En A la intemperie, nos topamos con mil caminos por los que conocer al escritor chileno
Hijo de camionero y boxeador, la vida de Roberto Bolaño debía tener algo de pugilística. Él mismo decía en Los detectives salvajes que «hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear». Pues bien, eso es lo que parece hacer en A la intemperie, un volumen que recoge sus colaboraciones periodísticas, prólogos y discursos. El chileno «a disgusto» reparte golpes a diestra y siniestra, a veces para defender, a veces para atacar, pero siempre con la literatura como única patria posible.
Lo que nos encontramos al leer este libro son «decenas de Bolaños distintos, de Bolaños contradictorios y mal amalgamados, de Bolaños vivos y muertos, de Bolaños
acerbos y generosos», según dice en su prólogo el escritor mexicano Jorge Volpi. Roberto Bolaño escribe: «Soy mucho más feliz leyendo que escribiendo» y es para creérselo. Parece que le gustaría dedicarse a leer incluso bajo el agua de la ducha como hacía su amigo Mario Santiago Papasquiaro -Ulises Lima en Los detectives salvajes-.
Bolaño, el memorioso
No sabemos si, como el personaje de su admirado Borges, Roberto Bolaño sería incapaz de olvidar, pero lo cierto es que parece tener muy buena memoria. Muchos de sus textos exploran los retales de su vida. La de un joven escritor que se crio en Los Ángeles, no los de Hollywood, sino en la provincia del Biobío, a sur de Chillán. También habla de su emigración a México a los quince años o de los ocho días que estuvo detenido tras el Golpe de Estado de Pinochet.
A pesar de transitar sobre su vida como los aviones en un aeropuerto, no se trata de una autobiografía literaria, ya que él mismo advierte, hablando de Confieso que he vivido de Neruda, que «las mentiras y los libros de memorias hacen buenas migas». El autor de Nocturno de Chile nos habla de su vida en Barcelona o en Blanes; de su panadero, su librera o la mujer que le sirve los cafés con churros por las mañanas. Su vida permanece en constante relación con su literatura.
Bolaño el peso pluma
Es famosa la morbosidad y la sed de violencia del ser humano. Sin ella, no habríamos llenado el Coliseo para ver luchas de gladiadores y las corridas de toros no existirían. A este libro se puede acudir -más sanamente- a ver golpes y derramamiento de sangre. Claro que desde un punto de vista literario. Entre otros, arremete contra José Donoso, el único escritor chileno incluido en el «boom latinoamericano». Dice que, de contrastar su obra con Cortázar, Bioy Casares o Rulfo, entre otros, «automáticamente se desplaza a un segundo plano y empalidece». Otro tanto le dedica a la literatura de Isabel Allende que «es mala, pero está viva; es anémica, como muchos latinoamericanos, pero está viva».
Incluso, dando una serie de consejos para terminar siendo un buen cuentista, recomienda encarecidamente que se evite leer a Francisco Umbral o a Camilo José Cela. Aunque, desde luego, si contra algo arremete el autor de Estrella distante, es contra la literatura chilena. Dice que en ella, en esa literatura que, en tiempos de dictadura se hacía sobre centros de detención y durante el toque de queda, es conveniente no darle «la espalda al poder porque el poder lo es todo». Y recomienda:
«No escatimes halagos a los imbéciles, a los dogmáticos, a los mediocres, si no quieres vivir una temporada en el infierno».

Bolaño en la Isla de Pascua
Para Roberto Bolaño, Chile se cree la propia Isla de Pascua porque los chilenos «creen ser el ombligo del mundo». Su relación con su país natal es peculiar. Aunque su única nacionalidad era la chilena, decía sentirse «profundamente español y latinoamericano». Eso no evitaba que diera su opinión sobre los temas más candentes del país tricontinental. En lo que respecta al enjuiciamiento de Augusto Pinochet, Bolaño sostenía que ya había sido juzgado al haber «conquistado con sangre y cobardía y un mal gusto monumental su sitio en la historia».
