La tierra donde se cumplen los sueños se ha convertido en la pesadilla de muchos. Durante décadas, Estados Unidos era el destino idílico para empezar una nueva vida. Ahora el «sueño americano» no acoge a cualquiera. Estados Unidos ha cambiado su forma de juego y la migración se recibe con aviones militares con destino a Guantánamo. Todo por la seguridad del país americano que, en palabras de Donald Trump, son «criminales que amenazan al pueblo estadounidense».
Las deportaciones masivas ya han comenzado. Migrantes, refugiados y recién llegados son vulnerables ante las nuevas políticas migratorias de los EE. UU. Muchos de ellos llegan a preguntarse si merece la pena jugársela ante la amenaza, ya no sólo de ser deportados, sino de ser enviados a un «lugar difícil del que salir», afirmaba Trump refiriéndose a la base de Guantánamo, reconvertida en un megacentro de detención para migrantes.
Bajo la premisa de detener la migración en la frontera sur de Estados Unidos, encontramos un acuerdo migratorio «sin precedentes», entre EE. UU. y El Salvador, para encarcelar migrantes de cualquier nacionalidad. La historia se repite con la Ley Laken Riley. En este nuevo escenario, las condiciones para las personas migrantes son más restrictivas. Un robo, sin importar su magnitud, es una razón de peso para su detención y deportación. Ya no se persiguen delitos graves, ahora cualquier infracción es una excusa válida, y suficiente, para expulsar a quien busca una vida mejor.
Mientras que otros Estados europeos mantienen los programas de integración y refugio, Trump da una solución firme y sin retorno para solventar la situación migratoria. Ya lo veíamos con las tropas americanas que ponían rumbo a la base de la marina estadounidense en Cuba. La orden ejecutiva de Trump es clara: ocupar las treinta mil camas de Guantánamo con «extranjeros delincuentes de alta prioridad». En la otra parte del acuerdo, Nayib Bukele, presidente de El Salvador, se ofrece, a cambio de dinero, a recibir en su megaprisión a criminales convictos estadounidenses.
Esta decisión ha hecho que se vuelva a poner el foco sobre la base naval por antiguas denuncias por casos de tortura y tratos inhumanos a refugiados y solicitantes de asilo. Cabe preguntarse si, esta vez, Guantánamo cumplirá con su función de retención temporal mientras se decide el destino de las personas migrantes. Falta claridad sobre las medidas de seguridad, dejando entreabierto la posibilidad de que estas deportaciones masivas tengan otra cara más oscura.
Con un gobierno que prioriza la seguridad nacional sobre los derechos humanos, la imagen de Estados Unidos como la tierra de acogida se desvanece. Al mismo tiempo, migrantes, refugiados y todo aquel que busca un futuro, una vida mejor, se arriesgan a ser deportados. El sueño americano se les escapa de las manos.

