6.7 C
Madrid
viernes, 6 febrero, 2026
6.7 C
Madrid
viernes, 6 febrero, 2026

Por qué deberías confesarte esta Nochevieja (o Año Nuevo)

Lo único bueno de que algo se acabe es que te das cuenta de lo bonito que ha sido vivirlo. Pasa por ejemplo en las graduaciones, en las mudanzas o en las rupturas. Salir de una costumbre, una rutina, un edificio o una persona para lanzarnos de lleno en algo nuevo. Avanzar, pero siempre mirando atrás, recordando a los profesores del instituto que más te inspiraron, la habitación de tu infancia o tu primer amor. Cuando las cosas llegan a su final, te das cuenta de que nunca hay una manera perfecta de despedirse, porque siempre queda algo pendiente. Algo así pasa en Nochevieja.

Nos limitamos todo el año a dejar que el tiempo pase sobre nosotros sin hacer nada al respecto, si bien es cierto que poco podemos hacer. Aún así, cuando llegan las campanadas, nos volvemos a acordar de lo lento que pasan los minutos y lo veloz que pasan los años. Es como si, por un instante, el tiempo nos concediera una tregua para ser conscientes de él; instantes fugaces en los que todo parece tener sentido.

Es una paradoja bonita el intentar verlo así, o al menos, es algo satírico. En Nochevieja los últimos minutos del año son inconmensurablemente largos, esperando con la uva en la mano a que baje la bola en la Puerta del Sol, mientras que el resto de meses pasan volando, en un suspiro. Eso es lo que nos define como personas: solo estamos presentes cuando algo se acaba. Mientras tanto nos dejamos llevar por la rutina, por el día a día y  por ese sentimiento de no sentir nada del todo.

Por eso me gusta tanto Nochevieja; no por salir de fiesta, por el champán o por el vestido de Cristina Pedroche. Ese último minuto del año tengo la sensación, de una vez por todas, de estar vivo. De ver cómo el reloj marca las 0:00 y puedo celebrarlo, gritarlo, llorarlo. Nochevieja es el único día del año en el cual recuerdo que nada es para siempre y que, precisamente por eso, todo merece la pena. A veces me da la impresión que esa madrugada, de alguna manera, me atraviesa todo. Siento los abrazos, las felicitaciones, las canciones. Por una noche por fin comprendo que no todo tiene que ser eterno para hacernos felices (la fiesta se acaba a las 8 y hay que dormir).

Esto que sucede en Nochevieja me hace suponer que es la manera que tenemos los jóvenes de entender las cosas: o sentimos todo al límite o no sentimos nada. Cuando me estoy comiendo las uvas me late el corazón con una adrenalina parecida a la de tirarte de un paracaídas. Es ese cosquilleo en el pecho que sientes los segundos antes de besar a alguien por primera vez. O cuando arranca el motor de un avión y despega. O el instante previo a ver la nota de un examen importante. Es la emoción que te recorre todo el cuerpo justo antes de confesar algo que nunca te habías atrevido a decir aprovechando el empujón de la euforia de Nochevieja. ¿Por qué no hacerlo esa misma noche?

Un tiovivo al lado de la Puerta del Sol, donde se dan las campanadas | Fuente: elaboración propia

Quizás sea contradictorio y peque de cínico, pero mi reto este año fue ser fiel a mí mismo y sentir más que nunca. 365 días después, me he dado cuenta de que he sentido mucho más eso, las cosas que no he dicho que aquellas que sí. Yo, al menos, me arrepiento de lo que no dije un día en la universidad o en la parada de autobús, porque la persona que estaba esperando allí junto a mí ya no espera más autobuses conmigo.

Tampoco dije, en aquel mensaje que nunca envié, que quería pedir perdón por todo lo que no supe cuidar, ni tampoco, un martes cualquiera, lo mucho que me alegró ver a alguien especial reír como si no hubiera un mañana. A su vez este año quizás podría haber agradecido más a mis amigos lo mucho que hacen por mí y, con las mismas, haberme despedido de los que no aportan nada. 

