El presidente argentino Alberto Fernández anunció su deseo de no optar a la reelección de su mandato
Argentina vive uno de sus momentos más críticos. La inestabilidad política que lleva sufriendo el país desde hace tiempo, se ha visto ayer aún más agravada con la decisión del presidente Alberto Fernández de no presentarse a la reelección en las elecciones presidenciales del mes de octubre.
Una decisión que ha tomado a fin de no perjudicar los intereses de su coalición de gobierno, el Frente de Todos, en la que durante toda la legislatura le han ido surgiendo cada vez más adversarios que compañeros.
El primero de ellos, su vicepresidenta, quien desde la abultada derrota electoral en las PASO (Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias) de 2021, parece haberse desentendido completamente de las decisiones de su presidente. Porque Alberto Fernández fue desde el primer momento eso, un presidente sin banda, sin poder, que fue elegido por Cristina Fernández de Kirchner para competir contra Macri y al que simplemente ha dejado caer cuando ha visto que la losa que iba a tener que cargar, era demasiado pesada.
Una carga que a lo largo de la legislatura ha ido aumentando y que pese haber nombrado tres ministros de economía diferentes, no ha logrado reducir. Más bien todo lo contrario. El presidente dejará su cargo con una inflación absolutamente disparada y que no tiene visiones de bajar, con un porcentaje de pobreza alrededor del cuarenta por ciento, con la imagen de su fiesta celebrada en la Quinta de Olivos durante la pandemia como recuerdo para la historia y con su vicepresidenta condenada por corrupción y a inhabilitación perpetua. ¿Se puede pedir más?.
Pero por si esto fuera poco, la oposición tampoco es que represente una gran esperanza para los argentinos. La coalición Juntos por el Cambio ha sido protagonista en las últimas semanas por televisar la parte más oscura de la política: la lucha de egos, la pelea por el sillón, por el cargo, por la banda presidencial. Tras la decisión del ex presidente Mauricio Macri de no volver a presentarse, los ahora líderes de su partido Patricia Bullrich, Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal han evidenciado la inmensa debilidad interna que tiene esta coalición en la que es posible encontrar desde la derecha más liberal-conservadora, hasta la socialdemocracia más moderada y cercana al «kirchnerismo».

Un globo a punto de estallar al que se suma el enorme crecimiento del libertario Javier Milei y su partido, La Libertad Avanza, durante los dos últimos años. Un alza en las encuestas que le llegan a situar en un casi empate técnico con la fuerza que hoy está en el gobierno y que le puede llevar a las elecciones de segunda vuelta por la carrera presidencial.
Con este paso al lado de Alberto Fernández, Argentina tiene la oportunidad de volver a crecer, volver a iniciar el tablero de juego de la democracia y elegir a un presidente serio, que les ayude a fortalecer sus instituciones, a volver a tener voz y el peso que merece en el mundo, que expulse la corrupción, que acabe con una inflación desmedida y enraizada en los bolsillos argentinos y que pueda devolver al país, como hizo la selección hace tan solo unos pocos meses, a los primeros puestos del pódium mundial.

