La autora madrileña, finalista en 2021 con la novela Últimos días en Berlín, se ha alzado este año con el título de ganadora del Premio Planeta 2024 gracias a su obra Victoria
Cuando me reúno con Paloma Sánchez-Garnica para realizar esta entrevista, me recibe con una sonrisa de oreja a oreja. No es para menos, acaba de ser ganadora del Premio Planeta 2024 con su novela Victoria. Se nota aún la emoción en sus ojos, a pesar del cansancio que supone toda la promoción posterior.
Ambientada en un Berlín arrasado y sin futuro aparente tras la Segunda Guerra Mundial, Victoria se gana la vida como cantante nocturna en el club Kassandra. Tanto su hija, Hedy, como su hermana, Rebecca, dependen de su sueldo para sobrevivir.
Después de ser chantajeada por parte de los rusos, Victoria viajará sola a Estados Unidos, donde vivirá una intensa historia de amor con el capitán Norton y descubrirá las desigualdades y la opresión aun presentes en un país tan democrático como el norteamericano.
A lo largo de la conversación, con un entusiasmo palpable, Paloma comparte detalles sobre cómo ha construido esta novela, qué ha significado para ella y el por qué de sus decisiones; además de ofrecer su opinión sobre temas actuales que no dejan de ser debate a pesar del paso del tiempo y la evolución de la historia.
Pregunta: Pese a que su obra se centra en contar la historia de los perdedores, tanto la protagonista como el nombre del libro se llaman “Victoria”. Imagino que no fue casualidad, ¿por qué esta elección?
Respuesta: El título del libro fue antes que el del personaje. Lo que yo pretendía era contar los 15 años después de la Segunda Guerra Mundial, en la Guerra Fría. Hablar de ese Berlín sin muro y de cómo se construye la vida después del horror de la guerra. Había una victoria de unos pocos vencedores pero también existían unos vencidos que luchan por subsistir. Lo tuve muy claro, Victoria es un nombre muy contundente. Además, representaba la victoria de la verdad, de la justicia, de la dignidad sobre la infamia. Luego ya apareció el personaje al que inicialmente llamé Rebecca (nombre que terminaría siendo destinado para la hermana de esta), pero se me revolvió y acabó siendo Victoria. No es casualidad, igual que tampoco lo es el de su hija, Hedy, en honor a la actriz Hedy Lamarr. Ella no solamente fue actriz sino que también estudió física, era muy inteligente y fue la inventora de lo que luego sería el origen del wifi. Le robaron su idea porque no la registró y luego se desarrolló sin tener en cuenta quién había realizado los primeros estudios.
P: ¿Hay personajes basados en personas reales en Victoria?
R: No completamente, aunque siempre cojo pellizcos de realidades de personas en un momento determinado y luego los entretejo para formar la historia de ficción. La historia de Norton en Alabama, por ejemplo, tiene mucho de Matar a un ruiseñor, con ese ambiente sureño y la segregación racial del momento.
P: Sus libros suelen estar ambientados en otras épocas históricas. En este último, Victoria, se centra tras la Segunda Guerra Mundial, en un contexto de Guerra Fría, ¿cómo lleva a cabo el proceso de documentación en sus novelas?
R: Leyendo mucho. La historia que quiero escribir nace siempre de la curiosidad. Necesito entender una parte de la historia a través de la vida de personas normales y cotidianas. No de los grandes acontecimientos ni de los grandes personajes históricos. Eso no me interesa. Por eso mi novela no es histórica. A partir de ese interés inicial, empiezo a buscar todos los libros, artículos, ensayos, novelas o películas que haya publicados acerca del tema. Pienso, apunto y cavilo; hasta que en un momento determinado empiezo a escribir. Pero nunca dejo la documentación. Voy descubriendo la historia a medida que avanzo, palabra a palabra y línea a línea.
P: Sus anteriores novelas, La sospecha de Sofía y Últimos días en Berlín abordan temas como el muro de Berlín y el ascenso de Hitler al poder. ¿Qué criterios sigue a la hora de elegir el periodo histórico en el que ambienta sus historias?
R: Según las necesidades de curiosidad que me surjan. Generalmente me surge la idea de otra novela futura en el momento que estoy escribiendo la del momento. En La sospecha de Sofía me surgió la curiosidad de saber cómo un personaje como Hitler podía haber llegado al poder y ahí fue cuando nació Los últimos días en Berlín. De Victoria me ha surgido una nueva curiosidad. Imagino que será una nueva novela pero de momento la tengo ahí aparcada, hasta que pase todo este torbellino.
P: ¿Cuál ha sido esa nueva curiosidad?
R: No te lo digo. Aunque lo tenga en la cabeza, hasta el momento en que empiece a escribir pueden pasar muchas cosas. A la hora de empezar a documentar, descubro muchas cosas que me llaman la atención y lo que pensaba que iba por un lado, puede tomar un rumbo diferente.
P: Otro de los puntos en común que une sus últimas tres novelas es la relevancia de la ciudad de Berlín. ¿Qué pasa con la capital alemana?
