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‘Una quinta portuguesa’: la fuga serena hacia otra vida

Manolo Solo y Maria de Medeiros protagonizan un drama íntimo y poético sobre la identidad, el desapego y las segundas oportunidades

En su segundo largometraje, Avelina Prat repite su estilo pausado y delicado, casi testimonial, y su compromiso con las historias marginales. Para ella, la geografía de un personaje es tan vital como su nombre o su apariencia. A través de una puesta en escena deudora de Rohmer, y la reveladora faz de Manolo Solo, la cineasta reafirma en Una quinta portuguesa su sensibilidad para narrar lo íntimo sin subrayados, confiando en las miradas, los espacios y el paso del tiempo.

Tras su presentación en la Sección Oficial del Festival de Málaga, Una quinta portuguesa se estrena en cines españoles el próximo viernes 9 de mayo.

Un hombre que se borra para volver a existir

¿Quién no ha fantaseado alguna vez con desaparecer? Dejar atrás todo lo conocido, hogar, personas, e identidad, junto con los problemas y decepciones que asolan la vida; buscar la paz, el silencio, la caricia de la soledad; y reinventarse a uno mismo, empezando de nuevo. Con esta premisa arranca una película fascinante.

Todo comienza con Fernando (Manolo Solo), un desencantado profesor de geografía cuya mujer ha desaparecido sin dejar rastro. Al sentir que algo en su vida ha dejado de encajar, aprovecha la oportunidad de desaparecer él también, suplantando a otro hombre como jardinero en una finca portuguesa. Allí entabla una inesperada amistad con Amalia (Maria de Medeiros), la enigmática propietaria de la «quinta».

Lo que podría derivar en un thriller de suplantación de identidad se convierte aquí en un relato sereno sobre la fuga como forma de duelo y la rutina como refugio frente al dolor. Desde una perspectiva diferente, recuerda a El maestro jardinero (2022) de Paul Schrader, en la que un hombre de pasado oscuro toma también la labor de jardinería como huida de sí mismo.

El personaje de Manolo Solo encuentra la paz entre plantas y silencio | Fotograma propiedad de Distinto Films, O Som e a Fúria, Jaibo Films y Almendros Blancos AIE.

Manolo Solo y María de Medeiros: la química del silencio

Manolo Solo interpreta a Fernando, y luego a Manuel. El cambio de nombre no se debe solamente a la trama, sino a un profundo desapego de su propio yo, y el actor encarna esta transición con su maestría contenida habitual. De ademán silencioso, hombre de pocas palabras, su personaje no necesita grandes gestos para transmitir una serie de emociones muy palpables al espectador, confirmando su estatus como uno de los actores más sólidos y sensibles del cine español actual.

Recuerda su trabajo en Una quinta portuguesa a un papel muy similar, en Cerrar los ojos (2023), de Víctor Erice. Allí, su personaje, también anclado en el pasado, dedicaba una hora entera de metraje al silencio, a la soledad, y a la búsqueda de nuevo sentido expresado en localizar a un viejo amigo, el ficticio actor desaparecido Julio Arenas.

A su lado, Maria de Medeiros aporta una calidez melancólica y serena al personaje de Amalia, una mujer también marcada por el aislamiento y la tristeza de un pasado decepcionante. Juntos, construyen una relación atípica que rehúye la tensión romántica convencional para explorar algo más sutil: la posibilidad de compartir una conexión que no nace de la atracción, sino de la aceptación compartida del silencio y la soledad.

La amistad entre Manuel y Amalia sirve de centro a la película | Fotograma propiedad de Distinto Films, O Som e a Fúria, Jaibo Films y Almendros Blancos AIE.

Dirigir y dar ritmo a la soledad

Con solo dos largometrajes, Avelina Prat muestra ya una mirada autoral consolidada y coherente. Si algún pecado cometía su ópera prima (Vasil, 2022), era el de un ritmo demasiado letárgico e injustificable. En su segunda película, sin embargo, la directora no desperdicia un sólo plano y mantiene el pulso narrativo perfecto para la historia que quiere contar. Hablando de planos, merece mención la fotografía de Santiago Racaj, heredando las mejores cualidades del cine de Eric Rohmer.

En Vasil se pudo apreciar ya su interés por la figura del migrante, en aquel caso un maestro de ajedrez búlgaro (Ivan Barnev, que cuenta con una breve aparición en Una quinta portuguesa), motivo que repite también aquí. En un inesperado giro, el tercer acto sorprende con una serie de revelaciones que cambian por completo, y de forma satisfactoria, la historia que pensábamos que veníamos a ver.

Como demuestra esta película llena de empatía por las personas desapegadas de su hogar, el cine de Avelina Prat no busca juzgar ni dar lecciones, sino acompañar a los personajes y mostrar sus matices sin necesidad de recurrir a grandes conflictos. El bello jardín de la «quinta» es el escenario perfecto para comunicar sin palabras el deseo de los que conviven en él.

La «Quinta» que da título a la película, rodada en Ponte de Lima, Portugal | Fotograma propiedad de Distinto Films, O Som e a Fúria, Jaibo Films y Almendros Blancos AIE.

Identidad y renacer en los márgenes de la vida

Una quinta portuguesa comienza como la historia de un hombre que se esconde, pero termina con un renacimiento, y una profunda reflexión sobre la identidad humana. Al igual que Manuel replanta pequeños brotes y grandez naranjos, así mismo hace su personaje, cambiando unas raíces por otras para poder dar fruto.

Manolo Solo, distante y silencioso, es el centro perfecto de este retablo sobre la huida hacia delante, las expectativas que tenemos en los demás, y el sentido de identidad de los migrantes. Avelina Prat reivindica las vidas en silencio y el ansia del alma por conocerse a uno mismo, en una película que, con clamor inaudible, pide ser vista con calma, intención y sobre todo, cambiando el punto de vista.

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