Tal vez por eso me gusta tanto Nochevieja: porque me recuerda que, aunque todavía tenemos tiempo de hacer todo aquello que no nos atrevemos a hacer, la vida pasa. Lo damos todo por hecho, como si fuéramos a estar aquí para siempre, cuando deberíamos perder el miedo y la vergüenza y simplemente saltar, sin pensar en dónde aterrizar. Mi propósito de 2025 es ese, hablar de todo aquello que dejé a medias, no callarme nada y, si hace falta, confesarme en Nochevieja.

Para confirmar que no estoy loco y que todos nos arrepentimos de no decir algo este año, he ido preguntando esta misma cuestión por ahí, para que cualquiera me dijera, al menos a mí, aquello que este año quisieron decir pero no han dicho. Hoy, tras leerlo todo, confirmo que todos callamos demasiado. Que aunque el tiempo pase, siempre quedarán palabras que nos sostengan. Esto es —en parte— lo que no se ha dicho a lo largo del año:

“Algún día te contaré todo lo que pensé la noche en la que te conocí. 2024 ha sido más bonito gracias a ti.”

“Gracias por enseñarme que el amor no siempre es suficiente. Y gracias también por demostrarme que yo sí lo soy.”

“Le diría que ojalá volver a verano para volver a verla por última vez y agradecerle por hacerme tan feliz en tan poco tiempo. Ahora cada vez que escucho a Judeline la encuentro a ella, aunque ya no esté conmigo y tenga que escucharla yo solo.”

“Las noches que dormimos juntos las recuerdo como las mejores y las peores del año. Por dormir contigo y sentirte más cerca que nunca. Pero también por saber que el sol iba a salir en horas y tener que levantarme de la cama, actuando como que no había pasado nada en ella.”

“Los días que pasan, las luces del alba. Mi alma, mi cuerpo, mi voz, no sirven de nada. Porque yo, sin ti no soy nada.”

“Mamá, cada día que pasa me doy cuenta de lo mucho que me parezco a ti. Te quiero.”

“Me arrepiento de no haberle dicho que estaba enamorada, no sé si habría cambiado algo, pero al menos no tendría esta espina de no haberlo intentado.”

“No quiero sentirlo así, pero a veces pienso que toda esta gente no es más que relleno hasta que nos volvamos a encontrar. Sea cuando sea, te espero.”

“Pensando en qué poner para este artículo, no puedo evitar preguntarme si tú también te arrepientes de todo lo que no dijimos.”

“Cuando te fuiste de Erasmus prometimos hablar todos los días, y al principio lo hicimos. Pero ahora apenas sé de ti. No sé qué tal con él ni cómo está tu perrita. Paso por tu casa camino al súper y muchas veces quiero tocar al portón para subir y fumarnos un cigarro. Pero todavía no estás ahí, de hecho, ni siquiera sé si volverás a estarlo, porque me da miedo que, al volver, ya no seamos las mismas.”

Y, ¿Vas a confesarte esta Nochevieja o no has aprendido nada tras leer esto?

Actualidad y Noticias

+ Noticias de tu interés

Volver a volver

¿Y si este mes de diciembre retrocediera a 2025 de nuevo? El otro día pensé qué pasaría si esta Nochevieja, en vez de ir hacia delante, fuéramos hacia atrás. Si diéramos la vuelta al calendario y, si tras la última...

Por qué Rosalía es tan grande

"Bernarda, que veo a Dios" En la película La Llamada (2017), a María, una adolescente apasionada del reggaeton, se le aparece Dios. Esto ocurre en un campamento cristiano, donde la joven, interpretada por Macarena García, exclama tras sus encuentros: “Bernarda,...

Aitana llena el Estadi Olímpic de Barcelona y firma una noche histórica para el pop español

La catalana se consagra como Superestrella delante de casi 50.000 personas Barcelona abre los brazos para dar la bienvenida a casa y recibir, con orgullo casi maternal, a la artista que mejor encarna el pop español contemporáneo: Aitana. Por fin,...

Descubre más desde El Generacional

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo