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Desear el retorno al campo

La editorial Altamarea devuelve a las librerías El diablo en las colinas de Cesare Pavese, un libro que indaga en la desazón e incertidumbre propia de la juventud ante el futuro y la búsqueda de nuevas formas de vida posible

«Éramos muy jóvenes. Creo que aquel año no dormí». Así comienza El diablo en las colinas de Cesare Pavese, libro que invita al lector a viajar con sus protagonistas entre colinas y tierras por labrar en la búsqueda de respuestas a esas preguntas que asolan a la juventud y, en ocasiones, la dejan paralizada.

La ciudad lo inunda todo cuando eres joven. Los sueños, el futuro, las noches, la luz, la posibilidad de encontrarte, de encontrar al otro afín, de enamorarte. En definitiva, la posibilidad de ser. De esta manera, la ciudad parece construirse como único horizonte posible, como un deseo punzante necesario. Huir, huir, hay que huir, -parece decirnos una voz en nuestro interior nada más alcanzar la mayoría de edad- hay que salir del pueblo, vagar por las calles intensamente iluminadas, entre el ruido de la vida sucediendo.

En este vagar callejero nos sitúa Pavese al inicio de El diablo en las colinas, en una noche cercana al verano que se sucede como un arrebato, como un grito urbano que engulle la tierra y se apodera de cualquier espacio sobre el que, con suerte, aún no reposa el hormigón. Pieretto, Oreste y la voz de un narrador cuyo nombre nunca se conoce patean un Turín atravesado por la posguerra. Sin embargo, la huella de la guerra no les llega, lo que les golpea es el ansia de conocer, de vivir, de atravesar la noche. Y en esta noche que parece no terminar nunca se encuentran en una de las colinas que circundan Turín a Poli, un joven rico amigo de la infancia de Oreste. 

Pavese nos introduce en la intimidad de este grupo de amigos, o algo similar, para llevarnos con ellos a recorrer la Italia de las colinas en un regreso al campo en verano como única salida a una ciudad que devora, que lo inunda, de nuevo, todo. Hasta en los campos cercanos a Turín el olor que reina es el de la gasolina. ¿Dónde está ese campo que tanto os gusta?, preguntará Pieretto en distintas ocasiones. ¿Dónde está? ¿Se puede salir de la ciudad?

Volver, romantizar y desconocer

La dialéctica entre campo y ciudad está presente a lo largo de la obra de Cesare Pavese hasta tal punto que para hablar de Pavese resulta ineludible hablar de Turín y de su relación con los espacios. Así sucede en el caso de Natalia Ginzburg, íntima amiga del autor, que al describir a su amigo fallecido en Las pequeñas virtudes no puede evitar compararlo con esa ciudad febril que habitaron juntos: 

Ahora nos damos cuenta de que nuestra ciudad se parece al amigo que hemos perdido y que tanto la amaba; es, como era él, laboriosa, ceñuda en su actividad febril y terca, y, al mismo tiempo, apática y dispuesta a holgazanear y a soñar

Cesare Pavese plasmó ya en su primer poemario Trabajar cansa, publicado en 1936, la importancia que tenía la ciudad para él en la labor de poder llegar a conocerse. «La ciudad me ha enseñado infinitos miedos», escribió. ¿Qué miedos? Quizá ese mismo miedo que moviliza a los protagonistas de El diablo en las colinas a dejar Turín en verano y a soñar con que en el campo habita lo auténtico, ese espíritu verdadero del hombre perdido entre velocidades, gasolina y carreteras. 

Aunque la postura de cada uno de estos personajes en torno al campo es diferente, todos ellos perciben el retorno a la naturaleza como el regreso a algo genuino a la vez que violento. Desencantados con esa noche repetitiva, infinita y eterna de la ciudad conciben el campo como la verdadera salida a la vida. Michael Kimmel señala la huida como uno de los temas recurrentes en la masculinidad estadounidense en Manhood in America: A cultural history. Debido a la influencia de los símbolos estadounidenses en la cultura europea, este tema es aplicable en cierta manera a la masculinidad que recoge Pavese. Kimmel afirma que la huida tiene sus orígenes literarios en el siglo XIX y continúa reproduciéndose a día de hoy con todos esos urbanitas que corren hacia los bosques en busca de su masculinidad. Ese algo genuino que impulsa a nuestros protagonistas, esa masculinidad perdida.

Pero las narrativas en torno a la vuelta al pueblo impregnan también la novela contemporánea sin distinciones de género.  En estas se romantizan formas de vida que irremediablemente llevan a la esencialización de las experiencias del pueblo. De esta manera, la vivencia del campo se construye como una situación idílica en la que los trabajadores son dueños de las tierras que  cultivan. Unas tierras siempre fértiles que dan de comer a una familia entera sin interferencias. Desde estas novelas, se defiende el pueblo como única salida a la precariedad, a la inestabilidad urbana derivando en ocasiones hacia un discurso reaccionario que defiende lo tradicional como respuesta a la incertidumbre. Pero, una vez roto el espejismo de la ciudad como horizonte, ¿qué nos queda? ¿Es el campo un posible camino de regreso hacia formas de vida menos alienantes? 

