¿Qué tienen en común ‘Veneno’ de Delaossa y los poemas de Idea Vilariño?

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Para el oyente, Veneno no es una canción, es un nombre. El nombre de un desamor, de esa persona que nos deshizo en cuatrocientos mil pedazos de melancolía mezclados con partículas de tristeza. Repito: Veneno no es una canción, es un nombre. Un nombre de un amor con fecha de caducidad prolongada. Sí, prolongada en el tiempo, pues mientras más avanza la canción, más daño nos hace. Un “Todavía me dueles” vociferado por un millón de voces interiores. La primera barra: «Estoy a diez mil kilómetros de tu puerta…», nos conecta con esa persona, nos retuerce la caja torácica, nos golpea como un saco de boxeo, nos fusila y nos resucita al mismo tiempo. Veneno es un himno al desenamoramiento o, mejor dicho, un himno a la gratitud de aquello que pudo ser pero que, por motivos del fungible amor, no pudo llegar a Ser, a completarse, a tocar el cénit de la afección con las manos. Sin embargo, amigos míos, lo que no se toca con las manos, se toca con el alma. Déjenme decirles que Delaossa, en esta composición, no nos toca con sus manos; NO. Nos corresponde con su alma. No hay acto más valeroso para un artista que toque al oyente, Dani aquí lo hace y nos toca. No solamente eso, sino que nos palpa con los pocos fragmentos de ánima que le quedaron tras escribir este canto al desamor.

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Son las 02:13 de la madrugada. El frío sacude mi espalda y me acerco a mi pequeña biblioteca en busca de calor. Ahí está ella: llamándome, mirándome, observándome como un león que estudia detenidamente los gestos de su presa antes de devorarla. En mis cascos resuena la canción del rapero malagueño profundamente: una, dos, tres veces… un protervo bucle infinito. Me quito los cascos, pero no me siento liberado de la ansiedad. La ansiedad ataca, sí. La ansiedad a las tantas de la madrugada es el mismísimo diablo en persona. Detengo la canción y siento que mato al artista. Lo dejo sin voz, sin palabra, le corto su única arma contra este coprófago mundo, contra la vida. Reflexiono: «Pobre, Delaossa. Qué sería de ti sin la música. ¡Qué sería de mí/nosotros sin tu música!». Doy exactamente dos pasos de mi cama a la estantería donde reposan mis libros. Contemplo las secciones: rechazo novela, relato, ensayo y opto finalmente por la poesía. Aterrizo en Montevideo, en la desgracia de una de las mejores poetas que ha dado el mundo, en la angustia personificada, en el llanto hecho poesía, en un adiós desesperado, en un verso huérfano. Aterrizo en ella, en Idea… en Idea Vilariño. Releo sus poemas y me encuentro en todos y cada uno de ellos. Me veo reflejado en cada vocablo y me maldigo, me frustro, me desgañito por dentro. Siento que sus palabras, al igual que Veneno de Delaossa, me ajan la psique.

Tras 30 minutos de detenida lectura y aún en la búsqueda de saciar mi ansiedad, pienso en la relación que puede haber entre Veneno de Delaossa y los escritos de Vilariño. A día de hoy, ella está a metros bajo tierra, pero sus poemas siguen respirando. Por su parte, Delaossa está vivo y en el éxtasis de su carrera musical. Cavilo cautelosamente en las formas de expresar el dolor, la pérdida de aquella persona, que amamos en algún momento de nuestra vidas. Pienso en ti, Vilariño, que te enamoraste de un escritor famoso, pero que con el tiempo no te correspondió. Pienso en ti, Delaossa, que escribiste Veneno con el alma sin ser consciente de la cantidad de lágrimas que podría generar tu canción. España ahora mismo está inundada de sollozos por tu culpa. Ambos estáis unidos por la desdicha, por el abatimiento que me azota a mí en el instante que escribo esto. Vilariño nunca lo leerá porque está muerta y Delaossa no lo sé y ni me importa. Lo conozco sin conocerlo, porque me fío más de sus canciones, que de sus palabras en una simple conversación. Hablo con él todas las noches, lo aplaudo, lo alabo, lo insulto, lo odio y lo amo. Todo a la vez, como quien no quiere soltarle la mano a una relación tóxica, que sabe que hace daño, pero no se resigna a encontrarse frente a frente con la despedida. Como Vilariño, que no quería olvidar a Onetti y para sanar un poco las consecuencias de la hiel le escribió un libro titulado Poemas de amor.

Cuando escucho Veneno me acuerdo del famoso poema «Ya no» de la poeta uruguaya. No sé si tendrán algo en común, pero sí sé con certeza, que tanto la canción como el poema generan dolor, cúmulos de saudade y un conglomerado de sentimientos que nos dañan por dentro. Porque sí, amigos míos: la palabra es el único instrumento que no pierde su valía, ya sea utilizándola con un beat de fondo o recitándola en una composición poética.

YA NO

Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.

El poema es rompedor, dañino, venenoso. A veces, por las madrugadas, cuando escucho Veneno acompañado por la plenitud de mi soledad, me pregunto si Delaossa algún día sacará el antídoto para esta canción. Cada vez que la melodía retumba en mi conciencia duele, escuece, hiere, lastima. Hay canciones que reencarnan, que nos vulneran provocando sajaduras en nuestro interior, las más dolorosas, esas… esas que no se ven. ¿Quiénes curan el dolor que no se ve? ¿Dónde se esconden aquellos y aquellas que dicen ser antídoto cuando el veneno de una canción se convierte en martirio?

Yo, mientras tanto, cada madrugada me enveneno más y más. Supongo, que ese será el único antídoto existente a día de hoy: seguir envenenándose simplemente porque…

«Mami, aunque te diga que estoy bien, tengo ansiedad
de abarcar to’ esto yo solo sin mirar atrás…»

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