Una entrevista a Carmen Ferrero, dirigente de la Asociación de Amas de Casa de Getafe y exconcejala de Educación de la localidad
“Si no hay sillas, nos sentaremos en el suelo”: una frase tan simple, un acto tan sencillo a veces, es el comienzo de una gran revolución. Carmen Ferrero y sus compañeras no estaban dispuestas a faltar a aquel pleno; bueno, a cualquier pleno que se celebrara en realidad, porque era su deber como ciudadanas. Así que, no hay problema, el suelo es igual de cómodo que cualquier asiento cuando es la vida la que está en juego. La vida de los hijos, la propia; la vida en la ciudad de suelos insalubres, falta de centros sanitarios o guarderías. La calidad de la vida se lucha porque es inherente al ser humano y a la mujer. Así lo comprendía su asociación en el tardofranquismo, y así lo sigue comprendiendo Carmen que, mientras baja la cremallera de su cazadora beige, deja entrever el mensaje de su camiseta: “Palestina Libre”.
Educar a la sociedad
“Una vez que empiezas el… no sé si llamarlo activismo; pero una vez que descubres el mundo de la injusticia y cómo socialmente hay que luchar contra ella, no puedes parar”. Carmen Ferrero (Zamora, 1944) tiene 81 años, pero lleva toda una vida batallando, y como bien dice, todavía le queda mucha energía. Con tan solo 14 entró a formar parte de la Juventud Obrera Católica Femenina; con 18, fue liberada elegida por la Comisión Nacional; y, entre otras hazañas, fue una de las fundadoras de la Asociación de Amas de Casa de Getafe, grupo nacido a mediados de los años 60 dentro del marco legal franquista pero que, sin embargo, traspasó las fronteras de lo establecido en el papel. Todo lo narra con entereza, pero sobre todo, con humildad: pareciera que su labor no hubiera tenido casi relevancia… Al final, ¿quién no hubiera hecho lo mismo en su lugar?
Algunos logros
Sus palmas, cogidas una con la otra, y su memoria, intacta, recuerda cada fecha, cada año y cada palabra importante que debe ser dicha. Tiene una mirada afable y sincera y su manera de explicar delata que ha sido profesora. Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación –a las que accedió con más de 25 años–, fue una de las dirigentes de la primera guardería de Getafe en 1970: “Luego, en el año 79, tras las primeras elecciones democráticas […] la convertimos en una escuela infantil, con maestras especialistas. Fue la primera escuela infantil aquí”. La docencia, su pasión durante 30 años, fue combinada con lo que ella se resiste a llamar activismo, y entiende más como una “pulsión vital”. De hecho, en ese mismo año fue elegida como concejala de Educación en Getafe por el PSOE; y, en el 87, diputada en la Asamblea de Madrid, también en Educación.

Pedir lo más básico
Cuando habla de su pasado, se emociona: recuerda a esa niña de 11 años que fue y que se pinchaba los dedos con los alfileres intentando ser modista. Desde muy joven fue consciente de su clase y de las injusticias que las mujeres sufrían en la dictadura; y lo mismo le sucedió cuando, en el 65, se mudó a Madrid, recién casada y con su primer hijo. Donde hoy se pueden ver edificios, bares y estudiantes entrando y saliendo de la universidad, antes no había servicios, ni guarderías, ni un centro sanitario. Ella, como otras jóvenes, cayeron en la cuenta de que aquella situación no podía continuar así: era con la acción con la que conseguirían resultados y derechos para la mujer. “La única forma de conseguir los derechos es peleándolos. El dictador murió en la cama, pero la democracia se conquistó en la calle”, comenta con energía.
Una pequeña anécdota
En ese deseo de dotar de infraestructuras básicas a la ciudad, Carmen se convirtió en una celebridad, sin ni siquiera desearlo. Recuerda, con una gran sonrisa aquella aparición de las Amas de Casa en el programa de José María Iñigo en TVE, donde ella reclamaba con ímpetu la presencia de inspectores en los mercados que controlaran las ventas: “Se nos ponía un papel muy gordo. Para 100 gramos de jamón te podían poner 20 de papel, así que pagabas el doble. Entonces empezamos a hacer campañas en los mercados”. Una reclamación tan simple y que, sin embargo, consiguió que luego por la calle la reconocieran, preguntaran con curiosidad, y un cierto respeto: “Carmen, ¿dónde están los inspectores?”. Aquello a lo que ella se refiere como una anécdota supuso, sin embargo, el dar voz a otras mujeres que no podían canalizar sus problemas más cotidianos.
