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‘Papá nos quiere’. O quizá no tanto

¿La familia mata? Por supuesto

¿Puede el núcleo familiar alterar nuestra química cerebral, cambiar la composición de nuestra mente y de cómo percibimos el mundo, e incluso a nosotros mismos? Sin duda alguna. ¿Puede la familia esconder a nuestro verdadero yo, y que este nunca salga a la luz por una represión continuada y enfermiza? Sí. Y Leticia G. Domínguez lo recoge por escrito en Papá nos quiere de una manera cautivadora, convirtiéndose así su primera novela en una de las experiencias literarias más crudas (y a la vez, más valientes) que se han publicado últimamente, de la mano de la editorial Caballo de Troya. 

Con una prosa cuidada pero que, al mismo tiempo, resulta ser un ejercicio de valentía y vulnerabilidad (algo característico del empleo de la primera persona a la hora de contar una historia), Domínguez realiza un ejercicio de estilo sublime a la hora de alternar entre sucesos del presente y el pasado de la protagonista. Papá nos quiere acaba asemejándose a un péndulo que se mueve entre lo vivido por la protagonista, todo aquello que la condiciona, y todo lo que empieza a vivir como resultado de la toma de consciencia con respecto a un pasado ha dejado mella en sí misma. Aunque más que hacer mella, puede afirmarse que sigue destrozando su presente, como si de la radiación posterior a una explosión nuclear se tratase.

Papá nunca nos quiso

La protagonista de esta «ficción autobiográfica» —pues así la ha denominado la propia autoracuenta la historia de una joven que está irremediablemente aferrada a una niñez que resultó ser tremendamente despiadada, cuya razón de ser fueron unos padres totalitarios y cuyo plan de vida se basaría en maltratar psicológicamente a su hija, además de a una hermana adoptiva, que resulta ser el único salvavidas con el que cuenta la protagonista a lo largo de sus primeros años. 

Este modus vivendi tan extremo, caracterizado por una mentalidad extremadamente conservadora, machista y religiosa, que se dan la mano, dependiendo las unas de la otras, sirviendo como armas de destrucción masiva que utilizan ambos padres para moldear a sus hijas a placer, acaba por dinamitar el verdadero desarrollo del personaje. Esta niña, a medida que crece, va siendo pulida por unos valores y una forma de pensar que en absoluto son acordes a su propia naturaleza, pero que sin más remedio tiene que acatar debido a que es su «familia» la única manera de vivir que conoce. 

Debido a semejante crianza, Leticia G. Domínguez nos presenta a una adulta incapaz de llevar una vida normal, siempre supeditada a las dinámicas de abuso a las que tuvo que hacer frente desde bien temprano. 

Sanar o morir

Sin embargo, esto no empieza a cambiar hasta que, movida por el impulso de libertad y vida —tan universalmente humanos— que residen en su hermana adoptiva, la protagonista decide empezar una terapia psicológica, con el fin último de comprender por qué se comporta como lo hace y qué fue lo que realmente tuvo que vivir en la infancia. Esta terapia se convierte en un giro de perspectiva, en comprender —y sobre todo, apiadarse— a la niña que fue, esa en quien le obligaron a convertirse. Encontrar a su verdadero yo, en definitiva.

El trauma generacional, la raíz de Papá nos quiere

Argumenta la psicología que el trauma generacional es el encargado de transferir a las generaciones posteriores los mismos traumas (valga la redundancia) que han experimentado las anteriores. Por ende, esto se traduce, en el ámbito familiar, en que los hijos pueden sufrir los mismos problemas de salud mental y aristas emocionales que los padres.

Papá nos quiere es un gran ejemplo de este fenómeno psicológico (que también entiende de factores genéticos, de acuerdo con la ciencia). Debido al trauma generacional, la protagonista acaba sufriendo los mismos abusos que su madre. Ya no solo por el mero hecho de ser mujer (que también) sino por el hecho de contar con un entorno de aprendizaje —la familia— que le deja claro que tiene que soportar todo lo que le venga. Nunca rebelarse.

Ser mujer, ¿una condena?

Si el trauma generacional resulta ser ya una losa importantísima para la protagonista, el hecho de ser mujer juega también en su contra. Al haber nacido en una familia normativa (y entiéndase normativa como el caldo de cultivo perfecto para sufrir multitud de desgracias por parte del referente masculino), la protagonista es expuesta desde bien pronto a que su rol como mujer dista enormemente del de cualquier hombre.

Como mujer, debe ser recatada, ignorante, callada, mantener un perfil bajo. No debe desarrollar su propia existencia de manera independiente. Lo que debe hacer es encontrar a un buen hombre y, a pesar de que se dieran problemas, nunca decir nada ni quejarse. No debe acostarse con quien quiera porque si no, ningún hombre querrá unirse con ella en santísimo matrimonio. Como mujer, debe no ser ella misma.

Un grito de rebeldía en formato literario

Con Papá nos quiere, Domínguez realiza un acto verdaderamente loable. A través de esta historia, la autora realiza una crítica feroz a la familia. A aquella familia que en realidad no es más que un pozo de miseria, y que por desgracia acaba dinamitando la inocencia de cualquier niño. Estamos, sin duda, ante una mirada amable y sanadora que se centra en una vida rota, una vida que nunca había comenzado hasta poder sepultar todo lo vivido de manera bien profunda. 

Papá nos quiere es una muestra de que aquella familia que se nos impone no tiene por qué ser sistemáticamente una familia, sino todo lo contrario. El peor de los lugares donde cualquier persona puede aprender qué es un hogar. 

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