Mis días con los Kopp tiene zonas oscuras y agradables, tiene mucha sugerencia y da pie a la interpretación. Sobre todo, tiene reflejos. He aquí una reseña poco formal.
He de reconocer que me siento frustrado. En mi afán de convertirme en un buen esnob siempre he procurado desdeñar la literatura de ahora. Si no se escribió antes de mi nacimiento, no puede ser bueno. Esa es mi máxima. Sobre todo, me he esforzado por despreciar lo escrito por las plumas jóvenes y actuales. Por eso, porque la ignorancia hace la felicidad, y porque también hace felices los prejuicios, siempre me he mantenido más cerca de las personas que nacieron hace 100 o 200 años que de las que nacieron 30 años atrás. Sin embargo, hace relativamente poco cometí el grave error de leer Facendera, de Óscar García Sierra.
Me incomodó mucho el hecho de no poder ignorar que es una buena novela. Entonces, como el joven marxista que, por curiosidad irónica, comienza a ver vídeos de Escohotado y Rallo, y también empieza a escuchar a Losantos (o incluso llega a leerlos), me puse a explorar esta nueva literatura. Por supuesto, como ese o esa joven marxista con sus nuevos autores/conferenciantes, mi intención era conocer para rebatir y, así, poder mantenerme en mis trece. Y volví a cometer otro enorme error: leí Mis días con los Kopp, de Xita Rubert.

Imaginaos mi desesperación cuando me di cuenta de que una persona nacida en el 1996 (¡Una persona que hace literatura hoy en día!) ha escrito una buena novela. Al acabar el relato de Rubert alcancé el punto álgido de mi desesperación: fui consciente de que leería muchas más novelas de este tipo (actuales y frescas, vaya), y no precisamente bajo una mirada altanera. Entonces, me sentí como aquel joven marxista que no puede evitar disfrutar al leer Los enemigos del comercio y que, por ende, se visualiza inexorablemente destinado a ver todos los vídeos de Jano García o, incluso, de Víctor Domínguez (más conocido como Wall Street Wolverine).
La novela
Ahora bien, repasemos Mis días con los Kopp. Por si no se sabe aún, Virginia es una adolescente “tardía” que acompaña durante unos días a su padre al norte de España para presenciar el acto de condecoración de Andrew Kopp, viejo amigo del padre y persona curiosa. También es curiosa su mujer, Sonya. Y mucho más lo es el hijo Kopp, Bertrand.
Y ya está. El resto es el despliegue de una carpa circense que acoge en su interior los límites frágiles entre la locura y el arte. Y entre el deseo y el amor. Y entre la empatía y el reconocimiento.
El lenguaje es íntimo, pero también hay que aprender a mirar detrás de él. Es ambiguo. A veces, incluso opaco. No sabes muy bien qué te quiere decir. He leído por ahí, no sé dónde, que la confusión de la narrativa vicia la calidad de la novela. No sé, supongo que esta persona habría preferido leer las instrucciones de un mueble del Ikea. Por supuesto, estas, cuanto más perspicuas, mucho mejor.

Y si hablamos de géneros, que parece ser lo habitual en las reseñas, tenemos que hablar de las novelas de aprendizaje. Algo parecido, quizás, a un coming-of-age, como dicen en Hollywood. Mis días con los Koppes una novela de aprendizaje de manual. Lo cual me parece bastante favorable, pues hacía mucho que no leía una novela de aprendizaje en la cual el main character y yo pudiésemos aprender algo juntos. De la mano.
Los espejos
Entonces, si el fin es el aprendizaje, la herramienta favorita de Virginia son los espejos. Por eso viaja a través de ellos. Casi al estilo Alicia. Aunque eso, creo, ella no lo sabe. Tiene la habilidad de ver en las personas de su entorno un espejo translúcido: en ellos se entremezclan ella y los demás. Ve en sí misma el reflejo del resto, y ve en el resto su propio reflejo. Eso conduce a la empatía. Puede que el caso más sobresaliente de este fenómeno es el que tiene lugar con el hombre llamado Bertrand. Doy unos ápices superficiales sobre cómo se produce esto con la esperanza de que a alguien le entren ganas de leer el libro para investigar el fenómeno completo:
Bertrand, el hijo cuarentón Kopp, es una figura un tanto misteriosa que oscila entre la locura y el arte: una oscilación que viene siendo el pan de cada día desde el principio del siglo XX en lo relativo a lo artístico. Y la locura de Bertrand no tiene mucho que ver con esa locura que está de moda romantizar. Tiene que ver, más bien, con la enfermedad. Una enfermedad que, a su vez, no es tan distinta de aquella que padecerá el padre de Virginia, aunque esta nunca llegue a ser descrita de un modo explícito, al estilo MedlinePlus. Se deja saber de ella lo realmente importante: que es una gran putada. Algo poco divertido.
Y de la enfermedad de Bertrand se dejan saber cosas no menos relevantes. Por ejemplo, que la manera en que su entorno la asume (y por tanto proyecta) afecta al propio tratamiento. En Mis días con los Kopp no se habla sobre ventajas y desventajas de la neurodiversidad. Creo que sería irrespetuoso ser tan taxonómico en estos asuntos. También lo sería hablar de ventajas de padecer ciertos trastornos. Creo que ello reforzaría la tontería esta de dárselas de “loquillo” porque “todos somos locos a nuestra manera” y con eso justificar las excentricidades de cada cual. Como si estar loco fuese algo chulo. No. Rubert describe lo que hay. Ni más, ni menos. Con los aspectos que tienen consecuencias negativas y los que pueden llegar a tener positivas. Como todo.

No obstante, el hecho de que Virginia no esté enferma no quiere decir que no pueda reconocer rasgos suyos en la enfermedad. Y a eso, supongo, me refería con lo de los espejos. Virginia tengo 17 años, se está buscando a mí misma y lo intento de la mejor manera: observo en los demás. Sus miserias y virtudes. Es indiferente; todo hay que verlo y buscarlo en una misma, dar la espalda a las miserias no serviría de nada. En numerosas ocasiones me fundo con Sonya, persona que no me cae especialmente bien, hacia ella siento antipatía y atracción, como ella, creo, hacia mí. También admiro su forma de ser absurda, porque eso hace que no se desdoble. Que no te desdobles. Sonya y yo, tú y yo, estamos hechas de otra materia, pero de la misma otra materia.
Por eso, cuando mi mano era prisionera de la de él, yo solamente quería la tuya. Sé que no eres deshonesta y que no estás a gusto con este paripé familiar. Pero yo he aprendido a apreciar las manos de B, por eso he querido que toque las esculturas. Y, cuando la tocó, sucedió. El milagro, digo.
Con este torpe ejercicio de estilo no pretendo imitar a Xita Rubert. Ni mucho menos. Solo quiero dar una pequeña muestra (dentro de mis posibilidades, claro) de la forma en que Virginia se crea a sí misma a través de los espejos translúcidos. Ahí donde se desdibuja el Yo y todo aquello que lo crea: el reconocimiento, la enfermedad, el deseo… lo malo de estos espejos es que no vienen con instrucciones, no como los muebles de Ikea. Y, al parecer, algunas personas anhelan instrucciones de muebles encuadernadas.
Para un ejercicio de espejismo completo, diligente y satisfactorio, recomiendo una novela llamada Mis días con los Kopp.


