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Gabriela Cabezón Cámara: «Hay literaturas que intentan alejarse todo lo posible de lo político. La mía no»

La autora nos presenta 'Las niñas del naranjel', una vibrante novela que nos mete en la piel de Antonio, una monja reconvertida en soldado durante la conquista de América

Esta semana hemos entrevistado a la escritora argentina Gabriela Cabezón Cámara acerca de las claves de su nueva novela, ‘Las vírgenes del naranjel’ (Random House, 2023). Esta obra nos cuenta, en varias líneas temporales, las peripecias de Antonio de Guzmán, un soldado del Imperio español que recuerda en una carta a su tía cómo era su vida cuando vivía en un convento de monjas.

La carta de Antonio es la cara opuesta del deseo, del que nadie queda exento en algún momento de su vida, de poder volver atrás en el tiempo para corregir las decisiones que tomó en el pasado. Esta querencia viene provocada por la esperanza de poder haber acabado en algún lugar mejor, pero incluso esto último nos revela algo de nosotros mismos: el vértigo que sentimos al comprobar que todos y cada uno de nuestros actos nos han conducido hasta el lugar en el que estamos.

Así, al final resulta que el presente en el que nos encontramos es un punto anónimo en la inmensa selva de los años, más inmensa aún que la que atraviesa el protagonista. Hagamos lo que hagamos, nuestro camino seguirá siendo borrado por toda la vida que nos permea, por todas las vidas que nos rodean. Y al final, como la selva, nos daremos cuenta de que nosotros siempre hemos sido y seremos, sin ser nunca del todo los mismos.

Lo que la novelista Gabriela Cabezón Cámara, una de las voces más potentes en la literatura actual en América Latina, nos enseña, es la existencia de otra mirada distinta. Esta es una mirada privilegiada, milagrosa, capaz de pararse frente al misterio y no necesitar una respuesta más allá de la belleza del enigma en sí mismo; la belleza propia por ser capaces de crear, de leer la vida como un río que va cayendo. Para alcanzar eso, se desprende de su nueva novela, ‘Las niñas del naranjel’ (Random House, 2023), solo necesitamos una pequeña pausa en el camino. He aquí un fragmento:

Esto que escribe es y no es su vida. No es que esté mintiendo. Cómo podría no hacerlo. La está recorriendo otra vez. Elige, claro, qué de esos días que fueron suyos queda en la carta. No entra todo. Y, esto lo sume en la perplejidad, en el relato hay mucho de lo que no había cuando lo estaba viviendo. O algo así, no termina de entenderlo, le escribe en voz alta a la priora:

—¿Cómo vivimos lo que estuvo ahí sin que lo notáramos?¿Es eso parte de nuestra vida?¿Lo que dejamos pasar como si no hubiera existido?Lo que vemos hoy por primera vez mas sucedió hace cuarenta años, ¿lo vivimos?¿Es verdad lo que estoy contando?

Antonio, personaje inspirado en la Monja Alférez, es el protagonista de una novela ambientada en la conquista de América que narra cómo este le escribe una carta a su tía mientras trata de cumplir una promesa que le hizo a la Virgen. De todos sus actos, empezando por la escritura, se desprende una búsqueda. Pero esta no es una búsqueda de una realidad concreta. Más bien al contrario: Antonio busca un sentido que lo conduzca a la libertad que siempre ha anhelado pero que, a pesar de todos los viajes y todas las muertes y todas las identidades, no ha alcanzado aún.

Portada de 'Las niñas del naranjel'
Portada de ‘Las niñas del naranjel’, de Gabriela Cabezón Cámara

Pregunta: ¿Qué busca Gabriela Cabezón Cámara cuando escribe?

