“A mí me gusta odiar”, decía una compañera del instituto, preguntando a la profesora cuál era el problema por ello. Esa frase horrorizó a mi madre. Ahora, que cada vez más personas abrazan los discursos de odio, entender de dónde viene esta idea, resulta importantísimo. Si los políticos continúan aprovechándose de la efectividad para la movilización que supone crear odio y miedo, puede haber graves consecuencias para el bienestar social.
Según las Naciones Unidas, los discursos de odio son ofensivos y están basados en características inherentes a una persona o grupo, como la raza; y pueden poner en peligro la Paz Social. Recientemente, dos focos muy importantes de discursos de odio han sido, por ejemplo, la campaña electoral de Trump y la guerra entre Israel y Palestina.
Durante el debate electoral entre Trump y Harris, el actual presidente electo de la primera potencia mundial difundió el bulo de que los inmigrantes se comían a las mascotas de sus vecinos. Aludía a los cerca de 20.000 inmigrantes haitianos, que desde 2020 se han asentado en Springfield, según cifras de RTVE. La mayoría de ellos, entre 12.000 y 15.000, forman parte de un programa de acogida que les otorga permiso de trabajo temporalmente mientras su país se encuentra en crisis, y por lo tanto residen legalmente en Springfield, atendiendo a lo que explica El País. Aún así, El Partido Republicano continuó alimentando la desinformación, llegando a poner en el Estado de Arizona 12 vallas publicitarias con la frase ‘Come menos gatitos, ¡vota Republicano!’.
Lamentablemente, la mentira y el odio pueden ganar a la verdad y el amor. Yo misma pude comprobarlo al ver a un estadounidense alardear sobre cómo Wisconsin había protestado contra una campaña publicitaria por protagonizarla una persona trans. También cuando vi a chicos jóvenes españoles que defendían la bondad de Israel por actuar en contra de terroristas, mientras me enseñaban un bulo que ofrecía un ‘mapa’ con los delincuentes sexuales registrados que viven en Gaza. Todas estas personas supuraban violencia, pero de lo que no se daban cuenta era de que, en realidad, amaban odiar.
Desconozco las situaciones que llevaron a que mi ex compañera a decir lo que dijo, aunque por lo que presencié en su caso y en el de las demás personas anónimas de las que he hablado, la palabra que resuena en mi mente es ‘trauma’ y que la RAE define como un choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente. Pero lo cierto es que la psicología no ve el trauma como algo que exista simplemente por un suceso, también puede ocurrir tras haber estado expuesto a situaciones estresantes durante un tiempo prolongado, como evidencia la existencia de el Trastorno por Estrés Postraumático Complejo, incluido en el manual diagnóstico CIE-11 de la Organización Mundial de La Salud en 2020.
El trauma provoca miedo o ansiedad, y esas emociones conducen al odio. Bien saben los publicistas de campañas políticas que el miedo anula nuestra capacidad crítica y sirve para incitar la más baja de nuestras pasiones. Pero en una sociedad que nos encamina a ser fuertes, es más fácil reconocer que odiamos algo a decir que nos da miedo, pues esto último sería una debilidad. Pero el trauma queda en el inconsciente. Es más, puede incluso hasta verse en signos corporales, porque el cuerpo carga con todos los pensamientos, incluso aquellos que no podemos verbalizar.
A aquellas personas que no pueden abrazar porque desconfían, a las que la hostilidad que tienen dentro les provoca pequeños movimientos en el rostro, casi imperceptibles, a las que dicen que aman odiar como si fuera lo más normal del mundo, les pido que revisen el trauma detrás de su odio. Y a la clase política, que dejen de utilizar el miedo en sus campañas, porque no son conscientes (o quizá sí) de hasta dónde nos pueden llevar nuestras emociones. Ellas crean nuestros pensamientos, y estos, la realidad que elegimos vivir.

