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Antonio Monegal: «La literatura ayuda a vivir»

Antonio Monegal y la cultura como oxígeno

Antonio Monegal (Barcelona, 1957) es catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad Pompeu Fabra. Se doctoró en Harvard en 1989 y ejerció la docencia en Cornell University hasta su regreso a España. El pasado marzo publicó Como el aire que respiramos, el sentido de la cultura (Edit. Acantilado). En dicha obra, considera que la cultura es un bien común de primera necesidad para enfrentarnos a las adversidades de la propia existencia.

Pregunta: En cuanto a la importancia de la cultura recalca que el concepto de “Cultura” está en crisis. No la cultura, sino el concepto. ¿Por qué lo considera así?

Respuesta: Intento reformular la manera en que nos estamos planteando el problema. Se considera que hay esta crisis, porque no se tiene en cuenta que este aspecto está “restringido”: artes, humanidades. Por ejemplo, esto se ve al considerar que está separado del otro sentido general de “cultura”. Es decir, el antropológico que afecta a todos los aspectos de la vida humana. El intento del libro es ver cuál es la conexión de los dos conceptos. Solo si podemos ver que no hay una separación radical entre las prácticas de consumo, creación cultural y las formas de vida de las sociedades, veremos que la cultura no está en crisis porque los dos elementos se retroalimentan.

P: Y si se retroalimentan. ¿Cuáles son esos problemas que han generado cierta crisis conceptual?

R: Creo que el problema tiene que ver con la mercantilización, sociedad de consumo, aspectos que distorsionan el valor tradicional de cultura. Esto se percibe como una amenaza. Por supuesto, tiene aspectos amenazantes, pero esta percepción no se puede contrarrestar si no reformulamos el problema.

P: En su obra habla del elitismo cultural. ¿Cree que hay culturas superiores e inferiores?

R: [Sonríe] No hay en el sentido jerárquico culturas que debemos considerar superiores. Sí hay —y esto deberíamos quitarle todos los tonos peyorativos—, repertorios culturales que son más ricos que otros. Es decir, que la oferta de modelos y opciones en ciertos repertorios culturales es muy variada y da más opciones sobre cómo conducirse en la vida, relacionarse y ciertas posibilidades con el entorno.

P: ¿Qué pasa con la alta cultura, la cultura popular y la de masas?

R: Evidentemente hay una producción cultural cuya complejidad es mayor y, como es mayor, nos ofrece instrumentos más útiles para entender y enfrentar la realidad. Es evidente que las teleseries son cultura y la filosofía también, pero si solo consumo teleseries me pierdo una cosa que la filosofía me ofrece que es recursos para entender cómo está el ser humano en el mundo. En este sentido, es necesario transformar el concepto de elitismo. Una cosa es cuando la cultura limita el acceso a parte de la población que tiene cierto privilegio.

P: ¿Los gobiernos utilizan la cultura como mecanismo político y de control social?

R: Ya me gustaría pensar que los gobiernos tienen una estrategia cultural tan calculada. Sería presuponer mayor cultura en los gobernantes de la que en general nos encontramos [entre risas]. Creo que en la mayoría de las sociedades —no en todas—. Es decir, hay sociedades donde hay un esfuerzo político de los gobiernos muy claro por limitar el repertorio, por impedir el acceso de ciertas partes de la población a espacios culturales. Esas partes pueden ser minorías o pueden ser las mujeres, la gente en situación de género no binario. Es decir, esta tendencia existe: cerrar opciones culturales. Pero a la vez, en general, no hay tanto una estrategia de intentar impedir acceso como un desinterés. Una preocupación tan utilitarista por el beneficio inmediato, en que solo interesa fomentar aquellas cosas que se vean que van a producir beneficio económico. Y, por lo tanto, se privilegia la educación más instrumental.

P: Por lo tanto, el sentido crítico se ausenta.

R: Efectivamente. Desde ese punto de vista, podemos decir que no hay interés en formar ciudadanos críticos porque lo que hay es un interés en formar trabajadores. Es decir, en vernos a todos como mano de obra. Allí sí que hay una desviación de los objetivos políticos.

P: En su reflexión sobre “Para qué sirve la cultura” hay una distinción entre para qué sirve y qué hace. Usted es catedrático de Teoría de la Literatura. ¿Cuál es la función de la literatura?

R: La literatura ayuda a vivir. En el sentido de que nos da maneras de entender la experiencia humana en el mundo. Nos da alegría, nos hace compañía. Hay un elemento gratificante en ella. Sin embargo, hay un factor en la literatura que me parece importante y es el potencial para la empatía. Nos ayuda a ponernos en la piel del otro. Entender la experiencia que no es nuestra requiere a menudo escuchar la voz del otro. Esto no se consigue con un Twitter. No basta un número pequeño de caracteres para explicar la experiencia.

P: Escribe: “La salud también depende de la cultura”. ¿Cómo puede darse este proceso?

R: La pandemia nos ha enseñado que la respuesta de las sociedades a cuestiones tan simples como ponerse o no una mascarilla, obedecer o no las directrices de salud pública influyen. Cuando la gente entra en la dinámica de contraposición a las directrices de salud pública está tomando una posición cultural. Todos estos factores son culturales y están asentados en cómo las sociedades se ven a sí mismas.

P: También reflexiona sobre la economización de la cultura. ¿Son compatibles economía y cultura?

R: Tienen que ser compatibles. La cultura en las sociedades basadas en economía de servicios es una oferta importante en el consumo. Por lo tanto, no hay que verlo como inconveniente. La industria discografía, editorial, cinematográfica, del videojuego son grandes motores. Las grandes empresas mundiales: Google, Apple, Facebook… todas ellas comercian en cultura, transmiten contenidos culturales.

P: ¿Y cuáles serían las desventajas que se generan al comerciar con la cultura?

R: Sí, claro se generan… [piensa]. Eso en sí mismo tiene un lado positivo y otro negativo. El primero, facilidad de acceso y democratización de la cultura. El elemento perverso es que la sociedad de consumo arrasa con las complejidades. Nos lleva a buscar rapidez, facilidad. Buscar un tipo de producto muy estandarizado. Lleva a la producción de grandes conglomerados, las editoriales se concentran en grupos y las discográficas también.

P: Esta brecha genera desigualdades y debates como la financiación cultural gubernamental. ¿Cuál sería ese coste de vivir sin cultura que deja abierto en su libro?

R: Bueno… yo no lo podría calcular [sonríe]. Es difícil pensar que se pueda vivir sin una cultura, lo que pasa es que puede haber una que sea impuesta. Las sociedades que prosperan lo hacen no solo por la formación de sus ciudadanos, sino porque pueden ejercer esas prácticas culturales. Creo que es difícil tener un sistema educativo enriquecedor en una sociedad donde el pensamiento crítico es limitado porque hay cosas que ya no puedes pensar.

P: ¿Qué opina del bono joven cultural de 400 euros impulsado por el Gobierno?

R: Todas las iniciativas que se ponen en marcha para facilitar e incentivar el acceso me parecen positivas. Me da igual si es en bono o en forma de gratuidad en el consumo. Sí que es verdad que ya hay descuentos en museos, conciertos para jóvenes. En este caso, es un incentivo directo. Una manera de abrir espacios de interés para el público más joven. Esto es importante para la subsistencia de todos los aspectos culturales.

P: Considera apoyándose en Garcés que “La cultura y la política comparten el espacio de lo común”. ¿Hasta qué punto ambas van de la mano?

R: No pueden no tener relación. Me interesa mucho la propuesta de Marina Garcés y esta manera de entenderlo desde la perspectiva de lo común y su gestión. Cultura y política son dos maneras de gestionar el espacio de lo común. Es decir, construyen imaginarios colectivos. Estos determinan decisiones y conductas de los ciudadanos, porque eso está configurado en su mentalidad. No hay dos espacios separados y no es que vayan de la mano, sino que están entrelazados de maneras muy complicadas de valorar.

P: ¿La cultura puede llegar a ser un producto político?

R: Bueno, depende de lo que entendamos como producto político. Si lo que entendemos es una manera de hacer propaganda, sí. Puede ser un elemento de la propaganda y lo ha sido siempre. Concretamente, en España la gestión de la memoria histórica. Decidir cuál es el relato que queremos dar sobre qué pasó durante la guerra civil y la dictadura o la república, la construcción del relato sobre el pasado que vemos en cine, novelas, reportajes, testimonios… es un ejercicio de propaganda política porque está puesta al servicio de un grupo o de otro. Efectivamente, la cultura es un instrumento de la propaganda seguro.

P: Me ha parecido interesante el concepto Política de la literatura. ¿Son los libros esa voz de fondo que susurran e intervienen en las sensibilidades? 

R: Los libros son una forma más. Es imposible calcular qué peso tiene hoy en día la literatura en la construcción de las mentalidades porque compite con una variedad muy grande que antes era más limitada. La literatura sigue influyendo, circulando en forma que no es solo el libro. La idea de la política de la literatura es que la literatura es política por el mero hecho de ser literatura. No hay una manera en que la literatura no pueda ser política. Por ejemplo, Jane Austen explica unas historias, pero tiene una consecuencia política importantísima en la manera de entender los roles de género: presentar relatos sobre mujeres independientes que se niegan a aceptar el rol social que se les asigna y que luego son felices y encuentran el amor. Tiene una lectura política para mí evidente.

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