El joven cantautor reflexiona sobre una industria musical que ha perdido el pulso emocional en su búsqueda de lo inmediato
«Son buenos tiempos para la música, pero malos para la sensibilidad», dice Inazio con la claridad de quien observa el presente desde una ventana abierta al mundo, con solo 24 años y un alma que parece haber vivido otras muchas vidas. Una frase que invita a la reflexión en un mundo donde la música fluye más que nunca, pero, paradójicamente, el pulso emocional parece desvanecerse entre el demás ruido.
Inazio es un chaval de su tiempo, nacido en el 2000, pero su mirada parece más clásica, mucho más consciente de lo que se pierde entre las notas rápidas de una playlist interminable. Y es que en tan solo en un año, ha recorrido un camino que muchos tardan décadas en transitar y que otros, sin embargo, cada día lo ven más bien como un sueño que nunca se hará realidad. El inicio de un éxito que es posible apreciar de aquí a hace un año, concretamente en el escenario secundario del Jardín de las Delicias, donde compartió espacio con artistas emergentes, para pasar hasta el majestuoso escenario principal del mismo festival en el que ha actuado el pasado fin de semana, donde nombres consagrados como Hombres G, Andy y Lucas, Taburete y La Oreja de Van Gogh también han dejado su huella.
Precisamente, el joven artista no solo ha logrado ese épico salto en el mundo de la música, sino que lo ha hecho de la mano de su autenticidad. El pasado viernes 20 de septiembre marcó un hito en su carrera con el lanzamiento de su primer disco, Música para bailar sobre el agua, un título que sugiere una poética resistencia a lo efímero, como si su música quisiera ser un refugio en medio de la tormenta.
«Las canciones están volviendo por las historias que se cuentan»
Inazio es de esos artistas que respiran música y suspiran elegancia. Para él, la música no es solo un conjunto de notas que siguen una fórmula exitosa. «Es una narrativa, una manera de conectar con algo más profundo, con tus sentimientos y con los de los que te escuchan». En una época en la que todo parece orientado hacia lo inmediato, lo viral y lo espectacular, él defiende una vuelta a la sencillez, a lo auténtico, a lo propio. Y en medio de un panorama musical saturado por la producción excesiva y la búsqueda incesante del hit, el navarro asegura que «la gente está sedienta de letras sinceras«. Como si las palabras, en su forma más pura, fueran la calma ante su interna tempestad.
» ‘Llenar las salas’ me parece vacío, yo quiero atraer a la gente»
Parece haber entendido algo que muchos artistas tardan décadas en descubrir: el éxito, cuando llega, debe vivirse con humildad y con los pies en la tierra. Para él, llenar salas no es el objetivo primordial. Habla con una sinceridad que descoloca cuando dice que lo importante no es alcanzar cifras impresionantes, sino atraer a la gente, conectar de una manera más profunda y personal. No busca multitudes, sino personas que quieran compartir su música y un espacio emocional con él.

Su sorpresa ante la rapidez con la que el público ha acogido sus canciones es palpable. El pasado viernes lanzó su primer disco, y apenas un día después ya había quienes se sabían las letras de memoria. «Me parece una auténtica locura», comenta, con la incredulidad de alguien que todavía se está acostumbrando a la idea de que su música ya está resonando en los corazones de los demás. Pero lejos de abrumarse, Inazio elige disfrutar el momento. Se niega a procesar todo lo que le está ocurriendo de golpe, prefiere ser partícipe del momento, compartirlo con su gente y no perderse en la prisa de lo que implica el éxito.
No podría haber soñado con un escenario mejor para presentar Música para bailar sobre el agua que el Festival Jardín de las Delicias, un lugar que ya conoce bien, donde ha visto a otros triunfar y donde ahora le toca a él. «No se me ocurre mejor manera de hacerlo», dice, con la emoción palpable de quien está rodeado de su público, pero también de sus amigos, esos que han estado a su lado en el viaje. Es un momento de celebración compartida, una especie de cierre de círculo para quien, hace apenas un año, estaba en un escenario menor, pero igual de importante, del mismo festival.
Eso sí, su ascenso no ha estado libre de dudas. Actuar a una hora temprana en el festival le generaba cierta inquietud, temía que el público aún no estuviera preparado o que prefirieran asistir más tarde. Confiesa que fue su madre quien, con una sencillez que solo las mamás poseen, le hizo ver que estaba viviendo un sueño y que no dudase por nada en salir a cumplir su sueño. Así es como Inazio entendió que lo importante no es la perfección de las circunstancias, sino el hecho de estar ahí, cumpliendo su destino.
En cada palabra y en cada gesto, Inazio refleja una autenticidad impropia en un chaval de estos tiempos. Se deja llevar por lo que la vida le está ofreciendo, sin pretender controlarlo todo. En lugar de buscar el reconocimiento masivo, prefiere vivir el momento, disfrutar de la música y del público que ha comenzado a seguirle. Como sus propias canciones, él mismo parece estar bailando sobre el agua, consciente de lo efímero de cada paso, pero disfrutando plenamente de cada instante.


