Desde hace ya tiempo muchas personas se han dado cuenta de las carencias existentes en el ámbito de la educación. Más concretamente en el modelo educacional vigente actualmente en España. Cuando se habla por encima de este tema se tiende a pensar en los colegios y como mucho en los institutos. Pero ¿qué hay de las universidades y grados superiores? ¿Acaso en estos ciclos no existen problemas?
2020 con la pandemia supuso el arranque de la voz de alerta sobre el modelo de educación. El auge de casos de trastornos y enfermedades mentales como la ansiedad, la depresión o el estrés afectaron a una gran parte de los estudiantes (independientemente del ciclo que cursaran). Según un informe publicado por la Confederación Estatal de Asociaciones de Estudiantes (CANAE), el 72% de los estudiantes considera la salud mental como su mayor preocupación. Aunque esta es una realidad que lleva estando presente bastante tiempo.

Industria de la educación
Tal vez la pregunta que deberíamos plantearnos como sociedad es si la educación española es realmente efectiva. Si ponemos el punto de partida en las asignaturas que se imparten desde primaria, vemos que, por lo general, el peso recae en aquellas que son fundamentalmente de memorizar como lengua e historia.
En el caso de asignaturas en las que hay que pensar como por ejemplo en matemáticas, se aplica un método generalizado, que hace que no todos los alumnos consigan comprender lo que el profesor esté explicando y que generen un rechazo a la lógica. Además, como las aulas por lo general están demasiado llenas, el profesor tampoco puede atender a las necesidades particulares de cada alumno.
No todos lo estudiantes tienen los mismos perfiles. Hay alumnos que tienen más facilidades para desarrollar el pensamiento lógico y que además poseen unas capacidades mnemotécnicas que les permiten aprobar con buena nota los exámenes y trabajos. Pero, por el contrario, existe otro tipo de alumnos con diferentes capacidades que, por desgracia, el sistema les ha hecho creer que no son válidas.
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Según la Universidad de las Américas y el Caribe, que menciona al trabajo del psicólogo estadounidense Howard Garden, existen ocho tipos de inteligencia. Encontramos la inteligencia lingüística, la lógico-matemática, la espacial, la kinestésica o corporal, la musical, la intrapersonal, la interpersonal y la naturalista. Aunque estas inteligencias no son excluyentes unas de otras, es cierto que cada persona desarrolla por lo general más a fondo una de ellas.
El problema reside en la generalización mencionada anteriormente. Hay demasiados alumnos en las aulas, pero el problema no es de los profesores, ni siquiera de los colegios. El problema es del sistema y de quienes lo crearon.
Arte, creatividad y pensamiento crítico
Algo que es también digno de destacar es el motivo por el cual en las escuelas e institutos no se potencian el arte, la creatividad y el pensamiento crítico. Estas disciplinas en todas sus vertientes en realidad no son útiles para mantener el sistema tal cual está.
¿De qué le sirve un artista al Estado? ¡Que se busquen la vida aquellos que prefieren jugar que estudiar…! ¿Para qué vamos a utilizar la creatividad? Si el sistema está bien como está, no se necesitan cambios. O al menos, lo que se necesita es más bien que los pequeños cambios que se hagan por necesidad no destaquen demasiado… ¿De verdad queremos que la población cultive un pensamiento crítico con ideas propias? ¡Uy! Demasiado arriesgado. Aunque para eso ya nos echan una mano las redes sociales que ya les tienen lo suficientemente evadidos de la realidad…
Por desgracia, el alumno que no encaja, no encaja. Aquel que se salga del sistema, o que decida destacar un poco por encima con sus propias ideas no solo quedará desamparado, sino que también se verá expuesto al típico comentario “¿Para qué haces/estudias esto? Si realmente no tiene ninguna salida, ¿no?”.
Profesores
Sin duda los profesores son un pilar fundamental en la vida estudiantil. Una asignatura puede convertirse en una auténtica maravilla o, por el contrario, en un infierno, dependiendo del docente que la imparta.
El problema fundamental reside en que muchos de los profesores no tienen vocación por la enseñanza. Durante muchos años la carrera de magisterio ha sido la “salida fácil” cuando un estudiante no llegaba a la nota de corte de la carrera que quería o cuando simplemente no sabía qué estudiar.
Además, hay muchos profesores que salieron de la carrera de química, filología, sociología (o cualquier otra) y que directamente hicieron las oposiciones para poder vivir toda su vida en un puesto vitalicio (sin controles de calidad) impartiendo clases. Algo que tal vez no era su vocación. Esto es un gran problema porque, por lo general, estos profesores no han recibido formación acerca de cómo enseñar. Poseen los conocimientos, pero tal vez no sepan comunicarlos de la forma más apropiada.
También el método de enseñanza influye mucho sobre el interés que le pueda causar al alumno una determinada asignatura. ¿Es eficaz llegar al aula, sentarse en la mesa y leer lo que pone en el libro o en las diapositivas sin una interacción aparte que fomente el debate o el entendimiento por parte del alumnado?
Son muchas las cosas que deberían cambiar. El problema es que esta industria de la educación, encargada de crear individuos válidos para mantener el sistema ha conseguido que nadie se atreva a alzar la voz, o tal vez, que nadie se atreva a pensar por sí mismo.


