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Domenico Starnone: «La escritura es con lo que dejamos nuestra marca, la traza de nuestra vida e identidad»

Refléjense en la memoria. El viejo en el mar y la introspección en el pasado es un testimonio de la inevitabilidad del tiempo, la fuerza del recuerdo y la autenticidad que hay en persistir

El viejo en el mar, la última obra de Domenico Starnone, despliega una narrativa profunda sobre la vejez, el deseo y la escritura, temas tratados con una agudeza que solo un maestro como Starnone puede lograr. En esta novela, Starnone enfrenta al lector al aire del pasado y al inexorable paso del tiempo a través de la historia de Nicola: un anciano que reflexiona sobre el amor, las pérdidas y las memorias que marcaron su existencia. 

Domenico Starnone, nacido en Nápoles en 1943, es uno de los autores más destacados de la literatura contemporánea italiana, ampliamente celebrado tanto en su país como a nivel internacional. Con una carrera literaria que abarca desde colaboraciones en periódicos como L’Unità, La Repubblica y Il Corriere della Sera, hasta su prolífica obra narrativa, Starnone ha consolidado un estilo único que fusiona lo cotidiano y lo universal. Ganador del prestigioso Premio Strega por su novela Via Gemito y candidato al Booker en 2024, sus libros, que incluyen éxitos traducidos a más de treinta idiomas como Ataduras, El juego y Confidencia, exploran los recovecos de las relaciones humanas y la introspección personal.

Con El viejo en el mar, Domenico Starnone nos hace seguir la relación de Nicola con dos figuras femeninas que representan diferentes momentos y aspectos de su vida. Por un lado, Rosa, su madre, fallecida tempranamente, aparece en sus memorias como una figura dolorosamente ausente, y, por otro, Lu, una joven dependienta a quien Nicola observa cada mañana mientras rema en el mar. La juventud y vitalidad de Lu se convierten para Nicola en un símbolo de todo lo que la vida le ofreció y que ahora observa desde una distancia que ya no puede alcanzar. Lu le recuerda algo de la imagen de su madre, aunque la relación entre ambos no se define claramente; es una conexión tan platónica como cargada de nostalgia y deseo reprimido.

El viejo en el mar, sin embargo, Domenico Starnone no se centra en grandes acontecimientos, sino en los detalles minúsculos, como el ruido del mar o los cambios en el clima, que se convierten en un espejo de las emociones internas del protagonista. En cada página se percibe un sentimiento de melancolía, de nostalgia por lo que ya no volverá y, sobre todo, una aceptación, aunque no sin resistencia, del inevitable paso del tiempo. El título del libro, que hace un guiño al clásico de Hemingway, parece también querer distanciarse de él: aquí, la lucha no es contra la naturaleza, sino contra los propios recuerdos y contra la sombra del pasado.

La prosa de Starnone es sencilla, contenida, y tremendamente evocadora. Starnone convierte cada reflexión en una experiencia casi poética. El viejo en el mar destaca no solo como una meditación sobre la vejez, sino como un homenaje a la escritura misma, a ese acto de revivir y entender la vida a través de las palabras. Starnone nos recuerda, con un tono melancólico y perspicaz, que escribir es una forma de lidiar con la fugacidad de la vida y de buscarle un sentido, aunque sea efímero, a lo que muchas veces parece incomprensible.

Sobre la vejez, la escritura, el deseo y persistir: Domenico Starnone en (muchas) palabras

Pregunta: ¿Escribir es una resistencia a la muerte?

Respuesta: Escribir es fijar tu propia identidad en temporadas diferentes. Cuando comienza este proceso de envejecimiento, escribir se convierte en algo que no es resistir a la muerte, sino construir a tu propia visión del mundo con la esperanza de que pueda durar y sobrevivir la muerte. La escritura es con lo que dejamos nuestra marca, la traza de nuestra vida e identidad. Esto pasa si escribimos por vocación literaria o si queremos fijar nuestro pensamiento. Si no es tanto una resistencia a la muerte (la muerte llega, y ya está), es esperar que algo de nosotros permanezca en los siglos de la escritura.

P: ¿Cuál es el germen de esta novela?

R: El punto central es la razón de por qué se construye el libro: la boutique de ropa. El momento en el que todas estas mujeres se prueban las prendas para la nueva temporada. Mi madre era sastra, y era una excelente ocasión para volver a una característica de mi madre, y construir a través de ella un nuevo intento de darle una fisionomía. Ya he hablado de mi madre en otro libro, en Via Gemito, y vuelvo a hablar de ella, pero desde el presente, y entra en el pasado el personaje de su madre injertándose en el personaje de Lu.

P: ¿Hay mucho de Domenico Starnone en el protagonista?

