‘Las niñas de cristal’, la sobriedad de un espectáculo ya visto

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Imagen con el título de la película | Fuente: FilmAffinity

La perfección puede ser mortal

El pasado 8 de abril Netflix nos traía esta cinta dirigida por Jota Linares (Días mejores, Animales sin collar). Una historia de obsesión, resentimiento, pérdida, resignación y locura.

La locura y el arte siempre se han considerado estrechamente relacionados. Platón entendía la locura como el mecanismo necesario para la creación divina. Durante siglos se han atribuido y estudiado las personalidades de grandes artistas como Mary Shelley, Sylvia Plath, Virginia Woolf, Edgar Allan Poe, Leonardo DaVinci… A todos se les ha atribuido y dicho que padecían una o más enfermedades mentales. Escribían o pintaban para escapar de esa realidad, de un sufrimiento que meros mortales no podían entender o carecían de la capacidad necesaria para usar esa vía de escape. O, ¿podría ser que podían hacer milagros artísticos a pesar de lo que sufrían? Sea como fuere, para crear arte hay que extirpar sentimientos y plasmarlos en lo que se convertirá en la inmortalidad del artista. Un proceso catártico y doloroso que puede ser obsesivamente peligroso.

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Muchas obras, y actualmente películas y series han tratado este tema. Pero, en el tema de hoy, nos interesa un campo en especial: el ballet. La delicadeza de un baile que convierte los movimientos en palabras e historias de amor, traición, dolor y muerte. Dónde lo esencial es hacer que lo extremadamente complicado sea tan sencillo como ver una pluma ser llevada por el viento. Ligero y poderoso. Transmitir todo esto no es fácil. Llegar a esa perfección es un privilegio que pocos pueden hacer. Así, tenemos producciones como Cisne negro (Daren Aronofsky, 2010), Delicadas y crueles (Michael MacLennan) o Birds of Paradise (Sarah Adina Smith, 2021). Series y películas que se adentran el mundo competitivo del ballet llevado a su máxima oscuridad relatando traiciones, asesinatos, mentiras y secretos. En la misma línea se encuentra Las niñas de cristal.

María Pedraza y Mona Martínez como sus personajes en una escena de la película | Fuente: FilmAffinity

Un baile despiadado y comedido

La historia comienza cuando tras una tragedia, Irene (María Pedraza, Élite, El verano que vivimos) se convierte en la estrella principal de la compañía de danza más importante de este país. A la vez, una nueva bailarina entra en la academia, Aurora (Paula Losada en su papel debut). Estrechando una amistad, las dos chicas intentarán estar a la altura de lo que se espera de ellas en un ambiente tenso, lleno de celos, desesperación, dolor y miedo, donde la desconfianza es un arma de doble filo.

La cinta se nutre de las mencionadas anteriormente y las características típicas del género. Las coge, las posiciona, les da vida y se forma una cinta tan entretenida como intrigante, pero que no aporta nada nuevo. Nunca llega a despegar del todo y eso implica que los impactos que nos quiere dar con algunas escenas se queden a medio gas.

Dividida en dos actos, el primero es el que se puede hacer algo más tedioso, por la lentitud en ocasiones, necesaria, de la trama. Sin embargo, es en el segundo acto donde la película, aunque no brille del todo, resplandece. La recta final es una carrera lenta, pero sin pausa, que engloba los elementos de la película en una sucesión de escenas que nos llevan a un clímax, quizás previsible, pero que pone la guinda en una película que funciona.

María Pedraza y Paula Losada como sus personajes en una escena de la película | Fuente: FilmAffinity

El poder de una buena actuación

Una historia no es nada sin sus personajes. En esta ocasión, nos encontramos personajes arquetípicos del género y algunos originales, pero todos con una profundidad en mayor o menor medida. Aunque las dos protagonistas están bastante bien, Paula Losada se merece una mención memorable en su primer papel. Consigue capturar la esencia del personaje, además de contar mucho con sus miradas, un pasado que solo podemos ver en pantalla a través de sus ojos.

Sin embargo, si hay actrices que destacan son las tres mujeres más adultas de la película. Norma (Mona Martínez, Deudas, Antidisturbios), dueña de la compañía de danza, Ana Wagener (Contratiempo, La voz dormida) y Pilar (Marta Hazas, Velvet, Pequeñas coincidencias), madres de Irene y Aurora respectivamente. Modelos a seguir, espejos rotos en los que ver un futuro aún por descubrir, fuente de expectativas y presión que complacer, cariño y amor, sobre todo en las figura materna de Irene. Todo ello es representado por estas tres actrices que, sobre todo Marta Hazas, consiguen exprimir el rato en pantalla que tienen. Dejan un buen sabor de boca en una película que, aunque se mantiene en pie, cojea de vez en cuando.

No arriesga en contadas ocasiones. Deja la puerta abierta a interpretaciones que en la época en la que estamos, deberían estar más que evidentes en la cinta. La historia, cuando sí arriesga, no deja de ser un patrón. Es algo ya visto que conforma una cinta con una fórmula que no decepciona, pero que no queda en la memoria salvo, quizás, por ese detalle del final.

María Hazas como Pilar en una escena de la película | Fuente: FilmAffinity

La importancia de lo minímo

Sin embargo, no es una película que no merezca la pena. Es amena. Trata temas sobre la presión, la necesidad de contentar, de estar a la altura de lo que se espera, de luchar por lo que queremos, de no dejar de rendirse por la decepción aparente en los que nos rodean, del peligro de imponer los sueños a los hijos… Aunque muy por encima, son temas importantes a tratar y, a su manera, la película hace lo que puede sin desviarse del tema principal: la obsesiva locura del arte.

Así, sin sobresalir, pero con buen ritmo y una transición de escenas a veces sacadas del Power Point Premium que contrastan con la calidad visual de Netflix, Las niñas de cristal es una película atrayente y amena con una historia ya manida, pero bien tratada.

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