Pavese fue consciente de esta paradoja y pese a que su obra indaga en la búsqueda de nuevas formas de habitar, también plantea lo irónico de estas posturas. Resulta hasta cómica la visión inocente y romántica que reina el pensamiento del narrador acerca del campo. En una de las muchas conversaciones que tienen sobre la vida en el campo y del campesino, el narrador señala que en su pueblo se solía decir que el campesino sabe más que el agrónomo. A lo que el padre de Oreste, dueño y capataz de terrenos sembrados de viñas, responde: «Lo primero que cuenta es la práctica. Pero ahora todo se hace con químicas y abono». A esto Pieretto añade: «El campo lo hacen los hombres. Lo hacen los arados, los sulfatos, el petróleo […] No hay misterio en el campo, incluso la azada es un instrumento científico».

Frente a la idealizada figura del campesino, el padre de Oreste, que nunca sostuvo la azada, presenta la técnica y la ciencia como el motor de la cosecha. En esta línea, Pieretto pone de nuevo sobre la mesa la relación entre la masculinidad y la naturaleza que invade nuestros imaginarios. El campo lo hacen los hombres y la técnica, igual que las ciudades, igual que aquellos lugares de los que huyen o, mejor dicho, de los que descansan. La gasolina, de nuevo, la ciudad y su técnica lo inundan todo. De esta manera, el campo solo se admira desde la perspectiva de lo que te puede dar, de su funcionalidad, de su servicio al hombre que lo suda y lo conquista. Esa es la relación del hombre y la naturaleza; la de lo conquistado. Pero, ¿no sostiene la azada nunca las manos de una mujer?

El hombre como proyecto

La imagen del hombre que huye al campo en busca de su masculinidad, como ya se ha mencionado, ha poblado la literatura desde el siglo XIX. Pero en Cesare Pavese, esta huida converge con esa idea sartriana del hombre como proyecto. En El diablo en las colinas, este tópico se materializa en la figura de Pieretto que choca y entra en tensión con Poli, que tras una fuerte crisis de identidad habita en su vieja villa de El Greppo y que concibe al hombre únicamente como conciencia de sí mismo. 

Frente a esta concepción, Pieretto se comprende a sí mismo y al resto como un proyecto que se construye en la acción, en la experiencia. De esta manera, pone el foco sobre la existencia y no sobre la esencia. Aunque Poli se define como hombre libre y apela a esta libertad en su hacer discursivo, Pieretto encarna de mejor forma al hombre rebelde camusiano y se pregunta: «¿Quién puede decir que se conoce si no ha sido puesto a prueba? La conciencia es solo una cloaca; la salud está al aire libre, entre la gente».

Pieretto aboga por la construcción, por el proyecto y el proceso y se opone a las etiquetas cerradas y categóricas que encierran al hombre como algo fijo. De esta manera, se presenta la identidad como algo dinámico que se transforma y se pone a prueba. A su vez, Pieretto es un personaje contradictorio, pues su hacer no persigue un fin concreto. Su acción se limita al vagar, a observar y responder. No se deja vencer por la utilidad y la productividad. Así, también desafía la visión del deber hacer y el éxito, rompe con la idea de destino, con el fin. Pieretto se dedica a habitar el mundo.

Pese a las críticas que en muchas ocasiones han recibido estas posiciones existenciales tachándolas de ingenuas y elitistas, Pieretto es consciente de las limitaciones materiales que asolan cada situación concreta, al igual que el narrador. Ambos saben que es fácil hablar de libertad cuando todo está a tu alcance pero que elegirse libre requiere de mucho de uno mismo, pero sobre todo, del medio. De esta manera, frente a la abundancia de Poli, Pieretto llega a mencionar que le resulta indigno que una colina entera perteneciese a un solo hombre. El narrador, sin embargo, realiza estos juicios desde una posición de mayor inocencia. Cuando le pregunta a la hermana de Oreste quienes trabajan las tierras, esta se sorprende y señala que los campesinos, su familia no tiene tiempo para ello, deben encargarse de saber si estos han trabajado.

Así, pese a que El diablo en las colinas se construye como una narración eminentemente masculina cubierta por los tópicos que la configuran tanto en las relaciones sociales entre ellos, como en su visión de las mujeres y de sí mismos, también se construye como una narración política cubierta por una fuerte conciencia de clase, como la que caracterizó la vida de Pavese. De este modo, Cesare Pavese crea una narración que explora cada espacio como una respuesta a la condición de clase de quienes lo habitan. Esta condición determina, a su vez, la concepción que tienen del campo, del hombre y de la vida. Estas están también condicionadas por las experiencias previas, por los recuerdos, por esa memoria selectiva que nos hace pensar, en muchas ocasiones, que todo tiempo pasado fue mejor cuando el presente se hace monótono y el futuro resulta tenebroso.

En El diablo en las colinas, Cesare Pavese nos hace viajar entre espacios, campos y visiones de lo que podría ser vivir esos lugares pero también nos enfrenta a las contradicciones que pueblan nuestros modos de transitar, nos pone delante esa tendencia del hombre a solo valorar el espacio que puede conquistar, sobre el que puede dejar su huella. Y, también, nos recuerda que no hay lugar primigenio perdido, solo lugares que significamos. Así que, quizá, no haya lugar al que volver, sino que, más bien, hay lugares por inventar.

 

 

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