R: Siempre, cuando escribimos, utilizamos nuestra experiencia, así que hay elementos que vienen de mi biografía (mi madre, que me guste pasear por la playa…), pero esto no es suficiente para escribir una novela. . Son el material del recuerdo y la memoria sobre el cual hacemos una historia, y luego nacen y crecen los personajes y se van entrelazando. Hay parte de Domenico Starnone. Además, trata lo que hoy sé sobre el proceso de envejecimiento, porque lo he experimentado de forma directa.

P: ¿Te reconoces en las dudas generales que tiene el protagonista, o son pensamientos que tiene él?

R: Digamos que en la forma según están organizados, son una parte esencial de la novela, por lo tanto son del protagonista, pero si tengo que hablar de mi sentimiento hoy, de cómo es escribir, entonces gran parte de este sentimiento acompaña al personaje. Hoy pienso que escribir según los años vayan pasando se convierte en una tarea cada día más difícil. Escribir requiere energías y requiere, por muchos aspectos, fuerza física. Porque escribir significa estar sentado durante todo tiempo, imaginar, identificarse. Entonces en una escena de ansiedad, nosotros sentimos esta ansiedad; y esto cansa. Y más si se trata de un escritor envejecido, pues es un cuerpo más frágil.

P: Remarcas así, esta vejez. Insistes, en un momento, no en la vejez, sino en el miedo a empezar a notar el deterioro en un cuerpo joven. ¿Por qué crees que existe este miedo a comenzar a notar este deterioro?

R: El proceso de deterioro de nuestro cuerpo nos acompaña desde que nacemos. Desde nuestro nacimiento, el cuerpo humano está expuesto al envejecimiento. Desde que nacemos, está expuesto al riesgo. Claramente, al envejecer, esto aumenta, y nosotros vivimos en un mundo donde la tendencia es ocultar el proceso de envejecimiento. Lo vivimos como algo que hay que ocultar. Tenemos una medicina que trabaja en este sentido, medicamentos que funcionan en esta dirección: nos ocultamos a través de la juventud. La novela pone en filo a la vejez: es bonita, hasta divertida si somos capaces de vivirla como viejos, y no como viejos disfrazados de jóvenes.

P: Dices en la novela que Lu es el reflejo de la madre del protagonista, a pesar de no encontrar ningún parecido en ella. Sin embargo, él encuentra un parecido. ¿Por qué te interesó buscar este símil en un personaje que, a primera vista, no tiene nada que ver con ella?

R: Porque el parecido físico nunca es fundamental. Si vamos a un museo y vemos un retrato de una mujer y este retrato, no por su parecido físico, sino por el color del pelo, por un pendiente, por una decoración del traje, nos recuerda a otra persona, nosotros en ese momento hacemos un nuevo retrato. Tenemos un retrato de una mujer joven, de dieciocho años, pero nosotros evocamos a otra mujer. Lo que sale en nuestra cabeza es una fusión entre las dos figuras, y en el libro pasa así. El anciano ve a esta joven y va injertando a su madre.

P: También no hay ninguna señal de erotismo por parte de él cuando busca algo de Lu: es más bien intentar revivir a su madre, o al recuerdo de ella. Pero cuando la mira, vemos un cariño especial entre los dos. Aunque él no cree en el psicoanálisis, ¿podríamos hablar de un complejo de Electra?

R: Podría tenerlo Lu en este caso hacia el señor mayor. El psicoanálisis es muy útil porque se puede orientar de alguna manera, pero el psicoanálisis no es capaz de aclararlo todo. Nos dice que tenemos una energía potencial muy fuerte que llamamos el superyó: que me controla y dice que tenemos que controlar esta energía y en la realidad. En el libro el señor mayor rechaza un poco este esquema al empezar una relación con una mujer muy joven que sin embargo no tiene nada de este esquema en este lado, ni la joven mujer tiene una atracción al señor mayor, ni el señor mayor a la joven mujer. Es solo una relación compleja donde el erotismo está, sin duda, como en la escena del kayak, que hay un cierto roce, pero no es ni Electra ni Edipo: es un desencadenamiento de energías, que se limita porque se convierte en un bonito día de excursión en kayak.

P: Hay una escena en la que una de las mujeres pregunta al anciano que si sigue sintiendo deseo. Hay muchas personas que miran con malos ojos a esta parte de la sexualidad en la ancianidad.

R: El deseo vale para todo. Nosotros hablamos del deseo sexual, pero en las personas ancianas dura hasta que el cuerpo esté sano, y se manifiesta siempre. Naturalmente, de forma diferente. Hay una escena en el libro donde tanto el señor mayor como una señora de sesenta años se besan, pero esto no termina en una relación sexual. Es una sexualidad diferente y que dura durante toda la vida, que no hay ningún problema solo si se vive como personas mayores. En cambio, si se convierte en un disfraz para ser jóvenes, entonces hay algo que no funciona y se puede convertir en algo trágico, o ridículo.

