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Los ‘eternos románticos’: escritores que amaron y convirtieron el amor en su obra

«Esto no es una carta. Son solo mis brazos alrededor de ti durante un minuto apresurado», escribía Katherine Mansfield a Leslie Beauchamp según cuenta Poco tiempo en cualquier lugar: Cartas 1903-1922. El amor ha sido, desde siempre, el gran motor de la literatura. Hay escritores que no solo han hablado de amor, sino que han vivido atrapados en él y se han convertido en prisioneros de un corazón sangrante. Son los eternos románticos: aquellos para quienes escribir y amar son actos inseparables, quienes han encontrado en la literatura el único refugio posible para todos los sentimientos que llevaban dentro. Estos no se han extinguido; de hecho, alguien que conozco dice que todas las canciones existentes son canciones de amor.

Correspondencias, confesiones, y la larga sombra de lo íntimo

Para los eternos románticos, amar es un acto inseparable de escribir. No necesariamente su romance tiene que estar catalogado en «literatura romántica», porque el romanticismo va implícito en todas sus líneas, trate o no de forma principal una relación amorosa. Albert Camus, por ejemplo, plasmó en su correspondencia con María Casares la lucha contra la ausencia y la fugacidad del tiempo. En una de sus cartas declara:

“Amor mío: Aquí una carta que querría que te esperara en la orilla del océano. Definitivamente, no me acostumbro a estas separaciones y esta mañana todavía me he despertado con el alma encogida. (…) Pero lo mejor es que me imaginas como una marmota, con los ojos medio cerrados y el cuerpo somnoliento. Me despertarás a principios de septiembre.»

–Albert Camus a María Casares en una de sus correspondencias

Aunque indudablemente bella, la correspondencia entre Albert Camus y María Casares resulta casi incómoda de leer. Son cartas impregnadas de una intimidad tan profunda que se sienten como algo que nunca debió ser visto, como una confidencia destinada a permanecer oculta. Y, sin embargo, aquí estamos, con esos secretos al alcance de nuestras manos. La pregunta, entonces, surge: ¿realmente nos pertenecen, como lectores, esas palabras que jamás fueron pensadas para nosotros?

Al acceder a estos textos, nos enfrentamos al dilema de la apropiación del amor ajeno. Leer las cartas de Camus y Casares (o las confesiones de Plath) es como mirar por una ventana entreabierta: sentimos que accedemos a una verdad esencial sobre ellos, pero también nos convertimos en intrusos. Sin embargo, al mismo tiempo, la literatura nos ha acostumbrado a esto. Grandes historias de amor han sido diseccionadas y reinterpretadas una y otra vez, como si el sentimiento dejara de pertenecer a quienes lo vivieron y pasara a ser parte de todos.

En las correspondencias entre Albert Camus y María Casares, lo que podría haber sido un refugio íntimo, una esfera privada donde sus sentimientos y pensamientos más profundos encontraban espacio para expresarse, se ve irremediablemente expuesto. Al hacerlo, esas cartas transitan entre el contraste de lo que fue destinado solo a ellos y lo que, por circunstancias ajenas, ahora pertenece a todos. Sin embargo, más allá de las palabras reveladas, hay una dimensión que permanece intacta: esa esfera que nunca llegará a la superficie, los gestos no capturados, las emociones susurradas en secreto, en las que los protagonistas, incluso en la sinceridad de sus escritos, mantienen intacto un rincón inaccesible, casi intangible.

Así, al adentrarnos en estas cartas, nos encontramos con una vulnerabilidad que, por más que se publique, sigue siendo inaccesible en su totalidad, un recordatorio de que hay esferas de la vida que no se pueden compartir completamente, por más que nos mostremos dispuestos a leer. Vida pública, privada y secreta, lo llamaba García Márquez, quien, en el vibrante universo de la literatura latinoamericana, dio a conocer a Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera, un personaje cuyo amor inquebrantable desafía el desgaste de la vida y se extiende a lo largo de décadas

«Ni el uno ni el otro tenían vida para nada distinto de pensar en el otro, para soñar con el otro, para esperar las cartas con tanta ansiedad como las contestaban”

–Gabriel Garcia Márquez, ‘El amor en tiempos del cólera’

Este amor supera la mera apariencia y se sumerge en la intimidad de lo que se oculta tras el deber y la imagen pública. Márquez, que vivió intensos amores y desamores, supo captar la esencia de ese conflicto interno entre lo que se muestra al mundo y aquello que se guarda en lo más hondo del alma. Cada palabra de Florentino es, en realidad, un eco de la propia lucha del autor por encontrar la armonía entre el deber social, el deseo personal y ese rincón inefable donde el amor se hace eterno.

