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Lo increíblemente real de ‘Vida en pausa’: el síndrome de resignación

Vida en pausa (2024) carga contra la burocracia a la vez que desvela un terrible síndrome

La vida está repleta de episodios y experiencias que parecen inspirados en una obra de ficción. Ya sea por su dureza o por la incredulidad que genera. Ya sea porque refleja algo inhumanamente real o algo de lo que la sociedad no quiere ser consciente.

El trato aséptico de un empleado público que parece que tiene interés en arrebatarte a tus hijas. O el mero hecho de que otros funcionarios rechacen tu solicitud de asilo tras haber escuchado cómo el Estado de tu nación moviliza sus recursos para silenciarte. Pero, sin duda alguna, lo que se lleva la palma es el síndrome de resignación. ¿Cómo pueden unos padres crear un entorno seguro para sus hijos cuando la amenaza de la deportación sobrevuela sus cabezas? El director Alexandros Avranas recoge todo esto en el filme Vida en pausa (2024) y lo reproduce en una narración sobria e incómoda.

La sinopsis de Vida en pausa

La película Vida en pausa, de nombre original Quiet life, arranca con una presentación de los personajes con cuatro pinceladas. Una pulcra y blanca casa con un mapa geográfico que solo muestra a los países nórdicos. La familia Gallitzin se va colocando uno a uno ante el espectador y mira a la cámara, que sirve de testigo. Realmente Serguéi, Natalia, Alina y Katia no están rompiendo la cuarta pared, sino que están esperando la visita de unos funcionarios.

Y es que los Gallitzin son unos refugiados rusos que se encuentran en medio del limbo burocrático de la solicitud de asilo en Suecia. Serguéi (Grigoriy Dobrygin) había sido brutalmente agredido por unos agentes rusos, por lo que él y su mujer Natalia (Chulpan Khamatova) deciden huir del país con sus hijas. La solicitud de asilo es rechazada, y la hija menor (Miroslava Pashutina) cae en un coma. Posteriormente, se conoce el motivo: el síndrome de resignación.

Serguéi y Natalia se verán envueltos en un dilema moral que atraviesa su condición de padres, pero también de refugiados. Una película con una fuerte carga política, que parece que comienza señalando al autoritarismo ruso, pero que realmente apunta a la gestión occidental de la crisis de refugiados.

Una burocracia aséptica

Alexandros Avranas construye una Suecia estéril e impersonal, perfectamente compuesta y simétrica; en una atmósfera que él define como ‘kafkiana’. Una paleta cromática con colores beiges, grises y azules apagados, iluminados por una pulcra luz blanca. Apenas hay música en la película, lo único que puede escuchar el espectador son sonidos diegéticos, como el coro o la televisión, además del ruido ambiente de la angustia. La cámara asume el rol de testigo, que desde fuera vigila a la familia Gallitzin con infinidad de planos fijos.

Esa sensación de control y vigilancia ya se vislumbra al inicio de Vida en pausa, cuando los empleados públicos observan la vivienda que el Estado ha proporcionado a la familia. En una dinámica en la que el vigilado vigila a sus vigilantes, se atisban detalles como puertas del hogar que solo los funcionarios pueden abrir. Una casa fría, ordenada y limpia, siempre bajo el sello de Migrationsverket (la Dirección General de Migraciones de Suecia). En definitiva, una casa que realmente no es la suya. Un hogar asfixiante e incómodo para vivir, que Avranas acentúa con planos a la altura del pecho que dejan sin respiro a Serguéi.

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Fotograma de ‘Vida en pausa’ (2024) | Fuente: IMDb

Se trata de una personificación seria y aséptica del servicio público sueco. Se aprecia en la forma de devolver la taza por parte de los funcionarios a Natalia Gallitzin, mientras que con una sonrisa escrutan su nuevo hogar. O cuando se les informa de que no tendrán el permiso de asilo, la empleada pública encargada apenas les mira a los ojos. O el trato que reciben por parte del personal sanitario, que incluso les llega a decir que se sopesaba el envenenamiento de su hija por parte de ellos. Ya lo dice Serguéi, son gente “que no nos quiere aquí”.

El síndrome de resignación

Los créditos finales arrojan el dato de que, con el estallido de múltiples conflictos bélicos en el mundo, se espera que el número de casos de síndrome de resignación aumente exponencialmente. El director Alexandros Avranas, ganador del León de Plata por Miss Violence (2013), afirmó que conoció este síndrome tras leer un artículo de The New Yorker.

El síndrome de resignación empezó a reportarse en Suecia a principios de los 2000. Esta condición afecta principalmente a niños, y sus principales síntomas son una pasividad total, inmovilidad y ninguna reacción ante estímulos físicos. De ahí que a los afectados se les conozca como ‘niños apáticos’. La amplia mayoría de estos proceden de países de las antiguas Unión Soviética y Yugoslavia.

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Fotograma de ‘Vida en pausa’ (2024) | Fuente: La Zona

Varios psiquiatras llegaron a la conclusión de que la odisea burocrática de la solicitud de asilo y sus criterios cada vez más estrictos son las causas de este síndrome. Estos niños por un lado sufren el trauma de la violencia de su país de origen. Por otro, padecen la angustia de volver a él tras haber pasado un proceso de asimilación cultural en su nuevo país. De hecho, los expertos afirman que la cura se alcanza con el permiso de asilo, cuando ya no hay sensación de peligro e incertidumbre en el nuevo hogar.

Vida en pausa ha sido nominada a mejor película en el Festival de Sevilla de cine europeo y en el de Venecia. Se pone en la piel de una familia para narrar una desgarradora experiencia compartida por la mayoría de solicitantes de asilo en Europa. En plena crisis migratoria y en el hervidero de varios conflictos armados, dirige la atención a los más pequeños que se encuentran al otro lado de la valla. Resulta una búsqueda por la esperanza en medio de un contexto desolador.

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