P: ¿Qué sucede cuando alguien está tan ligado a la escritura y de repente ya no es tan bueno como pensaba, o se pierde ese don? ¿Peligra la identidad?

R: Para el escritor, el riesgo es mayor. Es empezar a dar vueltas sin ser capaces de ir hacia delante. La escritura se convierte ya no en un impulso de experimentar y seguir experimentando, sino que se convierte en una especie de costumbre a la que no somos capaces de sustraernos, y esta es la razón del porqué los escritores dejan de escribir. Ahora al menos lo declaran, cuando llegan a los ochenta y cinco dicen que “han terminado de escribir”. Lo entiendo, porque el cuerpo, como dijimos antes, no te está ayudando. Hemingway escribía de pie porque le dolía la espalda, entonces el cuerpo también se convierte en un obstáculo. Si no fallecemos, decidimos no escribir más.

P: O sea, que por todo lo que has dicho, crees que hay algo corpóreo además de mental. ¿Cuál es la fuerza que prima en este oficio?
R:
No distingo entre mente y cuerpo: el cuerpo es la mente y la mente es el cuerpo. Si el cuerpo se debilita, también la mente. Si el cuerpo enferma, de igual manera la mente enferma. Naturalmente, la mente tiene tendencia a resistir, es lo último que cede. Es la razón del por qué al final se escribe o se desea hasta el final.

P: ¿Y cuál es la manera más sana de enfrentar la carrera del escritor?

R: El mejor modo es la ironía. La autoironía. No ponerse delante del problema como si fuera el fin del mundo, sino algo como que poco a poco va llegando. La característica de fondo de El viejo en el mar es este tono desenfadado que no se rinde, pero que tampoco es dramático. En mi opinión, es la tonalidad correcta para poder seguir. 

P: ¿Por qué eliges el mar como elemento estrella para que los protagonistas naveguen en él?

R: El mar tiene un gran valor simbólico, así que podemos jugar mucho con el mar. Es la apertura, el espacio, aventura, deseo de salir y alejarse para siempre, pero también es el nacimiento, el vientre de la madre. Podemos poner cualquier cosa dentro del mar. A mí me gusta mucho el mar y me parecía muy bonito ubicar a un anciano al final de su existencia al final del mar.

P: Volviendo un poco a las preguntas de la madre y el protagonista, él recuerda una anécdota en cierto punto de la película y una de las señoras, al contarla, le dice: “No te fiabas de ella”. Él empieza a reflexionar sobre esta idea. ¿Cómo es posible indagar con este conflicto tan complicado como es la desconfianza en alguien a quien debes querer incondicionalmente?

R: La figura materna es una especie de resumen de todas las complejidades de nuestra existencia. La madre es la que nos da la vida, la que nos mete al mundo y la que nos da a luz; es siempre una especie de principio e inicio, el punto donde hemos empezado nuestra existencia. La consecuencia es que, por un lado, sentimos una gran dependencia. Pero para conseguir convertirnos en personas, nos necesitamos alejar de ese principio, y alejarnos lo más posible. Vemos de forma paralela en la madre tanto una certeza absoluta (ella nos ha dado a luz), y por otro lado la sentimos como no fiable porque tenemos una gran necesidad y tememos que la podamos perder para siempre. Realmente somos nosotros los que tenemos que sustraernos para poder crecer: esto vale para los hombres, pero especialmente para las mujeres. Alejarse de la madre es crecer, pero luego la cosa se da la vuelta, y lo que nos impacta más es el fallecimiento de la madre: es lo único que genera nuestro sentimiento de mortalidad. Hasta que la madre no fallece, no sabemos que nosotros vamos a morir también. Esto acontece porque nuestra madre está desde el principio de todos nosotros: si termina ella, termina todo también.

P: Enlazando con la primera pregunta, ¿escribir sirve como una manera de estar siempre presentes en este mundo?

R: La escritura es una acción, es actuar. También es un uso específico de la utilización del lenguaje. Podemos decir que es una síntesis muy importante de los momentos en los que estamos en este mundo: yo actúo a través de un libro, y por tanto estoy presente. Quien no actúa está presente del mundo, se aleja de él. La escritura es una acción, la escritura es palabra, y por tanto, además del presente en el mundo, hace que yo, que estoy escribiendo, sea una persona que habla al mundo, que lo represente, que le dé identidad. Escribir es enormemente seductor. Junta la acción y el discurso.
Domenico Starnone 

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