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Segunda mano: el nuevo rostro del colonialismo

De la solidaridad al colonialismo: el impacto oculto de la ropa donada en el sur global

A raíz de un reciente artículo de El País, en el que se seguía el rastro de 15 prendas de ropa donadas, se ha revelado una realidad incómoda. Lo que parece un acto de solidaridad es, en realidad, una nueva forma de colonialismo ambiental.

A pesar de lo que podamos pensar, solo un porcentaje muy pequeño de la ropa donada a las ONG se queda en España. Como bien confiesa la entidad sin ánimo de lucro Humana al periódico El Español, tan solo un 13% de la ropa recogida se comercializa en el país. “Nos encantaría que esa cantidad fuera mayor, pero los años de experiencia de Humana constatan que más allá de ese porcentaje los procesos empiezan a no ser rentables a nivel económico y ambiental», admiten.

El resto —en España solo se recoge un 4% de la ropa tras su uso, según la UE— entra inevitablemente en el circuito comercial, recorriendo en muchos casos miles de kilómetros hasta llegar a su destino: el sur global. Un estudio reciente de la Agencia Europea de Medio Ambiente (EEA) revela que el 40% de las exportaciones textiles a África terminan en vertederos.

Pero no solo este continente se ve afectado. La capacidad de reciclaje de Europa es limitada, lo que convierte a muchas regiones del sur en el destino final de estos textiles. Tanto las ONG como la propia UE justifican esta situación con el mismo argumento: “Nuestra capacidad es limitada”.

Una excusa conveniente que permite exportar el problema e importar una nueva soga que aprieta la economía de las regiones menos desarrolladas. Hace ya diez años, los países de la Comunidad Africana Oriental (CAO) advirtieron que la demanda interna de ropa local estaba siendo asfixiada por la llegada masiva de prendas usadas. En 2015, anunciaron que prohibirían la entrada de estos productos en sus mercados para proteger su industria textil. Lejos de ser una medida proteccionista, intentaban recuperar su soberanía económica ante un modelo impuesto por el norte global. Pero su grito de alerta cayó en oídos sordos: la presión comercial y política de las potencias occidentales terminó por silenciarlo.

¿Esconde este pretexto formas de dominio territorial, clásicas del colonialismo? Así es. La industria textil se ha consolidado en las últimas décadas como uno de los mecanismos de perpetuación del colonialismo. A través de técnicas clásicas de sometimiento —como la obtención de mano de obra barata o la creación de rutas comerciales textiles en beneficio de la metrópolis— se ejerce un dominio indirecto.

Los países con pasado colonial (en su mayoría pertenecientes al sur global) ya no están bajo la administración política de las antiguas metrópolis. Sin embargo, siguen siendo explotados mediante nuevas formas de dependencia económica y ambiental. En un modelo adaptado a la realidad geopolítica actual. El desarrollo tardío de estos países sigue beneficiando exclusivamente a las antiguas potencias hegemónicas.

Para frenar las devastadoras consecuencias medioambientales que supone para el sur global ser el vertedero del mundo. El 1 de enero de 2025 entró en vigor la obligación de recogida separada de residuos textiles. Establecida en la modificación de  la Directiva Marco de Residuos (2008/98/CE), actualizada en 2024. Aplicada en España mediante la Ley 07/2022 de gestión de residuos y suelos contaminados. Esta normativa obliga a los productores textiles a asumir la responsabilidad completa del ciclo de vida de sus productos.

Podríamos pensar que se trata de una gran medida. Obliga a separar residuos textiles y podría actuar como filtro para impedir que enormes cantidades de basura textil lleguen al sur. Con todo, lo cierto es que no ataca la raíz del problema. Tampoco señala al verdadero culpable: la industria y su modelo de producción.

El sur está lleno de buenas intenciones, pero no cabe un white savior más. No es casualidad que las iniciativas europeas nunca cuestionen el problema de raíz. Diseñadas para hacernos sentir parte de la solución, nos venden el reciclaje, la reutilización y la donación como estrategias clave, cuando la única solución real es reducir drásticamente la producción.

La única forma real de reducir el impacto ambiental y social de la industria textil es disminuir la producción y apostar por prendas de mayor calidad. Como señala Brenda Chávez, periodista y autora de Tu consumo puede cambiar el mundo, “la ropa más sostenible es la que ya está en el armario”. No se trata solo de reciclar o donar, sino de cuestionar y cambiar nuestras pautas de consumo. 

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