Respuesta: Para mí escribir es rodearme de una vitalidad muy fuerte. Parece que no, pero a veces es más difícil tener ganas de estar vivo que estarlo. Escribir a mí me da muchas ganas de vivir. Una lee y escribe con algo que es mucho más grande que una misma, algo que te atraviesa, que es más grande que vos, que está lleno de voces y de músicas y de texturas que no son vos. Por un momento, es fundirse con una luz, ser una gota del mar en el mar. Algo de eso les pasa a estos personajes en un momento de la novela, más concretamente en el momento en el que se anuncia la novela. Todo viene exigido por el imperio de la vida exuberante de la selva, que es una de las formas de vida más maravillosas en la Tierra

P. ¿Antonio encuentra en ese presente, o quizá en su vuelta al pasado en su carta a la tía, una sensación de paz?

R. ¿Usted qué diría?

P. Yo creo que, como mínimo, es el momento en el que reconoce su deseo de hallar la paz. Pero es una paz difícil encontrar y difícil de mantener.

R. Tiene sus momentos. Es la primera vez en su vida que está quieto, detenido en un entorno en el que no importa quién es. Hay algo de lo identitario, tal y como lo entendemos nosotros, que ya no importa. No lo sé: tal vez esta sea una forma de paz.

P. Todos los personajes parecen, de hecho, andar buscando una forma de salvación para sí mismos. ¿Esa salvación existe?

R. Depende de qué personajes y depende de cómo lo veas, pero está complicado (ríe).

P. Dicho esto, Antonio, que ha sido soldado en la conquista de América, también se define como un “asesino santo” al haber tan solo adelantado lo que a todos nos llega. Esto hace que uno se pregunte qué salvación puedes encontrar en un lugar en el que solo esperas la muerte.

R. ¿Hay algún lugar en el que eso sea distinto? Habría que redefinir antes lo que es la salvación.

P. Para mí, la salvación es la carta.

R. Claro. Que él se pueda ver a si mismo, que pueda amar por una vez en la vida y también que pueda ser amado. Tal vez esa sea la salvación, porque morir, malas noticias, nos vamos a morir todos.

P. Entonces, déjeme reformular la pregunta: cuando Antonio cuando le escribe la carta a la tía, le confiesa a esta que durante el proceso está descubriendo cosas que antes no tenían importancia. ¿Es posible reescribir nuestra propia vida?

R. Yo creo que sí. Se puede reescribir, reescenificar. Nosotros nos relatamos a nosotros mismos. Como la selva, eso que es y que no es siempre lo mismo, a nosotros nos pasa igual: hay muchos modos de relatar y de volver la vista atrás y ver cosas distintas y proyectar cosas distintas y de estar presente en lo que estás.

P. Me pregunto si encontramos esa libertad en la vida cotidiana.

R. Está difícil, pero está también en nosotros intentarlo.

P. Y también está en nosotros quitárnoslo. Cito a uno de los personajes: «Dios da libre albedrío pero yo no». ¿Tenemos los seres humanos un empeño en quitarnos libertad a la hora de identificarnos?

R. Lo que tenemos, en primer lugar, es un empeño por identificarnos. ¿Por qué importa tanto? Una identificación es siempre la definición de un lugar social que puede no ser tan necesario. Podemos amar algo que no nos requiera tanta identificación constantemente y que no nos ponga en un lugar que siempre tiene que ver con una jerarquía: quiénes son los nuestros, quién es el amigo, quién el enemigo, quién manda y quién obedece, quién puede sentir y quién no.

P. Y Antonio, pese a haber tenido una vida tan dura, ¿es más libre por no pararse en ninguna identidad?

R. No lo parece. Él es más libre que mucha gente, pero también está atrapado en un ciclo espeluznante en el que no parece que encuentre la salida.

Retrato de la Monja Alférez
Antonio de Guzmán, conocido como la Monja Alférez, es el personaje en cuya historia se inspira la novela.

P. ‘Las niñas del naranjel’ también se ha enmarcado en lo que se llama ‘literatura queer. ¿Te sientes identificada con esa etiqueta?

R. No la entiendo. Una vez más, ¿por qué hay que etiquetarlo todo? Si esta es literatura queer, hay otra literatura que es straight. ¿Es necesario? Yo soy queer. Mi vida es queer. Lo digo y lo reinvindico en todas partes. Es políticamente importante porque hay gente que no puede serlo y viene bien que aquel que pueda ejerza su libertad. Pero no lo entiendo ¿por qué hay que etiquetarlo todo? ¿Hay una literatura que sería straight, blanca, burguesa y todos los demás somos o queer, o afrodescendientes, o originarios o mestizos?

