Cada amanecer político parece nuevo, pero el país despierta siempre en el mismo lugar
«Madrid amanece, con ruido, con humo», cantaba Hilario Camacho en 1981. Hay cosas que no cambian, y otras se repiten con una ironía algo irritante. Como buena parte de los madrileños y españoles, el presidente del Gobierno se levantaba temprano para dar comienzo a su frenética agenda laboral, que también era diplomática, legislativa, ejecutiva y de partido. Al despertar, lo más probable es que el presidente apreciase que su esposa —a diferencia de él— podía disfrutar de la cama unos minutos más. Sin duda la observa; sabe de la influencia que su mujer ejerce sobre él y que es, en todos los sentidos, su Amparo.
Seguramente fuese al baño a asearse. Como cada día desde que era presidente, se afeitaba para extirpar cualquier sombra de barba y se peinaba, como siempre, hacia la izquierda. Verse ante el espejo era un verdadero ejercicio para él y para cualquier ser humano con algo de conciencia. Si se examinaba con atención, vería cómo algunas arrugas se acentuaban con más orgullo que antes y lo obligaban a exhibir un aspecto que lo alejaba de aquel hombre que llegó a la presidencia atropelladamente. Si se levantaba nostálgico, la diferencia con aquel chico pícaro y alegre que pasaba las tardes jugando al balón quizá fuese mayor.
Puede que se preguntase cómo pasaría a la historia mientras tomaba el primer sorbo de café. Cada día que pasaba, el pronóstico era peor. Puso toda la carne en el asador con Cataluña y se olvidó del resto. El president, desde el exilio, le provocaba migrañas. Fue un asunto difícil de manejar, aunque con el tiempo logró cierto control. Para disimular el favoritismo hacia vascos y catalanes, su Gobierno propuso extender aquellas concesiones al resto de comunidades. Así, lo que antes era un privilegio se convertía en un derecho. Los andaluces eran quienes pedían más café. Allí la oposición se consolidaba, y aquella tierra parecía vaticinar el destino del señor presidente.
Con toda probabilidad, el jefe del Ejecutivo español se preguntaba qué había hecho tan mal para que la oposición hubiese iniciado una campaña de acoso y derribo contra él. Además, desde el propio Gobierno, las diferentes posturas lastraban la imagen de un Ejecutivo que presumía de una fuerza que nunca tuvo. Cada vez más solo y acorralado, sufrió las críticas de barones y otros miembros del partido, que denunciaban abiertamente su exceso de poder ante unos medios dispuestos a difundir con gusto cada invectiva contra quien aún ostentaba el liderazgo. A ese mismo relato se sumó Historia de una ambición, una de las biografías que lo dibujan como un arribista devorado por su obsesión por el cargo.
Aunque tal vez el mandatario también dejase escapar alguna sonrisa tímida cuando recordaba cómo sus buenas relaciones con el presidente de la Autoridad Nacional Palestina revolvieron las vísceras de toda la comunidad sionista. Dicha apuesta fue pionera dentro de las fronteras europeas e incluso acabó siendo secundada por el jefe de Estado francés tiempo después. El hecho de que su postura diera la vuelta al mundo lo hacía sentirse reconocido, quizá un pequeño alivio para su vanidad. Si pensaba en reconocimiento, con toda probabilidad le venía a la mente ese Premio Nobel para el cual algunos parlamentarios europeos lo postularon, y al que también fue propuesto el presidente norteamericano en relación con la guerra de Israel y su país vecino.
Todos esos pensamientos y quimeras turbaban al presidente español desde muy temprano, cada día. Para culminar su ensueño, concluía con un último sorbo lo que sería su primer café del día. Y es que Adolfo Suárez padecía una insaciable adicción al café. El presidente Suárez apenas comía y se alimentaba a base de cafeína, que era lo que le permitía soportar las escasas horas de sueño y su interminable agenda.
Antes de salir por la puerta para subirse al coche oficial, era probable que Suárez se mirase al espejo una vez más para comprobarse a sí mismo. Entonces su reflejo le recordaría: «qué solo estás, en medio de tanta gente; qué solo estás». Tal y como lo cantaba Hilario Camacho en 1981.
El tiempo, más que sanar, parece condenado a repetir, con nuevos protagonistas, los mismos hechos. Lo que un día fue un conflicto sin resolver hoy se disfraza de novedad, y lo que parecía superado reaparece con otro rostro. España se obceca al contemplarse en el espejo, sin advertir que su reflejo apenas varía con las décadas. Los dilemas cambian de nombre, los discursos, el tono; eso sí, la soledad del poder permanece intacta. Tal vez por eso cada generación cree abrir un nuevo camino, ignorando que pisa sobre las mismas huellas que la anterior. Quizá por eso lo que se lee hoy podría entenderse ayer, y lo que se vivió entonces podría estar ocurriendo ahora. Hay cosas que no cambian; con ironía, la historia repite lo que cada generación cree estrenar.