R: Berlín es una ciudad fascinante, para bien y para mal. Es una ciudad que se construye y se reconstruye de forma constante. Una ciudad que ha estado rodeada por un muro que separó familias y amigos durante más de 28 años. Cada rincón tiene su propia historia y su propia novela. Con 27 años, mi marido y yo estuvimos en Berlín 40 días antes de la caída del muro. Pasar de la República Federal Alemana al Berlín Oriental era como hacer un viaje en el tiempo. Mi marido me dijo: “¿Te das cuenta de que este muro lo verán caer nuestros hijos? 40 días después, el 9 de noviembre de 1989, cayó el muro. En ese momento se estaba produciendo un hito histórico. A partir de ahí, he estado muy pendiente de Berlín, de cómo se ha reconstruido y cómo, aun así, no han olvidado nada.
R: La protagonista de su obra es Victoria, una mujer. ¿Hay una intención reivindicativa de dar voz o reconocimiento a aquellas que en su momento no la tuvieron?
R: No hay intención reivindicativa. Las mujeres formamos parte de la sociedad. Lo que llama la atención es que nos sorprenda que una mujer sea protagonista. Las grandes novelas del siglo XIX escritas por hombres son mujeres. Además, aunque Victoria sea el eje de la historia, necesita en todo momento del resto de personajes secundarios para sostener su historia.
P: En el libro, la relación entre Victoria y su hermana Rebecca es un amor-odio en toda regla, sobre todo por parte de esta última. ¿Qué nos puede contar de este complicado pero humano vínculo?
R: Rebecca tiene guardado mucho resentimiento Su madre la rechaza y su padre la desprecia. A Victoria, más guapa y lista que ella, la envidia y le guarda un rencor incomprensible. Sin embargo, Rebecca no es mala. Tiene mucho amor dentro pero lo vuelca con su sobrina, la hija de Victoria. La relación es complicada. Hay mucha incomprensión, muchos silencios que se van manteniendo en el tiempo, que se abren en el momento más inoportuno y que son muy dolorosos. Es ese círculo vicioso de toxicidad en el que nos metemos y del que no somos capaces de salir. Hacemos daño al que más nos quiere, cuida y protege echándole todo el veneno que llevamos dentro; fruto de relaciones o traumas pasados. A la vez, ser conscientes de ello nos produce tanta rabia que, por vergüenza u orgullo, no somos capaces de pedir perdón y cambiar nuestros patrones de conducta.
P: Victoria viaja hasta Estados Unidos con una visión idealizada de lo que considera el país más democrático del momento. Pronto descubrirá que realmente persisten las injusticias y que se siguen cometiendo barbaridades en contra de los derechos básicos universales. ¿Qué fue lo que le llamó la atención para decidirse a escribir sobre ello?
R: El hostigamiento de Hitler contra los judíos tenía similitudes con el del Ku Klux Klan contra los negros. En lo que ya era una democracia, se llevó a cabo un experimento en Tuskegee con 400 hombres negros para ver cómo se desarrollaba la enfermedad de la sífilis. Este experimento estuvo vigente desde 1934 hasta el año 1974, cuatro décadas. Pasó la Segunda Guerra Mundial, pasaron los Juicios de Núremberg, se condena a muerte a médicos que experimentaron con humanos como cobayas y se establecieron códigos que protegían a los pacientes de cualquier ensayo clínico. A estos hombres ni se les informa de que tienen la sífilis. En vez de tratarles, analizaban y estudiaban cómo se iba desarrollando la enfermedad en su cuerpo. Incluso en los años 40, cuando ya había métodos para paliar los estragos de la sífilis, no se les ayuda. De hecho, no es hasta que la prensa lo denuncia públicamente cuando se paraliza el experimento.
P: ¿Piensa que a día de hoy sigue existiendo esta hipocresía escondida?
R: Una parte de la sociedad siempre tiende a buscar los extremos, un enemigo para culparle de todos los males que nos pase. Ahora está muy de moda el inmigrante, culpable de todas las privaciones del mundo, de toda la delincuencia. ¿Qué sentido tiene eso? Y hay gente que compra ese mensaje. No es así. Hay delincuentes en todos los sitios. No es ese el problema, el problema de fondo es otro.
P: ¿Por qué cree que ganan tanto poder y popularidad estos discursos?
R: Por la ignorancia. Es mucho más difícil cribar y analizar la información que encontramos que creer lo que nos llega y nos conviene. Existe un periodismo que busca la verdad y hay otro que no, que busca crear toxicidad y que tira hacia su lado siempre. Hay que pararse y pensar: ¿Esta melodía que me gusta es realmente así? Tenemos que ser una sociedad con criterio, que no sea fácilmente manipulable.
P: ¿Aprendemos de la historia o nos olvidamos y estamos condenados a repetirla?
R: Deberíamos aprender; pero sí, estamos condenados a repetirla. Soy humanista, defiendo la dignidad del ser humano, su autonomía, su libertad y su capacidad de transformación de la historia de la sociedad. Es la esperanza que tengo pero es innegable que ya ha pasado. Después de la Primera Guerra Mundial, llegó la Segunda Guerra Mundial. Ahora, desde el siglo XX, nos hemos convertido en una sociedad muy acomodada, vulnerable y que se informa poco. Eso es peligroso. Estamos en un momento muy crítico en el mundo occidental.
