La guerra civil en Sudán sigue causando estragos en un país habituado a sucesivos golpes de Estado desde su independencia
Sudán tiene amplios recursos naturales como oro, hierro o uranio entre otros. Sin embargo, el 50% de la población vive bajo el umbral de la pobreza, a lo que hay que añadir que el país tiene uno de los IDH —Índice de Desarrollo Humano— más bajos del mundo, y su moneda y economía son muy inestables debido a la guerra civil.
Ya es costumbre que los conflictos en África pasen desapercibidos para el mundo, que nadie alce la voz contra las injusticias que miles de personas sufren cada día y a ver cómo los golpes de Estado y dictaduras permanecen allí como si se hubiesen quedado ancladas en el tiempo y este no hubiera pasado, sin que nadie desde fuera intente frenar los regímenes africanos.
El conflicto de Goma, en República Democrática del Congo, no tuvo visibilidad para la comunidad internacional y se fue olvidado, y con Sudán ocurrirá lo mismo cuando, en un tiempo, no se vuelva a saber nada de lo que está sucediendo allí. Pero el caso de Sudán es todavía más sangrante que el de Goma, porque en agosto de 2023 estalló la guerra civil en el país, que ya de por sí tenía una situación económica complicada debido a que desde 2021 llevaba gobernando un militar que lideró un golpe de estado.
La guerra en Ucrania ya había copado titulares y portadas desde 2022 y de Sudán poco se habló en 2023, ya que menos de dos meses después, las noticias que llegaban desde Israel y Palestina se priorizaron junto con las de Ucrania, dejando a Sudán sin un cobertura internacional.
Para entender el conflicto en Sudán hay que identificar a sus protagonistas y por qué ahora gana atención internacional. En 2021, dos facciones militares —el ejército oficial y las milicias RSF— colaboraron para ejecutar un golpe de Estado. Tras lograrlo, las tensiones entre ambos crecieron y, ante la presión externa, los militares restituyeron al expresidente Abdalla Hamdok mediante un acuerdo.
Como la población civil consideró que Hamdok estaba traicionando al país, dimitió y el ejército asumió el control, pero los paramilitares renunciaron a formar parte del ejército, y desde entonces ambos bandos se enfrentan desde sí, afirmando cada uno que es el «gobierno legítimo de Sudán».
En el oeste del país, rico en recursos, los paramilitares controlan el territorio y han cometido atrocidades: masacres, violaciones, aldeas arrasadas, ataques a civiles que buscaban ayuda y reclutamiento forzado. El balance es devastador: más de 13.000 civiles muertos y 10 millones de desplazados.
Las similitudes de este genocidio con lo que sucede en Palestina hacen plantearse una cuestión: ¿por qué ahora que Sudán ha vuelto a ser noticia se habla de genocidio y con Palestina se ha tardado mucho?
En ambos casos hay pruebas concluyentes, pero la tardanza se debe a que, según la ONU, en Sudán ya hubo un genocidio posterior en 2003 y, ahora, Estados Unidos ha sido el primer país que ha hablado de genocidio en Sudán, además de que Naciones Unidas ha afirmado que hay menos «obstáculos» para encontrar pruebas en Sudán que en Palestina, cuando, en el segundo, la ONU ha tardado muchísimo en declararlo como tal, en parte por la presión que Estados Unidos tiene en la Asamblea General.
Además, no hay que olvidar que una gran parte de la comunidad internacional en el caso de Palestina continúa apoyando a Israel, lo que también dificulta que se tomen ciertas acciones contra aquellos que cometen el genocidio en Gaza.
En Sudán la situación parece mejorar: las RSF han aceptado un alto el fuego humanitario propuesto por EE. UU. y países árabes, y aseguran estar abiertas al diálogo. La duda ahora es si realmente permitirán la entrada de ayuda en el oeste del país o si veremos bloqueos similares a los ocurridos en Gaza.
La otra cuestión es, si de verdad, los responsables del genocidio en Sudán, cuyas atrocidades han quedado documentadas —de las cuales se vanaglorian continuamente en redes sociales mientras el resto del mundo mira sus acciones violentas e inhumanas sin hacer nada—, serán juzgados internacionalmente por los crímenes de guerra cometidos.
El caso de Sudán sirve no solo para comparar la hipocresía de la comunidad internacional con otros conflictos similares, sino también para volver a ver que África queda desprotegida y olvidada cuando hay guerras y que la búsqueda de soluciones pacíficas que permitan un gobierno estable en Sudán son olvidadas por todas las principales potencias mundiales permitiendo que, con su silencio, se perpetre una masacre étnica y nacional.


