Un recordatorio acerca de la importancia de escuchar a quienes todavía tienen mucho que contar
La mesa está recogida, pero nadie se levanta todavía. Hay costumbres que ojalá no se perdieran nunca. Aún queda un poco de café en los vasos y el abuelo vuelve a contar una historia de hace muchos años. Algunos desvían su atención como quien conoce lo que va a escuchar. Otros, en cambio, escuchan , pero a medias. Tal vez porque creemos que esto siempre va a estar ahí, o porque nos sentimos conocedores de todo.
Últimamente, el pasado parece estar más presente que nunca, concretamente la situación que vivieron nuestros abuelos, una guerra civil a la que sucedió una dictadura. Los medios se llenan de tertulias hablando de historia y, las calles, de personas evocando a un tiempo pasado. Hay quien lo viste con las telas de la nostalgia.
Hablamos de lo que ocurrió y de lo que significó a la vez que intentamos comprender cómo fue la vida antes. Pero en medio de todas estas conversaciones, olvidamos que no solo tenemos que leer libros y escuchar el telediario para comprender, porque a veces la historia está sentada al lado.
Está en la historia que te cuenta tu abuelo cada domingo, en la mentalidad con la que creció, en la educación con la que se educaron tus padres. Está en cada uno de ellos, porque su vida ha sido marcado por otra época, por su época. Y a veces solo hace falta que, cuando todos tengamos algo que decir, elijamos escuchar. Tal vez así nos daríamos cuenta de que estamos escuchando las voces que ya fueron reprimidas una vez.
Y no se confunda esto con hacer de una historia la norma, sino de conocer de primera mano lo que se vivió en España. De poder contextualizar y ser críticos con la historia de nuestro país y, sobre todo, de aprender de ella.
Santayana escribió: «Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo». Y conocer a través de quien ha sido testigo de la historia nos ofrece una visión humana imprescindible. Porque a lo mejor ya no se trata solo de conocer los hechos, sino de acercarnos a quienes lo vivieron.
Por eso, la próxima vez que la sobremesa se alargue mientras el café se enfría —y el abuelo empieza a contar alguna de sus vivencias— quizá merezca la pena quedarse un rato más. Y, de la misma manera, dar voz a quien no siempre la ha tenido.


