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¿Por qué los budas están gordos?

La falta de carisma puede convertirse en el talón de Aquiles de la izquierda, necesitada de una nueva cara política

Entre meditaciones y contemplaciones profundas, el monje budista engorda. Su infinito conocimiento se le desborda del cerebro, desplazándose a su vientre, haciéndose indistinguible de su grasa. 

Existe un abismo espiritual entre un monje budista y un ignorante. La sabiduría del monje es indiscutiblemente más atractiva. También gravitatoriamente hablando.

En esta línea, si asumimos que el templo budista es un congreso, tal vez las escaleras se le hacen más empinadas al budista, algo más fatigado. Un bruto atlético le arrebataría el control del santuario. No bastaría con tener más agilidad mental. Habría que aprender a correr más rápido que él, pues la inteligencia debe de ser ejecutora, si no se enquista en terreno de nadie convirtiéndose en nutrientes sin absorber.

La filosofía budista es una forma aplastantemente inteligente de afrontar la vida. Namasté significa me inclino ante ti, aunque personifiques al diablo. Desde un amor que desarma. La vida no se trata de complacer al ignorante, sino de dormir en el lecho de la conciencia tranquila.

No obstante, cuando llevamos la ideología de la templanza a la política, la cosa cambia. La política y las apariencias son hermanos siameses, cada palabra es una campaña de marketing. También hay que seducir a los ignorantes, el voto del Dandi de Barcelona cuenta lo mismo que el del resto. De nada serviría alardear de moralidad y defensa de los derechos humanos si los cantos de sirena de cualquier gurú les ha comido los oídos a los votantes.

Esto suscita una pregunta fundamental: ¿La polarización le puede a la templanza? Rotundamente sí. Tristemente el populismo y la agitación social son superiores, y ya tienen terreno ganado. En una sociedad donde la ultraderecha se ha asentado como una opción legítima, continuar con la fórmula de «cuidado con el coco» perpetúa más pereza en el sistema. 

El monstruo ya nos ha visitado, y nos ha asustado tantas veces que nos hemos hecho asintomáticos. El chupacabras lleva corbata y maletín, y se sienta todos los días en un escaño del congreso. Le hemos dado alas, ya no hay vuelta atrás. Al menos si se sigue utilizando la baza de la templanza. A estas alturas, jugar a la moderación sería confiar demasiado en el universo, como si fueran a ser castigados por una fuerza mayor.

Las caras Juan, las caras

¿Entonces qué hacemos? ¿Asumimos la derrota y nos compramos un tricornio? ¿Resucitamos a Millán Astray y a su «muerte a la inteligencia»? Evidentemente no. Pero hay que rebozarse en su lodazal, ganarles en su juego. Si la ultraderecha triunfa por su visibilidad, el resto de partidos tendrán que competirles con carisma.

¿Cómo hacerle un cordón sanitario a Vox si a la izquierda del PSOE no hay caras reconocibles? A la izquierda de Vox ocurre lo mismo. Vox eclipsa al PP en intención de voto joven porque lo más revolucionario que se ha orquestado en el partido en los últimos 5 años ha sido el cambio de gafas a lentillas de Feijóo. Un hombre que sucedió a Pablo Casado, otra figura insípida. Competir a la ultraderecha con candidatos invisibles les coloca una alfombra roja

La sociedad digital de hoy premia a lo disruptivo, la dopamina no se alimenta de la moderación. Y Rufián lo sabe, de ahí su propuesta de candidatura plurinacional de izquierdas. Dejando su ideología al margen, es un jugón, sabe comunicar, se moja con humor, transmite cercanía y se deja querer en redes. Es el fan service hecho político. Un perfil sobrado de carisma para encarnar la oposición a Vox

Si bien sus inquietudes independentistas probablemente le corten las alas, este es claramente el camino a seguir para quiens quieran frenar a Vox. El del personalismo político, ya inaugurado por Trump hace tiempo. 

El candidato es más que el partido. Que se lo digan al PSOE, su identidad está ligada a la de Pedro Sánchez, para bien y para mal. Como quien vende camisetas de Messi y Cristiano, cualquier proyecto político necesita una cara visible que ilumine sobre todo, como el sol de los Teletubbies.

Cucharada con «avioncito»

No nos engañemos, la desafección política es una realidad. La gente no se desvive por informarse de los programas electorales ni por ver los debates presidenciales, a no ser que sea en pantalla partida con un gameplay del Subway Surfers vía TikTok. 

Es triste pero es así. En este mundo de inmediatez la sociedad ya no quiere masticar la democracia, la quiere simplificada y en papilla. Quien quiera hacerse con el Falcon, antes tendrá que hacerle el «avioncito» a los votantes.

La izquierda peca de perderse en su idealismo, en contemplaciones retóricas revestidas en túnicas de monje budista. Tiene su punto romántico, pero necesitan exportarse en archivo ZIP. Si no simplifica su política, mostrando verdadero músculo, unión y una cara reconocible el templo se lo queda el bruto.

En definitiva, que su retórica sea una fuente de unión y no aislamiento, o como diría un budista: Cinta de Shiva.

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