Aires, sin culminarlos, pero empapándose de toda la cultura que rondaba entre las aulas. En sus diarios dejó plasmada la frustración que en ocasiones sentía, como en esta carta a Rubén Vela: “en esta inefable facultad de letras en la cual me siento asfixiada, blasfemo y conjuro. Pero por ahora continuaré en ella”.
El viaje a París y su estancia en la capital francesa es una de las etapas que más destacó en sus diarios, donde se codeó con personajes como Julio Cortazar, Rosa Chacel y Octavio Paz, colaboró en revistas literarias como Cuadernos y estudió en nada menos que La Sorbona. Pero sabía que su estancia debía tener viaje de vuelta y aterrizó de nuevo en su Argentina para terminar por coronarse como referente de la poesía del país.
Obra: Había que escribir sin para qué, sin para quién
Su primer libro de poesía fue La tierra más ajena. Publicado en 1955, ya marcaba la senda de sus posteriores escritos tratando de hallar algo que haga flotar su destripada aurora como ella misma recitaba en un Boleto objetivo. Esta obra fue seguida por La última inocencia en 1956 o Las aventuras perdidas en 1958.
Y el tiempo estranguló mi estrella
sones de nenúfares ardientes
desconectan mis futuras sombras
un vaho desconcertante rellena
mi soleado rincón
la sombra del sol tritura la
esfinge de mi estrella
(…)
y el tiempo estranguló mi estrella
pero su esencia existirá
en intemporal interior
Reminiscencia – La tierra más ajena
Estos primeros esbozos tienen el aura de los comienzos. Sin embargo, la obra más reconocida por la crítica fue Los trabajos y las noches, que salió a la luz una década después de dar los primeros pasos en la andadura de la poesía, a la vuelta de París a su Argentina natal. En él vemos al poeta solitario como eje central que atraviesa los diferentes poemas. Ese mismo yo poético lo encuentra como un lugar donde resguardarse de su propio dolor.
La muerte de su padre en 1967 hace que su escritura se vuelva aún más sombría y un año más tarde el mundo lee Extracción de la piedra de locura donde se hace aún más evidente el deseo de autodestrucción de Alejandra. La locura, cuya mención es constante a lo largo de su obra, se hace aún más presente con su protagonismo en el título. En él la referencia a la infancia asesinada se intensifica: La infancia implora desde mis noches de cripta.
Suave rumor de la maleza creciendo. Sonidos de lo que destruye el viento. Llegan a mí como si yo fuera el corazón de lo que existe. Quisiera estar muerta y entrar también yo en un corazón ajeno.
Adioses del verano
Conviviendo con las vanguardias opta por lo experimental en El infierno musical (1971). En este combina poesía y prosa en una exploración de la relación entre el lenguaje y la locura, que sigue funcionando como personaje principal llevándole en 1970 al primer intento de suicidio.
Además de su obra poética, Pizarnik también escribió cuentos y ensayos. Mantuvo una intensa actividad literaria y cultural en la Argentina de la década de 1960, en la que se relacionó con otros escritores y poetas como Jorge Luis Borges.
Soledad, dolor, nostalgia y muerte
Su poesía era atravesada por una amalgama de temas que, aunque fueran convulsos y difíciles de expresar, creaban un puzle perfecto. La poesía de Pizarnik a menudo se centra en la exploración de la identidad y la búsqueda de sí misma a través de una lucha entre la autoafirmación y la autoanulación.
La muerte y la soledad siempre presentes se entremezclaban con el amor y la pasión (dolorosa y obsesiva) o con la naturaleza y belleza como forma de consuelo. Temas como la percepción del cuerpo y la sexualidad los zanjaba de forma cruda.
Pero sin duda la angustia existencial junto con la nostalgia del tiempo pasado (ligado a la infancia) y la memoria era uno de sus puntos fuertes. Construyendo la melancolía y la añoranza por medio de imágenes y reflexiones autobiográficas entre los versos.
Una memoría de allá
Su personaje de mujer atormentada caló en todos los sentidos y ese ‘yo literario’ se mimetizó con la Flora Alejandra Pizarnik que jugaba en los parques de Avellaneda. El vacío le comió de forma progresiva, sus metáforas y simbolismos fueron cada vez más crudos mezclando el surrealismo y lo concreto. Leer sus palabras duele, porque se leen como expresión del dolor que ella llevaba dentro.
Su condición de extranjera le hizo ser una outsider, enmarcándola en la otredad de la sociedad. Se dedicó a buscar su identidad a través de las palabras, que le sirvieron de desahogo en un mundo que no supo comprenderle. Estaba Cansada del mar indiferente de sus angustias.
Si bien nada estará a la altura del homenaje que merece el contar su historia y reivindicar su obra. Lo poco que podemos hacer es tenerle presente. La huella que ha dejado en la literatura contemporánea, y en nuestros corazones, perdurará durante mucho tiempo, sino para siempre.
no quiero ir
nada más
que hasta el fondo

