Roberto Bolaño alumbra en Nocturno de Chile una obra maestra disfrazada de novela menor
Si bien la fama mundial de Roberto Bolaño se achaca a sus grandes novelas –Los detectives salvajes y 2666-, hay obras que a menudo pasan desapercibidas y esconden verdaderas maravillas. Una de esas novelas periféricas, en el mejor sentido de la palabra, es Nocturno de Chile. Si en Estrella distante había explorado el mal en el contexto de la Dictadura de Augusto Pinochet, en esta obra reflexionará sobre la complicidad que el mundo intelectual puede o no tener en ella.
La tormenta de mierda
Jorge Herralde, fundador de la editorial Anagrama, y Juan Villoro, escritor mexicano, evitaron que Roberto Bolaño titulase a su novela: La tormenta de mierda. Para ellos, ese título habría disuadido a un cierto número de lectores. Aunque, a decir verdad, habría sido más que apropiado para el contenido de la obra. Esta novela río -constituida por un párrafo de 141 páginas y otro de una línea- es la perfecta metáfora de un país en el que, en ese momento, poca gente no estaba «de mierda hasta el cuello».
Según el propio Bolaño, esta novela es: «Un intento fallido de amnesia donde todos somos iguales, las sombras inocentes y los brutos malévolos, los personajes reales y ficticios, es decir, donde todos somos víctimas, solo que de una forma indolora». Hay que entender que no se refiere a aquellos que se dedicaron a torturar y asesinar, sino a los emigrados y a los que se quedaron. Quizás trate de entender a quienes callaron, a quienes tuvieron miedo y a quienes la culpa y el horror les cerraba el estómago cada día.
Una confesión por lo civil
El protagonista y narrador de la novela es Sebastián Urrutia Lacroix, un sacerdote del Opus Dei y conocido crítico literario bajo el seudónimo de H. Ibacache. Un personaje que ya aparece -en la intertextualidad clásica de Bolaño- en Estrella distante reseñando la obra de Carlos Wieder. El sacerdote, postrado en su cama ante los últimos compases de su vida, decide contar cuatro episodios de esta, acosado por las palabras de un «joven poeta envejecido» que siempre le interrumpe y persigue. El libro es toda una confesión del clérigo, en lugar de hacia Dios, hacia los hombres. «Yo estaba en paz. Ahora no estoy en paz. Hay que aclarar algunos puntos», dice al inicio del libro.
Urrutia -o Ibacache- narra su primera visita a la finca «Là Bas» de un famoso crítico literario llamado Farewell -presumiblemente Hernán Díaz Arrieta– en la que conoció al gigante poeta chileno Pablo Neruda y la impresión que le causó el autor de Incitación al nixonicidio. Tras esto, explica sus peripecias por numerosas iglesias europeas en las que aprendió sobre el uso de halcones para la conservación del patrimonio. Después, confiesa el hecho de haber pasado semanas impartiendo clases de marxismo al General Pinochet y a toda la Junta militar. Por último, detalla las reuniones literarias a las que acudía durante el toque de queda en una casa en la que se realizaban torturas.

Retrato de una «vista gorda»
El autor de La literatura nazi en América, explora en la figura de Urrutia Lacroix los remordimientos necesarios que una persona de cultura debe de tener al verse rodeado por tanto horror. Se dice que este personaje es un alter ego de Ibáñez Langlois, un crítico literario y sacerdote del Opus Dei con apellidos y biografía casi exactos a las del protagonista de Nocturno de Chile. Roberto Bolaño es, como Caravaggio, un maestro del claroscuro, domina a la perfección la contradicción y la dualidad.
Representa claramente la indiferencia del sacerdote hacia la barbarie que vivían los chilenos, en las que se llegó a desaparecer o asesinar a 1832 personas en pocos meses:
«Que sea lo que Dios quiera, me dije. Yo voy a releer a los griegos. Empecé con Homero, […] y después vino el golpe de Estado, el levantamiento, el pronunciamiento militar, y bombardearon La Moneda y cuando terminó el bombardeo el presidente se suicidó y acabó todo. Entonces yo me quedé quieto, con un dedo en la página que estaba leyendo, y pensé: qué paz».
Los sicarios de la CIA
Otra de las situaciones que pesan en la vida de Lacroix es su vinculación a las veladas en casa de María Canales. Aunque él trata de desmarcarse, cuenta cómo eran esas noches de toque de queda bañadas por el whisky sobre un centro de torturas de la DINA, la policía secreta de Pinochet. Esto hace referencia a la verdadera historia de Michael Townley y su esposa, la escritora Mariana Callejas y su casona de los horrores en la comuna santiaguina de Vitacura, de donde solían salir prisioneros hacia Villa Grimaldi donde serían asesinados.
Él, agente de este cuerpo policial, es el autor material de los asesinatos de Orlando Letelier, ministro durante el gobierno de Allende, Ronni Moffitt, activista política, y Carlos Prats, ministro y Comandante en jefe del Ejército de Chile. Actualmente vive con casi total impunidad protegido legalmente por el Programa de Protección de Testigos de Estados Unidos.
La complicidad de la literatura
Cuando todos los sucesos acontecidos en la casa salen a la luz, todos los intelectuales que pasaron por allí parecen olvidarlo. María Canales se queda sola, sin su marido y Urrutia Lacroix es el único que va a visitarla. Entonces, la escritora le dice: «Así se hacía la literatura» y el sacerdote añadirá «pero no sólo en Chile, también en Argentina y en México, en Guatemala y en Uruguay, y en España y en Francia y en Alemania, y en la verde Inglaterra y en la alegre Italia. Así se hace la literatura. O lo que nosotros, para no caer en el vertedero, llamamos literatura«.
El arte, a menudo parece construirse al margen de todo cuanto acontece, trata de ser un bello producto que se distancia de la realidad. Pero cuando «la mierda», el horror o la barbarie lo manchan todo, esta no puede evitar mancharse también. Así se hacía la literatura en Chile durante la dictadura: sobre la sangre de muchos detenidos, tapándose ojos y oídos ante la violencia. El propio Lacroix es consciente y proclama:
«Chile entero se había convertido en el árbol de Judas, un árbol sin hojas, aparentemente muerto, pero bien enraizado todavía en la tierra negra, nuestra fértil tierra negra en donde los gusanos miden cuarenta centímetros».
La mosca detrás de la oreja
Según algunos críticos, la figura de ese «joven poeta envejecido» que incita a Urrutia Lacroix a contar su historia sería su propia conciencia. G. K. Chesterton escribió «Quítese la peluca», frase que Bolaño utiliza como epígrafe de la novela. Es exactamente lo que hace el protagonista, quitarse las pelucas, los maquillajes, los atuendos ceremoniales, los abalorios que le protegen, a él y a todos los intelectuales que estuvieron en su lugar, en ese silencio cómplice. Ahora el crítico siente el cargo de conciencia, la culpa necesaria de todo lo que pasó en esa larga noche que duró 17 años en Chile.