P. Por apretar un poco, quizá etiquetar algunos libros como literatura queer señala un cambio respecto a lo que se venía haciendo antes. Hasta hace pocas décadas, salvo excepciones que muchas veces fueron invisibilizadas, efectivamente hubo una literatura straight, blanca y heterosexual. Esta está siendo destapada ahora por una nueva corriente.

R. Tal vez, pero las literaturas no se renuevan tan sencillamente por los temas. Se renuevan con un trabajo con la lengua, con lo formal. Puede ser que sea una tendencia queer pero, una vez más… quizá todo debería ser literatura. Sí me parece importante que estemos accediendo a la publicación miembros de minorías, pero a lo mejor habría que aflojar un poco y no poner como primer rasgo una cuestión identitaria. Que digan lo que quieran. Yo no tengo ningún problema. Es solo que me pregunto: si vamos a definir, ¿por qué no lo hacemos al revés? Dado que la mayor parte del planeta no es blanco, straight, burgués, etiquetemos esa literatura en vez de la nuestra.

P. Eso también ocurre con el castellano de América Latina. A los españoles nos parece extraño oír un castellano que no utilice el ceceo. Olvidamos que la excepción somos nosotros y que hay cientos de millones de hispanohablantes que sesean.

R. Tiene que ver con un centro y una periferia, con una concentración de poder. Cuando yo era niña, leer traducciones en las que se hablaba de tú y no de vos era lo más normal del mundo. Ya sabías que eras una parte y no un todo. Y en una situación más central, más imperial, te hacen creer que sos como un todo y que no hay un otro. Allá también hay unos otros que la educación argentina ignora y aplasta bestialmente, los pueblos originarios. Y no solo en la educación. Todo el tiempo se van generando estos centros y periferias. Ellos son la periferia nuestra. Todo junto acaba creando una mecánica espantosa, genocida, horrible.

P. ¿Y se puede escapar de esa dinámica?

R. Yo vivo en la esperanza como una posición política. Creo que no hay opción y que hay que pelear para que sea posible. Encuentro gente que percibe y representa así el mundo. Gente de todas las clases y de todos los colores.

P. ¿Es entonces este un libro político?

R. El lenguaje es la principal y primera institución política humana. Es como el aire. Un aire arbitrario, que tiene cristalizado un montón de relaciones de poder, que está todo el tiempo en tensión y en guerra en el sentido en que siempre hay gente e instituciones, empresas, trabajando para que la polisemia deje de funcionar y las palabras signifiquen lo que ellos quieren y lo que a ellos les conviene; hay agrupaciones sociales siempre renovando la lengua, sobre todo en los márgenes, con una creatividad alucinante y a toda velocidad. Suponer que podamos hacer algo con el lenguaje que no sea político es una ingenuidad. Después, dicho esto, hay literaturas que tratan de alejarse de todo lo posible de eso. La mía no. Es consciente e inconsciente de eso que pasa y lo que le atraviesa.

P. ¿Para construir una historia nueva hace falta cambiar el lenguaje?

R. En todo caso habría que cambiar unas cuantas cosas todas juntas (ríe). Si fuera solo el lenguaje, al mundo lo cambiaríamos los escritores, los poetas, los hablantes creativos que son tantos. No parece que esté funcionando así.

P. ¿Y si reescribieras ‘Las niñas del naranjel’ ahora mismo, saldría un libro igual?

R. No. Ahora hubiera escrito otro libro. Cada vez que escribes un libro, una vez lo das por terminado, ya no existe reescribirlo, solo puedes escribir otro. Bueno, ahora hay escritores que solo escriben una novela. Mario Bellatín dijo que iba a hacer algo parecido: se va a pasar la vida reescribiendo ‘Salón de Belleza’. Me parece una apuesta hermosa, pero yo necesito ir a otro libro.

P. Eres una arriera, entonces, como Antonio, vas de un lado a otro cargando con cosas…

R. …Que no son mías

P. …Que no son suyas

R. Probablemente. Qué lindo eso.

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