P: En esta línea, es inevitable no preguntarle sobre su opinión al respecto de la reciente victoria del Partido Republicano en Estados Unidos con Donald Trump al frente.
R: Yo creo que para Europa no es buena noticia lógicamente. Trump es lo que es: grosero, machista, racista, un histrión. No obstante, quien ha fallado y tiene que hacer el análisis de qué es lo que ha pasado es el Partido Demócrata. Tras 4 años en el poder, no ha conseguido el apoyo del pueblo americano. Algo ha fallado para que la gente se haya volcado en votar a este hombre ya conocido a quien ven como una posibilidad de mejorar el país y conseguir el sueño americano. A pesar de tener una idea moderna y urbanita de Estados Unidos, hay que recordar que hay mucho norteamericano de Los puentes de Madison, de esa América profunda que no ha salido de del condado y con una visión muy limitada de la vida. Hollywood ha hecho muy bien su trabajo y ha creado una imagen muy distorsionada de la realidad.
P: Siguiendo con la actualidad y teniendo en cuenta que en su obra señala también el macartismo de la época, ¿ve relación entre este fenómeno y la cultura de la cancelación, cada vez más popular en nuestra sociedad?
R: Sí, con otros medios o mecanismos pero el señalamiento y la exclusión es igual. Si no dices lo mismo que yo, te señalo, te acoso y te coacciono para que no puedas hablar con libertad. Te cae muchas veces por decir un comentario que no tiene nada que ver con lo que luego se desarrolla. Tú quieres hundir a una persona, sueltas un bulo a través de redes y la hundes. Aunque luego sea que no, la mancha siempre queda. Tanto el macartismo como la cultura de la cancelación son mundos muy complicados que encorsetan nuestra libertad.
P: Pasando ya a un plano más personal, usted ha trabajado también como abogada antes de dedicarse a la literatura. ¿De dónde y cuándo nace esta pasión por la ficción? ¿Cómo fue tomar la decisión de dejar la abogacía para dedicarse a la escritura?
R: Desde el principio, tenía una inquietud de que sabía que había venido para hacer algo en el mundo. La literatura me ha apasionado desde el punto de vista de la lectura desde que tengo uso de razón. Sin embargo, nunca me había planteado escribir. Yo hice todo al revés. Me casé muy joven. Tuve dos hijos. Estudié Derecho. Ejercí de abogada pero comprobé que no me gustaba. Terminé la carrera de Geografía e Historia que había dejado para casarme. Con 43 años, tras una conversación con amigos, me puse a escribir. Sin ninguna ambición, solamente porque me apetecía. Me la publicaron y encontré mi lugar en el mundo. Ha sido poco a poco, ir haciéndome con lectores, hasta llegar a conseguir esta meta que es ganar el Premio Planeta, después de muchísimo trabajo, esfuerzo e ilusión.
P: Con Últimos días en Berlín quedó finalista del Premio Planeta en 2021. ¿Se le quedó la espinita? ¿Por qué volver a presentarse a los mismos premios?
R: No, Últimos días en Berlín funcionó muy bien y tuve mucha suerte con los Mola (escritores de Carmen Mola, ganadores del Premio Planeta 2021). Lo disfruté muchísimo. También he tenido mucha suerte con Beatriz (Beatriz Serrano, finalista del Premio Planeta 2024). Terminé la novela en mayo y quedaban 20 días de plazo para presentarlo. Fue cuando pensé: “¿por qué no?” Me gustaba lo que había escrito.
P: No la escribió entonces pensando ya en esta posibilidad sino que se dio después.
R: Yo cuando escribo ni pienso en lectores, ni en premios, ni en lo que va a ser la novela. Ni siquiera en si se va a poder publicar. Me tienen que cautivar a mí los personajes y sus historias. A partir de ahí, llega lo demás.
P: Eso no haría que fuera menos emocionante y especial. ¿Cómo fue el momento en el que recibió la noticia de era la ganadora?
R: Cuando aparece el pseudónimo de Beatriz en la pantalla como finalista, yo ya sabía que el pseudónimo que quedaba era el mío. Agarré la mano a mi marido y lo viví de forma muy consciente, sabiendo que era un momento único en la vida
P: Por último, el premio incluye, además del reconocimiento, una dotación económica de 1.000.000 de euros para la obra ganadora. ¿En qué va a invertirlo?
R: Pues mira, mi marido es jubilado, tiene una pensión y esto me da tranquilidad. Yo siempre he tenido la suerte de poder escribir sin necesidad de estar pendiente de la tenencia de la casa. Yo me podía encerrar y había otra persona, que era mi marido, que se ocupaba de todas estas cosas económicas. De esta manera, puedo seguir trabajando con libertad y tranquilidad; además de evidentemente pagar impuestos que vayan destinados a una sanidad pública, educación pública, carreteras… Todo eso que estamos viendo en los últimos días que es tan conveniente.