Feminismo incipiente
“Empezábamos a hablar de feminismo y de que las mujeres no podíamos depender para todo de los maridos […], que teníamos derecho al divorcio, al aborto”. Parecen pasar por sus ojos todos los recuerdos de las reuniones, pero también las dificultades y los retos de crear una asociación como aquella, que de hecho, les suspendieron alguna vez, por realizar “acciones subversivas”, como las denominaba el Régimen. Carmen no pronuncia el nombre de aquel al que se dirige como “el dictador”; y es consciente de que, sin conocer su significado, ellas ya practicaban la democracia que pedían: “Teníamos una capacidad de organización emocional, éramos muy solidarias: cuando una tenía un problema o se quedaba sin trabajo o su marido estaba en la cárcel, nos volcábamos en apoyar”. Crearon lazos y redes de interdependencia que no verbalizaban, pero que desempeñaban sin dudar.
Pregunta: Y todo esto de las reuniones… ¿Cómo se lo tomaban los maridos?
Respuesta: Pues a ver, había maridos que apoyaban incondicionalmente, como el mío: nos repartíamos los papeles. Cuando yo estaba ocupada se quedaba con los niños y viceversa. Pero otros no lo aceptaban. Entonces, la lucha de las mujeres era doble: en la sociedad y en casa.

La mujer en España
Cuando le pregunto a Carmen sobre el panorama del feminismo en la actualidad, reconoce con un pequeño brillo en los ojos, que hemos avanzado mucho, pero que todavía queda por caminar. Señala, con pena, que el paternalismo ha sido uno de los errores de la historia del feminismo en nuestro país, pensar que se le han otorgado derechos a la mujer porque así, podía contentarse. Como al niño que berrea y se le da el chupete para que calle. “Es fundamental que se entienda que el avance de la mujer en sus derechos beneficia al hombre. Somos la mitad de la población, o más de la mitad, y no podemos tener menos derechos que la otra. Somos seres humanos, somos personas”. Carmen ha vivido toda la vida luchando, atendiendo a la falta y es clara cuando enuncia sus argumentos; no busca florituras, solo la verdad.
Una vida luchando
“Nos expulsaron alguna vez de los plenos, pero seguíamos yendo. A veces, acudíamos con los críos y con globos… Si nos tomaban el pelo, los hacíamos explotar. Si eran públicos, ¡no nos iríamos de allí”. Esto se convertía en pequeñas gamberradas: salir corriendo de la “político-social”, vigilar las salidas de los mercados para poder huir… Carmen, que fue directora de las Amas de Casa de Getafe, encuentra aquí la semilla de su militancia y la de otras muchas, que como ella, acabaron en otros movimientos, partidos políticos y sindicatos… Y cree que ese es el legado real de asociaciones como la suya: inyectar el deseo de que las cosas cambien; de que la esperanza está permitida; de que, realmente, se puede construir un mundo mejor. “Ahora estoy en una asociación por los derechos de las personas mayores. La acción ha sido una constante en mi vida”.
En la clandestinidad, lo cotidiano era lo político. El día a día era el aliciente, el lugar desde el que iniciar la guerra. Es imposible cerrar los ojos a la injusticia, como bien repite a lo largo de la entrevista; es imposible no reclamar el derecho a una vida digna para todos y en cualquier lugar. Carmen, ahora, se abrocha de nuevo su cazadora, agradece la charla, emocionada; que se quiera seguir conociendo lo que se vivió. Camina entrañable, con un pasado gigante tras de sí y un presente que sigue construyendo con sus ganas incansables de clamar la voz y educar a la sociedad. Nadie pensaría, si la viera, quizá, que ella fue una de las piezas del engranaje que dio forma a la España en la que hoy vivimos. Carmen Ferrero, entonces, se atrevió a dar un paso más; pero en el fondo, nunca ha dejado de caminar.

