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Una pequeña (pero necesaria) oda al Feve

Feve, el ferrocaril asturiano, ejemplifica la resistencia de lo humano e imperfecto ante la voracidad del progreso tecnológico

Mi aldea, Los Cabos, tiene poco más de doscientos habitantes. Como adolescente inquieta y veinteañera sin carnet de conducir, por fuerza aprendí lo que es el Feve, o el Ferrocarril de Vía Estrecha.

El nombre Feve se acuñó en 1965, tras reunir líneas heterogéneas de diversas comunidades bajo un mismo organismo y estatuto. Sería en los noventa cuando tomarían forma los trayectos que perduran hasta hoy. Las que conforman el Feve, como el calimocho o la buena fiesta de prao, las conocemos bien los del norte.

En el Principado se concentra la mayor cantidad de núcleos, contando con seis líneas. Y no soy ajena a ellas, pues a menudo transito los 50km de la costa asturiana que separan Los Cabos y Gijón. Sin embargo, en 2023, Nacho Vereda pronosticaba su defunción en El País, bajo el titular Feve Asturias: una historia en vía muerta. El periodista acierta en identificar sus carencias y la evidente falta de inversión. Ahora bien, se lee entre líneas una voz periodística que cuenta con la carencia de no haber transitado transitado largas horas sobre estos vagones.

Silicon Valley cultivó la mentalidad neoliberal del siglo XXI: «muévete rápido, rompe cosas». El lema, según testigos, se colocó sobre la pared de las primeras oficinas de Facebook. A su vez, esta arrolladora ambición se extendió al mundo entero a través de películas, libros, mitos y leyendas. La generación millenial alzó a tipos como Steve Jobs a la categoría de mesías o gurú, siguiendo sus pasos hacia un futuro definido por el progreso tecnológico, la eficiencia y la modernidad. Sin embargo, llegada la adultez de la Generación Z, este optimismo e ilusión se ponen en duda.

Un estudio de Gallup subrayó la aprensión de la Generación Z ante su adopción de la IA. En concreto, su entusiasmo ha caído del 36% al 22% desde 2025, y el 48% de los 1.572 encuestados considera que los riesgos laborales superan a los beneficios. Sam Altman, —quien se podría considerar como el Steve Jobs actual— también ha modificado su táctica, dando un evidente paso al era de escepticismo tecnológico, frente al optimismo millenial.

Presentando GPT-4 en el podcast The Joe Rogan Experience, el CEO lo dijo textualmente: «Creo que va a ser algo fantástico, pero no creo que todo vaya a ser fantástico. Creo que ahí es donde radica toda la complejidad para la gente. No es una historia tan sencilla como ‘vamos a lanzar esto y todo va a salir genial’».

El oscuro futuro que muchos pronostican, y que a menudo parece inevitable, me aturde desde mi viejo, pero cómodo, asiento de Feve. En este tren que ni va rápido, ni rompe cosas. Donde el mundo parece respirar, aunque sea solo un momento, y se encuentran reliquias de tiempos atrás. Es así que, recientemente, me di cuenta de que, sobre el ferrocarril asturiano, observo una alternativa a la agresividad de Silicon Valley.

Este verano conocí a Aroa, la sonriente interventora. Sobre su mochila cuelga un bag charm con el icónico logo de la compañía ferroviaria. Más de una vez escuché sus preguntas a viajeros recurrentes sobre su espalda, sus hijos o la cita en el médico. Y escuché cómo agradecían, sin rodeos, la bondad de esta chica que ya es parte de su rutina.

El propio trayecto se ha convertido en tiempo que dedico a la lectura, la reflexión y el descanso. Con ello, al son del rítmico ronroneo y el lento avance de estas locomotoras, me siento paradójicamente con los pies en la tierra, y más humana que nunca.

Desde la introducción de los abonos de transporte, se han revitalizado estas líneas, en las que ahora muchos viajamos a diario. Rodeada de otros viajeros, me gusta pensar que juntos emprendemos una silenciosa rebelión: elegir el Feve es elegir lo ineficiente.

Elegimos lo imperfecto, frente al evangelio tecnológico de Altman y sus compañeros. Incluso siento optimismo, viviendo en un tiempo donde dicha emoción se ha convertido algo ajeno —y precioso—.

Por ello, le dedico esta oda al Feve, a modo de reivindicación y agradecimiento. Y a modo de petición, para que este y otros resquicios de nuestra humanidad se mantengan, aprecien y preserven en estos tiempos a menudo —cada vez más— «artificiales».

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