Tras escuchar el último disco que ha sacado Amaia, no dejo de pensar y pensar
Hay una escena que habita en mi cabeza desde hace un tiempo: dos tazas de café en la misma mesa, la espuma manchada en los labios, el azúcar en el fondo del vaso y el sol acariciando la piel cubierta en pijama. De fondo suenan canciones aleatorias sobre amor de Taylor Swift o Extremoduro que nadie está escuchando. Probablemente sea lunes, o bueno, quizás ya sea jueves, y ambos llegan tarde a clase. Pero no pasa nada, porque en el fondo, han llegado a tiempo de encontrar lo que buscaban.
Tras un par de chistes malos debaten entre risas si los bordes de la pizza se comen o se dejan y cada uno coge una línea de metro para ir a su facultad. Ninguno de los dos lo sabe, pero, de camino a clase, el uno no deja de pensar en el otro. Uno se acuerda de la película que vieron anoche, del olor que se ha quedado en la almohada y de la peca en su mejilla izquierda. El otro, que tarda más en llegar a la universidad, piensa a dónde llevarle a cenar la próxima vez, qué regalarle por su cumpleaños y qué canciones añadir a su playlist de amor.
No, ninguno de los dos lo sabe, pero están viviendo las historias que contarán a sus nietos al ser ancianos cuando les pregunten por el amor, la juventud y las mejores noches de sus vidas. Porque el amor es eso, ¿verdad? No ser consciente de lo que estás viviendo hasta que se acaba. Tampoco saben que no van a tener los mismos nietos, de hecho, no van a acabar juntos, ni siquiera llegarán a su segundo aniversario.
Uno de ellos se irá de Erasmus y conocerá a ‘alguien más’. El otro, antes incluso de eso y de las infidelidades, se dará cuenta que ‘no está preparado para seguir con esto’ y que ‘necesita pensarse mejor’ qué hacer con la relación. Pese a eso, nunca van a olvidarse. Claro, van a superarse, y casarse con otra gente, y tener hijos. Vivirán todo aquello que un día soñaron, pero, en vez de vivirlo juntos, estarán cada uno en una punta del país. Ninguno de los dos lo sabe, pero las únicas promesas que recordarán serán las que no van a cumplir.

Es raro. A veces pienso que no somos mucho más que eso: las cosas que hacemos cuando olvidamos lo rápido que pasa la vida. Lo que sentimos, lo que nos emociona, lo que prometemos. Porque nunca somos tan felices como cuando no pensamos en serlo. Y da miedo el mirar atrás y, casi borracho de nostalgia, empezar a preguntarte: ¿es el verdadero amor lo que ocurre sin darnos cuenta?
Amaia dice que tiene un pensamiento. Que no la deja sola. Y digo yo que ojalá tener sólo uno. Cuando me gusta alguien pasan por mi cabeza mil preguntas sin respuesta y me vuelvo literalmente loco. Paso el día entero analizando si el tono de voz al decirme ‘hola’ fue distinto al de ayer, o si se le notó en el suspiro del ‘adiós’ si realmente me está echando de menos. También stalkeo sus redes sociales intentando conocerle un poco más (si está en Internet es para que cualquiera lo vea, ¿no?) mientras intento no mostrar demasiada intensidad ni apego. ‘No quiero dártelo todo, y así te sigan sobrando las ganas‘.
Es curioso cómo el amor se convierte en un lío mental tan grande, como si uno estuviera calculando estratégicamente qué movimientos hacer de la manera más maquiavélica posible (‘Cause I’m a mastermind‘). ¿Será esto lo que pasa cuando de verdad tienes miedo de querer a alguien? Te atemoriza enseñar quién eres realmente por si no es suficiente o, en caso de los intensos, por si es demasiado.
Tener un pensamiento no es más que un intento torpe de esconder lo que realmente somos. Me ha costado mucho trabajo, pero al final he logrado entender que lo más bonito de esto no es lo que controlamos, sino lo que dejamos ir. Esas pequeñas partes de nosotros que cedemos, que damos sin miedo, que compartimos, sabiendo que pueden no durar, pero que, por un rato, merece la pena enseñar. Yo, al menos, me quiero ver interesante y misterioso, pero la verdad es que no soy más que un bigote despeinado que ha visto Before Sunrise 15 veces, que no sabe fumar o que sigue tomando un vaso de leche con Tosta Rica antes de dormir. Escuchamos pero no juzgamos.

Gracias a su nuevo disco me he dado cuenta que Amaia y yo tenemos un par de cosas en común. La primera, ser modernas y alternativas. La segunda, que los dos tenemos un pensamiento: el miedo de querer pasar toda la vida con alguien. Pero tal pánico desaparecerá el día en el que entendamos que el amor es eso. Enseñar a alguien todo aquello que crees que provocaría su marcha. Y que aún así se quede. Películas favoritas, stalkeos en Instagram. Canciones de Taylor Swift o ex parejas de Erasmus.
Tener un pensamiento significa compartirlo con quien estés enamorado. Y querer hasta gritarlo. Le damos tantas, tantas vueltas cuando en el fondo el amor sólo son los momentos en los que no piensas nada. Un café con espuma en los labios, canciones románticas de fondo, debatir sobre los bordes de la pizza. Y aunque la relación no dure para toda la vida, al menos sí hay algo que tendremos para siempre: el pensamiento… que no nos deja solos.