Roberto Bolaño dice que «los chilenos lloran mucho, a veces sin motivo, a veces incluso sin ganas». El autor de La literatura nazi en América, vivió, como Joseph Conrad, en ese limbo en el que uno parece no poder considerarse de ningún lugar. Un ejemplo de ello es cuando confiesa que los chilenos le dicen que habla como un español, los mexicanos como un chileno y los españoles como un argentino. Es una «cuestión de acento». Eso mismo le decía su amigo Pedro Lemebel: ¿cómo podía haber perdido el acento?
Bolaño el amistoso
Si bien es cierto que entre sus páginas hay abundantes críticas agrias y tenaces, también hay un lugar para las bellas palabras. A Roberto Bolaño le gusta defender lo que es justo y a los autores que no cree que estén recibiendo lo que merecen. Uno de ellos es el propio Lemebel, de quien dice que «no necesita escribir poesía para ser el mejor poeta de su generación». Otro tanto reserva para su amigo Bruno Montané, cuya poesía «está hecha de pinceladas suspendidas en el aire».
Para Bolaño, «uno está preparado para la amistad, no para los amigos». Y aun así, él era un gran amigo. De Jorge Herralde, director de la editorial Anagrama. De Javier Cercas, de quien dice que se ha convertido en «uno de los mejores escritores de nuestra lengua». E incluso, aunque no llegase a amigo, pudo conocer a su tan adorado Nicanor Parra. Del autor de Poemas y antipoemas decía que escribía «como si al día siguiente fuera a ser electrocutado» y que era genial para «una de las máximas ambiciones de la poesía de todos los tiempos: joderle la paciencia al público».
Bolaño en la biblioteca perdida
Pese a que durante sus muchas mudanzas entre México, Chile, Barcelona, Gerona y Blanes, perdiese tantos libros, de lo que no podrá olvidarse es de sus autores. Bolaño honra con contundencia al poeta Enrique Lihn, a quien considera «un lujo inmerecido, que durante toda su obra procuró enseñarnos a no hacer melodrama». Otro tanto hace con Jorge Teillier, Ernesto Cardenal, José Emilio Pacheco o Leopoldo María Panero.
Sin duda uno de los ídolos inmortales de su parnaso particular siempre será Jorge Luis Borges, en cuya obra poética afirma que «hay inteligencia y también valentía y desesperanza, es decir lo único que incita a la reflexión y que mantiene viva a una poesía». Dice que la deuda literaria que tiene con él es «una obviedad» como también le sucede con Julio Cortázar.
Roberto Bolaño dice que un clásico es aquel libro que «no sólo contiene múltiples lecturas, sino que se adentra por territorios hasta entonces desconocidos». Entre ellos reconoce a Mark Twain, al que le dedica un generoso elogio, a Jonathan Swift, genio de esa literatura cómica que echa en falta en Latinoamérica, o a Alphonse Daudet. También habla de Walt Whitman del que, si bien Harold Bloom afirma que el más cercano es Neruda, considera heredero a Borges.

Bolaño en la trinchera de la literatura
Desde luego, si hay algo que queda claro en las páginas de A la intemperie es el amor de Bolaño por la literatura. Por la literatura en sí misma, el chileno es un enamorado de su oficio. Quizás sea por ese placer que siente al enfrentarse a un libro cara a cara por lo que recomienda a muchos escritores que «mejor sería que dejaran de escribir y se pusieran a leer. Mucho mejor leer».
En una sentencia que le da nombre al libro, Bolaño afirma que la literatura «vive en la intemperie, en la desprotección». La considera un fruto tan hermoso que debe ser tratado como se merece, debe mantenerse «lejos de los gobiernos y de las leyes, salvo la ley de la literatura que sólo los mejores entre los mejores son capaces de romper». Roberto Bolaño parece haber vivido bajo la máxima del ars gratia artis. No reserva para la literatura nada más que la belleza que genera en sí misma y la libertad absoluta que deben tener sus creadores. Tal vez por eso afirme, como buen amante de la poesía, que:
«Si tuviera que asaltar el banco más protegido de América, en mi banda sólo habría poetas. El atraco concluiría, probablemente, de forma desastrosa, pero sería hermoso».