Algo similar ocurre en la obra de Marcel Proust, quien, a través de En busca del tiempo perdido, también se adentra en el laberinto de la memoria y el deseo, entrelazando lo que se muestra y lo que se esconde. Para Proust, el amor no solo se define por lo que es compartido públicamente, sino por lo que se guarda celosamente en los recovecos del alma, en los recuerdos que nunca se pronuncian en voz alta, pero que persisten como una sombra persistente que modela el corazón.

«Indudablemente, hay muy pocas personas que comprendan el carácter puramente subjetivo de ese fenómeno en que consiste el amor y cómo el amor es una especie de creación de una persona suplementaria distinta de la que lleva en el mundo el mismo nombre, y que formamos con elementos sacados en su mayor parte de nuestro propio interior. Y por eso hay pocas personas a quienes les parezcan naturales las proporciones enormes que toma para nosotros un ser que no es el mismo que ellos ven.”

–Marcel Proust, ‘En busca del tiempo perdido’

La figura esquiva de Albertine se transforma en el símbolo de ese amor inasible, siempre presente pero jamás atrapable, como la arena que se escurre entre los dedos, dejando tras de sí el rastro de una melancolía dulce y persistente. Proust, con la minuciosidad de un artesano, diseccionó cada emoción, revela en el amor la dualidad de la existencia: el placer sublime y el dolor latente de lo perdido. Este mismo dolor, esa sensación de amor como una sombra que se desvanece, es lo que Sylvia Plath captura con una crudeza desgarradora en sus escritos.

Si bien Proust observa el amor como una memoria que se pierde y se reconstruye en el tiempo, Plath lo vive como una presencia dolorosa, siempre en conflicto con la desesperación. En sus versos, el amor se convierte en una fuerza destructiva que arrastra consigo la luz, como en sus cartas y poemas, donde la figura del ser amado no es un refugio, sino una tormenta emocional que se consume sin remedio. Al igual que Proust, Plath no puede escapar de ese amor que la marca, pero en lugar de encontrar en él una belleza melancólica, lo percibe como una prisión de sufrimiento y angustia.

«Hay algo de desmoralizante en observar a dos personas que se excitan más y más locamente entre sí, especialmente cuando la única persona que sobra en la habitación es uno mismo.»

–Sylvia Plath, ‘La campana de cristal’

Su relación con Ted Hughes fue un torbellino de intensidades, donde el amor se convirtió en una herida abierta, una cicatriz indeleble que marcó cada palabra, cada poema. En La campana de cristal se vislumbra ese dolor visceral, esa constante lucha interna en la que la belleza del sentimiento se ve ensombrecida por la implacable realidad de la fragilidad humana. Para Plath, amar fue abrazar tanto la luz como la sombra (que, según reporta en La campana de cristal, es lo más bello que podría existir) en un acto de entrega que, aunque sublime, llevaba consigo el peso de la condena.

En la obra de Virginia Woolf encontramos un parentesco, quien, en su relación con Vita Sackville-West, también navegó entre las aguas turbulentas del amor y la autoexploración. Sin embargo, en Woolf, el amor se convierte en una transgresión y una liberación. En Orlando, por ejemplo, el amor no es solo una lucha interna, sino una metamorfosis, un desafío a las normas de género y a las expectativas sociales. Mientras que para Plath el amor era un campo de batalla en el que la sombra siempre dominaba, para Woolf el amor representaba una constante reinvención, una fuerza transformadora capaz de romper los límites impuestos por la sociedad y el propio yo. Woolf, a diferencia de Plath, logra transformar el dolor en un acto de resistencia, en una exploración que trasciende la tragedia personal, permitiéndole reconfigurar su relación con la identidad y el deseo.

