El discurso de toma de posesión de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, dejó un titular con gran significado.
El ex presidente Felipe González, gobernante durante 13 años de nuestro país y que continúa ostentando el mejor resultado electoral de nuestra historia democrática reciente: 202 diputados en 1982, pronunció hace un tiempo una frase que ha quedado en mi memoria desde entonces y que resume a la perfección los tiempos en los que vivimos: «Porque nos quieren obligar a ser nietos de la Guerra Civil en vez de ser hijos de la democracia».
A esa sentencia, tan categórica como sabia y bella, podría sumarse la pronunciada por la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, durante su discurso en su toma de posesión del pasado viernes, y que los medios de comunicación no han dudado en utilizarla como titular de todas sus crónicas: «Ha llegado la hora de los hijos de la transición» , refiriéndose a su intención de llevar a cabo un recambio generacional. Una frase, en definitiva, que si bien puede resultar atractiva, tiene muchas aristas en las que se debe profundizar.
Y es que somos contemporáneos de una etapa histórica en el que la política está, desgraciadamente, jugando un papel transcendental en nuestras vidas. En el que vivimos en streaming y minuto a minuto como el escándalo de ayer es eclipsado por el de hoy y así ad infinitum y en el que hablar de política se ha convertido en algo demasiado habitual cada vez que un grupo de gente se reúne a tomar un café. Es por este motivo, por el que conocer nuestra historia y escuchar a nuestros antepasados resulta tan importante, pues ellos, mejor que nadie, saben cómo suelen terminar periodos similares.
La transición representa, sin lugar a engaño, la etapa más brillante en la historia democrática de nuestro país. Nunca, en ningún otro estado, una sociedad ha pasado tan brillantemente de una dictadura hacia una democracia y nunca, la sociedad española, a excepción de momentos muy puntuales, había estado tan unida y firme en la consecución de un objetivo y de una forma de vivir. Una filosofía, por la que nuestros abuelos lucharon; que fue construida con el sudor, el trabajo y la valentía de todos ellos, y que ahora, muchos quieren liquidar.

El problema, es que a pesar de ese inmenso legado que nos dejaron, «los hijos – y ni qué decir los nietos, de la Transición» que hoy ocupan todos los telediarios, se están empeñando, con sus actos, sus políticas, y su «juego» en el Congreso, en minusvalorarlo, despreciarlo, empañarlo e incluso en fomentar su olvido, con el único fin de que su ideología, su verdad, su credo, se impongan sobre la de los demás sin ningún tipo de moral, ética ni sentido del ridículo ni de la razón. Es decir, esos «hijos de la transición» entre los que, generacionalmente, se identifica la presidenta Ayuso, son precisamente los que la están enterrando al lado de Montesquieu.
Ser hijos de la democracia y no nietos de la guerra civil empieza por dejar de politizar cualquier aspecto de la sociedad y de la vida de la gente como se está haciendo actualmente; continúa por sí, hacer valer, defender y batallar culturalmente por tus ideales, pero bajo unas reglas de juego y respetando a las otras opciones políticas que legítimamente buscan también ganar esa batalla y finaliza, no imponiendo a los demás una forma de vivir ni pensar, sino en hacer prevalecer los acuerdos y los pactos entre diferentes.
Por tanto, cuando se utiliza esta expresión o ese afirma ese propósito resulta imprescindible explicar cuál es su sentido y su significado porque a día de hoy, definirse o apelar a los «hijos de la Transición», no deja de ser un eslogan vacío, sin realidades ni argumentos, propio de mítines o discursos emotivos, pues ninguno de ellos es hoy digno de llevar ese apellido. El respecto hacia toda esa gente que luchó y entregó su vida por la democracia, solo se hará efectivo cuando dignifiquemos su memoria y aprendamos sus sabias lecciones.


