El suicidio de Verónica Forqué el pasado 13 de diciembre ha causado un vacío ingente en nuestra sociedad. Verónica era transparente, luz, una sonrisa y una mirada brillantes, una mujer y profesional excelente. Ojalá no escribir de ella en pasado. Aunque nos haya avisado, aunque sabíamos que no estaba bien, todos esperábamos que siguiera venciendo su depresión severa, como ya había hecho y nos había contado. No ha sido así, y el impacto ha sido desgarrador.
No solo me duele el final, sino ver cómo se ha tratado su imagen en televisión, cómo quizás se han podido lucrar de su enfermedad. Cómo ha podido dañar la publicación de esas imágenes (con su consecuente lluvia de comentarios negativos en redes sociales), a una persona ya enferma. No pretendo culpar, solo reflexiono. Quizá hacer las cosas de otra manera habría evitado este final o quizá habría ocurrido igual.
Yo pienso en ella y sé que lo hago porque era un personaje público, conozco su nombre y apellidos, su trabajo me ha entretenido y siempre la he admirado. Pero, ¿y todos los que se suicidan cada día? (Son más de 10 al día en España, 3.941 en 2020) ¿Y todas las personas que se quedan a su alrededor vacías, desgarradas? (Al menos 20 por cada suicidio). Los medios de comunicación optan por el silencio en temas sensibles como el suicidio y quizá me equivoque, pero creo que hoy ya no es responsable tomar esa posición.
Jugábamos al ahorcado de pequeños y, por cada letra errónea, cada letra que no encaja en la palabra necesaria, un monigote cada vez más formado se convierte en un ahorcado y se termina el juego. Vuelta a empezar. Me he dado cuenta de que en la vida, salvando las distancias, pasa algo parecido (pero sin vuelta a empezar). No acertar con las letras, con las palabras, puede llevar a quien se está ahogando a la muerte. A quitarse la vida. Quizá así se explique el tratamiento del suicidio que hacen los medios de comunicación. No decir palabra por si asfixia a alguien que está a punto de asfixiarse. No nos quedemos sin letras, pensemos cuáles son las necesarias, evitemos que la vida acabe así. Esto no es un juego.
El manual para profesionales proporcionado por el Ministerio de Sanidad español en cuanto al tratamiento del suicidio indica que «los medios de comunicación pueden tener una influencia en la conducta suicida de la población que puede ser tanto perjudicial como preventiva». Tradicionalmente, se ha silenciado el suicidio en la información por miedo a que se produzca el llamado Efecto Werther (o de imitación), por el cual la información sobre un suicidio incita a otras personas a imitar tanto el acto como el modo de llevarlo a cabo.
Por tanto, los medios de comunicación, ante esta posibilidad deciden no utilizar el suicidio como tema noticioso. Según los Libros de Estilo de los periódicos más relevantes de nuestro país, como El País o El Mundo, el suicidio debe solo publicarse cuando se trate de personas de relevancia o supongan un hecho de interés general. Este sería el caso de Verónica Forqué. Pero y el resto ¿es que no existen? (Sí) ¿Es que solo les importan a sus familiares? (No).
Sin embargo, también se concibe el uso preventivo de la información, que sería sustentado por el Efecto Papageno. Este utiliza modelos y testimonios de superación, información útil para prevenir el suicidio. Teniendo en cuenta que el suicidio es la primera causa de muerte no natural en España, y la primera causa de muerte entre los jóvenes, los medios de comunicación tenemos que hacer lo que esté en nuestra mano por frenar la cifra que va en aumento. Debemos seguir los consejos de los profesionales sanitarios y ofrecer información de ayuda, como se hace con otros temas sensibles como la violencia de género. Poner a disposición del ciudadano los teléfonos de la esperanza y contra el suicidio (disponible 24 horas, gratuito y sin rastro). No olvidarlo, darle la importancia que merece, dar la brasa como se da con todo lo que importa.
Escribe Sara Búho que «la tristeza es como un niño pequeño, cuanto más lo ignoras, más cosas rompe». Lo creo firmemente. No podemos ignorar ni la tristeza, ni las enfermedades mentales ni el suicidio. No podemos ignorarlo, ojalá no hablar de ello lo hiciera desaparecer. Ojalá pero no. Tenemos que tratarlo con el mimo y respeto que merece, con responsabilidad. Sin sensacionalismos. Sin silencio. Por todas las víctimas del suicidio, a todas las personas que se quedan en vida aguantando el dolor desgarrador de una pérdida que quizá podría prevenirse. Por todas ellas tenemos que cambiar. Con inversión en sanidad y concienciación de los medios de comunicación.
Más vale prevenir que (no poder) curar. El suicidio ya no puede ser un tabú. La violencia de género lo era. Era un tema sensible pero hemos comprobado que hablar de ello en medios, no silenciarlo y poner vías de ayuda puede hacer que otras mujeres se salven. Claro que existe la posibilidad de que algún maltratador sea incitado por una noticia de violencia de género a cometer una atrocidad, a imitar. Pero esperamos que ayude y prevenga más que perjudique. Suicidio es una palabra de ocho letras y muchas lágrimas. Es también un síntoma de un sistema que no funciona. Vamos a cambiarlo, no nos vendemos los ojos. No dejemos de brindar apoyo y de mirar a esos ojos. Verónica Forqué, descansa en paz y que tu mirada nos guíe.