En El segundo sexo, Simone de Beauvoir señala cómo las mujeres, en sus relaciones amorosas, se ven atrapadas en un dilema entre la entrega emocional y la búsqueda de su autonomía. Ella veía el amor como un espacio donde las expectativas y los roles tradicionales se entrelazan para poder transformar la identidad personal: el amor no solo desafiaba las convenciones sociales, sino que también era una lucha por la emancipación. Al igual que Woolf y Plath, quienes vieron en el amor una fuerza visceral que marcaba cada faceta de su ser, de Beauvoir advierte que amar en una sociedad patriarcal puede significar la pérdida de la libertad.

Así, el amor se convierte, para estas escritoras, en una arena compleja donde se negocian tanto las sombras como las luces del deseo y la identidad. Mientras que Woolf hallaba en el amor una forma de transgresión y reinvención, de Beauvoir lo veía como un espacio donde la mujer debía luchar por su independencia y autenticidad, sin dejarse consumir por la relación. El amor, entonces, es no solo una entrega, sino una batalla constante entre el ser y el deber ser, entre la libertad personal y las expectativas impuestas.  Esa misma idea de lo inalcanzable está presente en la literatura contemporánea. En un mundo digital, donde la comunicación es inmediata y las cartas han sido reemplazadas por mensajes efímeros, ¿cómo ha cambiado nuestra percepción del amor?

En Poeta chileno, Alejandro Zambra nos introduce en una historia donde el amor y la poesía se entrelazan de forma inseparable. Gonzalo, el protagonista, no solo busca el amor romántico, sino también el amor en sus formas más amplias: el amor por la literatura, el amor filial, el amor que se expresa a través del lenguaje y que, al mismo tiempo, parece inalcanzable. Zambra entiende el amor como un reflejo de la identidad: sus personajes buscan en el otro una parte de sí mismos, una manera de definirse en un mundo incierto.

Sally Rooney, autora de Normal People o Beautiful World, Where Are You, es una de las escritoras que mejor ha sabido plasmar la complejidad de las relaciones sentimentales en la actualidad. Sus historias están protagonizadas por personajes que se desean, pero que no siempre saben cómo expresarlo. En un mundo donde la comunicación es letal —mensajes de texto, correos electrónicos, redes sociales—, Rooney muestra cómo, paradójicamente, la incomunicación sigue siendo un problema central en las relaciones humanas. Su estilo narrativo enfatiza la idea de que el amor no se encuentra en los grandes gestos, sino en los pequeños detalles: un mensaje no respondido, una mirada evitada, un recuerdo que persiste a pesar del tiempo.

Para Ocean Vuong, autor de En la tierra somos fugazmente grandiosos, el amor no es solo afecto, sino también pérdida, ausencia y trauma. El amor, para Vuong, no siempre es un lugar seguro, sino un sitio (¿un cuerpo?) donde muchas cicatrices jamás podrán sanar. En su poesía, el amor se expresa a través de imágenes vívidas y desgarradoras, donde la ternura convive con la brutalidad del mundo. Sus versos están marcados por la nostalgia y el deseo de capturar lo efímero, recordándonos que el amor es, en última instancia, una forma de supervivencia.

Son declaraciones camufladas en literatura que nos hablan de algo más allá de la intimidad. Palabras que atraviesan las fronteras de lo público y lo privado, como los relatos de escritores que han convertido el amor en un refugio y, a la vez, en una inquietud. Desde las cartas de Camus a Casares hasta las novelas de García Márquez, Proust, Plath, Woolf y de Beauvoir, el amor se presenta no solo como pasión, sino como un reflejo de la lucha interna entre el deseo y la realidad. Lo que alguna vez fue solo suyo, ahora se convierte en un testimonio compartido, un recordatorio de cómo lo más personal puede, a través de la palabra, trascender las fronteras de lo privado. Así, estas cartas y relatos no solo revelan los secretos de quienes los escribieron, sino que nos invitan a reflexionar sobre el amor en sus múltiples formas, mostrando que incluso lo más íntimo nunca deja de tocar lo universal.

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