Entre las muchas peripecias que sufren los jóvenes destaca la búsqueda de un lugar al que llamar hogar. La crisis del acceso a la vivienda se resiste y no deja de propagarse como las cepas de la pandemia del COVID-19. Todos los partidos políticos la ponen en sus «promesas de cambio», porque según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), la vivienda es el tercer problema que más preocupa a la población. Sin embargo, los jóvenes (y no tan jóvenes) cada vez lo tienen más complicado para independizarse.
Dejando a un margen la compra de una vivienda, lo que resulta algo casi heroico, centrémonos en el alquiler. La búsqueda de un piso de alquiler o una habitación tiene varios retos. Para comenzar, el precio del metro cuadrado. El informe de precios de alquiler de Idealista deja una media española de 13’5 euros por metro cuadrado. Sin embargo, los precios varían mucho entre las diferentes ciudades, llegando a 19’9 €/m2 en Barcelona.
Se ofrecen habitaciones a precios desorbitados en las que con suerte tienes una ventana y espacio para poner un escritorio. Pero claro, alquilar una habitación implica compartir zonas comunes con seres, a veces, desconocidos. Entonces entra en juego un desafío similar a la jungla. Y es que, seguramente, a estas alturas se acabará poniendo una máquina para coger turno y poder entrar en el baño.
Luego entran en juego las aplicaciones para buscar compañeros, en las que se piden más datos personales que en el propio Tinder. Porque claro, deben saber mis aficiones para calcular la frecuencia con la que iré al baño. Desde luego que lo mejor de buscar piso son las anécdotas de los lugares descartados. Es sorprendente cómo vivimos rodeados de personas tan sumamente extrañas sin darnos cuenta de ello. Desde estudiantes con torres de platos llenas de moscas a señoras de edad avanzada que te obligan a prometer realizar rituales para mejorar los chakras de la casa.
El Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España publicó un informe que desvelaba que siete de cada diez jóvenes trabajadores en España siguen viviendo con sus padres. La edad media a la que se abandona el hogar familiar ha aumentado hasta los 30’4 años. Y obviamente que se seguirán quedando. ¿Quién en su sano juicio elegiría gastarse casi el sueldo de un mes para vivir con personas que no te permiten comprar en Mercadona porque los productos no son elaborados bajo el beneplácito de la madre tierra?
Los pronósticos del acceso a la vivienda no son positivos, más bien lo contrario. Se prevé un aumento continuado de los precios y la continuación de las barreras para poder ser propietarios. Este problema va mucho más allá de tener un techo bajo el que vivir. El descenso de la natalidad y de los matrimonios van de la mano de esta situación. Existe un peligro inminente para los miles de jóvenes que no saben cómo construir su futuro en cimientos que les llevan a la ruina.

