Otaberra es una novela. Pero Otaberra también es el lugar donde una vida se pierde y otra cambia
Se trata de un lugar donde el tiempo empieza a correr de manera distinta. Donde el presente se corrompe y el pasado y el futuro se desdibujan, dándose la mano. Otaberra evoca una pérdida, una incapacidad de remontar debido a esa pérdida, una narración coral que oculta a la protagonista y narradora única; un juego de capas que escudan y protegen la vulnerabilidad de quien sufre y no puede avanzar, porque el tiempo deja de existir.
El pasado 15 de noviembre pudimos hablar con su autora, Elisa Victoria (1985) en la presentación que tuvo lugar en Valladolid, en la librería Oletvm. Se trata de la tercera novela que publica con Blackie Books. Está precedida por Vozdevieja (2019), y El evangelio (2021); ambas publicadas por dicha editorial. También ha publicado los libros El quicio (Bruguera, 2021), Porn & Pains (Esto no es Berlín, 2013) y La sombra de los pinos (Esto no es Berlín, 2018).
«La escritura me subsana un poco ese problema mientras estoy escribiendo, y quería aplicárselo a un personaje y que sanáramos las dos»
Pregunta: ¿A qué obedece la creación de este libro?
Respuesta: Yo creo que estaba con El evangelio, y tenía la idea de trabajar con algo que fuese un poco oscuro y terrorífico. El comportamiento del tiempo siempre me había inquietado mucho, y en El evangelio ya hay algunos fragmentos en los que el personaje se comunica un poco con una posible sí misma del futuro, creo que ahí se puede ver dónde se plasmó por primera vez la idea. De esos primeros ensayos, de haber escrito esos fragmentos y haber tomado esas notas mientras escribía El evangelio acabó saliendo todo este tema del tiempo.
P: Responderá a un trauma, pero, ¿esa despersonalización de Renata a la hora de escribir a qué obedece? ¿Cómo surge de ti a la hora de escribirlo y por qué dirías que a Renata le ocurre?
R: Renata, en principio, está con esta cosa de la primera persona que creo que responde a la disociación más pura, porque para mí escribir en primera persona tiene un sentido muy curativo, yo tengo muy mala conexión con el presente, creo que es algo que como sociedad nos afecta mucho. Esto de «ah, se me escapa el momento»… Estás hablando con gente y pones el piloto automático, lo ves desde fuera, a destiempo, se te ocurren las cosas oportunas para decir y ya ha pasado la oportunidad… Se está hablando mucho de la disociación en los últimos años, pero yo creo que es algo que occidentalmente nos afecta un montón, quizá por esa disociación cuerpo-mente que hace que estemos siempre en un plano muy mental y se nos va lo que ocurre en el momento, en vivo. A mí la escritura me subsana un poco ese problema mientras estoy escribiendo, y quería aplicárselo a un personaje y que sanáramos las dos. Que ella tuviera una historia completamente diferente a la mía pero mostrar el fenómeno a través de esa ficción. Y también hacer un homenaje a las posibilidades de la escritura en cuanto a transmitir cosas y a la posibilidad de lo que le provoca en la mente a quien escribe.
«De esa mala relación con el tiempo sí que hay mío»
P: ¿Dirías que hay algo de ti en Renata? Si es así, ¿cuánto?
R: ¿Del sentimiento existencial? Sí, hay bastante de ese desconectarse del presente, y de esa mala relación con el tiempo sí que hay mío. De la historia no hay nada. Puede haber una proyección mía, en el sentido de imaginar una vida paralela, porque a mí siempre me interesó mucho la ciencia, pero no recorrí ese camino. Hubo un tiempo en el que yo me imaginaba estudiando medicina, bioquímica, física… estas ramas que tienen que ver con la vida, pero me fui por las humanidades. Siempre me quedó esa duda y eso se relaciona con la posibilidad de que todo se esté relacionando a la vez. Que otro yo esté viviendo otra historia. No creo que su historia tenga nada que ver conmigo, pero quizá soy otro yo en otra perspectiva.
P: Hay una pregunta que me interesa especialmente, ¿consideras los pueblos o crecer en uno, saliéndose un poco de la norma, una condena?
R: Creo que en general no tiene por qué, pero puede ser que si en el pueblo hay un ambiente opresivo, por ser un entorno más pequeño y cerrado se intensifique. He visto a día de hoy pueblos muy abiertos, pero quizá ha habido épocas donde las comunidades alternativas, por llamarlo de alguna forma, en las ciudades podían encontrar sus nichos y en los pueblos era más difícil. O en los pueblos se podían aplicar las normas sociales de una forma más rígida. Puede pasar en un barrio, en un colegio, pero quizá, al ser el pueblo más cerrado, se condense un poco más el ambiente que haya.
«Quise no subestimar al público, lo ha recibido con cariño»
P: ¿Consideras que el convertir un libro en una aventura puede salir mal?
R: Claro, puede salir mal, y me preocupaba mucho que saliera mal, porque era una apuesta fuerte. Quería que la gente lo pasara bien, que hubiera una experiencia de descubrimiento, de encajar piezas, de completar el puzzle, pero tenía muchas dudas sobre cómo sería recibido. Lo quería hacer porque le había puesto mucho cariño, Jorge y Joaquín lo veían claro, pero tenía muchas dudas sobre cómo sería recibido. Quise no subestimar al público, lo ha recibido con cariño y me estoy encontrando unas reseñas super detallistas, muy bonitas. Si hay alguna interpretación en la que se ha escapado algún hilo, o en la que se haya rellenado con algo que yo no había pensado me parece siempre bien. El caso es que se haya disfrutado como sea, que lo importante no sea el haberlo entendido perfecto. La respuesta ha sido buena, pero sí que tenía mis dudas. Sí que puede salir mal, pero la gente se ha portado muy bien conmigo.
«Eduardo Benavente es el sueño. […] que haya gente como él me alegra el día»
P: Has mencionado a Eduardo Benavente como referente e inspiración para el libro. Si tuvieras la posibilidad de hablar con él ¿qué le dirías?
R: Le diría que es adorable [risas]. Eduardo Benavente es el sueño. Para mí, tener una cola de firmas y que haya gente como él me alegra el día. Me encanta. Joven, rompedor, valiente, arriesgado, actitud, y haciendo camino siempre para los que vienen después. Lo adoro, tengo debilidad.
Otaberra, de Elisa Victoria

La novela es un ejemplo de la importancia de los recuerdos, de cómo estos pueden llenarte la cabeza como si fuera de serrín, dejándola completamente inutilizable, sin sitio para nada más. A través de las páginas de Otaberra, somos testigos de cómo el tiempo puede convertirse en algo muy relativo, que deja de fluir de manera lineal, y cómo el pasado puede convertirse en una mochila con la que podemos llegar a cargar durante el resto de nuestra vida.
Así, vemos cómo la protagonista se enfrenta al presente con la lejanía más absoluta, casi automática, causada por un pasado que vive latente en su cabeza, más vivo que el presente o el futuro, donde no hay espacio para nada más.
Con un estilo narrativo sublime —a la par que un tanto arriesgado, en palabras de la propia autora— Elisa Victoria nos ofrece una historia digna de leer, donde el lector ha de tomar sus propias decisiones para encajar todas las piezas, un puzzle narrativo donde la inocencia (representada por la ingenuidad y la incertidumbre que conlleva la adolescencia) y la oscuridad se dan la mano, dando como resultado un mundo cuya importancia reside en el pasado.


