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Salma El Moumni: “Incluso en Francia, una mujer pierde valor por mostrar los pechos”

Con Adiós, Tánger, su primera novela, Salma El Moumni grita con una voz que irrumpe en la violencia patriarcal, el exilio y el desarraigo

Adiós, Tánger (Sexto Piso, 2025) es una obra sobre las heridas que deja la mirada masculina, sobre la pérdida del hogar y del cuerpo, sobre los silencios impuestos y el deseo de romperlos. Salma El Moumni no promete soluciones. Pero sí ofrece una escritura afilada, honesta, profundamente necesaria. Porque, como dice ella, escribir es también una forma de recuperar el control sobre la propia historia. En una conversación que se deslizó entre tres lenguas —español, francés e inglés—, la escritora habló sobre su experiencia como mujer, como inmigrante, y como autora que escribe desde los márgenes de la lengua y del cuerpo.

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Salma El Moumni se adentra en un terreno que pocas escritoras se atreven a pisar con tal crudeza: la intersección entre la violencia patriarcal, el desarraigo y el robo de la identidad. Narrada en segunda persona, esta obra es una especie de monólogo largo y urgente, una confesión que nunca tuvo espacio para salir. «Quería escribir un libro que le diera voz a una joven que ha sido silenciada. Y no solo silenciada por otros, sino por ella misma», afirma la autora, quien conversó sobre su proceso creativo, su relación con el lenguaje, y las heridas abiertas que explora en su novela.

La protagonista de Adiós, Tánger es Alia, una adolescente que comienza a observarse a sí misma desde fuera, atrapada en el reflejo que proyecta la mirada de los otros. «Como muchas de nosotras, como mujeres, crecemos aprendiendo a vernos desde afuera: ¿cómo nos vemos?, ¿cómo nos perciben?», dice El Moumni. La historia explora cómo esa observación constante puede generar una gran disociación interna.

La violencia que se ejerce cuando se pierde el control sobre el cuerpo

Alia se toma fotos desnuda en la intimidad de su habitación, tratando de entender qué ven los hombres cuando la miran. “Posa, se acuesta, arquea la espalda”, dice la sinopsis. Pero esas imágenes, robadas por un chico francés con quien mantenía una relación ambigua, terminan publicadas en internet. Lo que comienza como una búsqueda de control se transforma en la mayor forma de desposesión. Para El Moumni, esa exposición es una forma de violencia extrema: “El problema es que su cuerpo ya no le pertenece. Está fuera de su control. Está en una pantalla. Es una forma de violación”.

Esta traición, más allá del gesto individual, encarna una violencia colonial y de género que persiste en múltiples formas. Para El Moumni, este acto no es solo revenge porn, sino una forma de violación simbólica: la pérdida del control sobre el propio cuerpo, capturado, fijado y eternamente expuesto en una pantalla. “Estas fotos no estaban destinadas a nadie. Ni siquiera a ser compartidas, ni vistas. Eran para ella”, explica.

Lo más devastador, asegura, es que el daño no termina con la exposición inicial. “Nosotras tenemos que cargar con la vergüenza de haber sido abusadas o expuestas, mientras ellos no sienten nada”, afirma. Y para ilustrarlo, recuerda una escena reciente de la serie británica Adolescencia, en la que una chica de trece años aparece en una foto sin su cara, solo mostrando el pecho. La reacción de sus compañeros es inmediata: “Es una puta”, dicen. “Y fue en ese momento —relata Salma— cuando pensé: incluso en el Reino Unido, donde dan lecciones sobre libertad y feminismo, una adolescente pierde todo su valor solo por mostrar una parte de su cuerpo”.

Para ella, la violencia simbólica que ejercen los hombres sobre los cuerpos de las mujeres no se limita a contextos conservadores o a países con legislación restrictiva. “Incluso en los países más occidentales, una mujer pierde valor solo porque alguien le ha visto el pecho. Es universal”, sentencia Salma El Mounmi. La cultura de la violación, la vergüenza impuesta y la cosificación son fenómenos que trascienden las fronteras. No hay lugar donde una mujer no sea vulnerable al ser reducida a una imagen, a un cuerpo.

Y aún más: esa imagen, una vez digitalizada, ya no tiene vuelta atrás. “Es solo una foto, son solo unos píxeles en una pantalla, podrían decir. Pero no. Lo que se pierde no es solo la privacidad, es la soberanía sobre una misma”, explica. La exposición digital perpetúa la violencia: es permanente, incontrolable, omnipresente. Y Alia, como tantas otras, debe vivir con ese miedo a ser reconocida, a ser juzgada, a ser condenada por haber sido víctima.

Estar en las «entre medianías», reconocer una lengua que no es la nuestra

Hay un desequilibrio social, lingüístico, –propio– que atraviesa toda la obra. El Moumni reflexiona sobre cómo el patriarcado logra que las mujeres sientan vergüenza incluso cuando han sido víctimas. Lo más doloroso, señala, es que muchas veces creemos que el silencio y la discreción nos protegerán, cuando en realidad solo nos vuelven más invisibles. Por eso, Adiós, Tánger también es una declaración de principios.

Hablar, sin embargo, no es fácil cuando una vive entre lenguas. La autora escribe en francés, pero piensa muchas veces en árabe. Confesó, también, sentir una permanente inseguridad al expresarse en idiomas que no son los suyos, especialmente en contextos públicos. Sin embargo, ha aprendido a abrazar esa mezcla: sus textos contienen guiños al árabe, repeticiones culturales, nombres con significados ocultos. Se niega a borrar su lengua materna para adaptarse del todo a otra.

La identidad, para Salma, no es algo fijo ni elegido completamente. Es una tensión entre determinismo —género, raza, clase, lengua— y libertad de acción. Ella misma confiesa no saber de dónde es, ni a dónde pertenece. Vive en Francia, escribe en una lengua que no es la suya, y narra sobre un país que ya no puede habitar. Esa sensación de «entre-medianía», como la llama, es también el material esencial de su literatura.

«El silencio es una mentira que nos enseñaron para sobrevivir»

Si hay una fuerza subterránea que atraviesa toda la novela —y toda la conversación con El Moumni— es el peso del silencio. Desde pequeñas, las mujeres son educadas en la discreción, en la obediencia, en la invisibilidad como estrategia de supervivencia. Y esa enseñanza, aunque a veces disimulada con discursos de prudencia o modestia, es profundamente opresiva. “Crecemos creyendo que si no se nos ve, si no hablamos, entonces estaremos a salvo. Pero eso no es libertad. Es solo otra forma de sumisión”, afirma Salma con firmeza.

Durante gran parte de su vida, Alia cree que pasando desapercibida logrará la paz. Que si se calla, nadie la atacará. Que si se borra, nadie la lastimará. Pero esa idea es una trampa. “Ella realmente pensaba que siendo silenciosa, discreta, invisible, iba a ser libre. Libre del juicio, del castigo, de la violencia. Pero lo que descubre es que esa invisibilidad no la protege, solo la aísla. El patriarcado quiere eso de nosotras: que no hablemos, que no existamos”, explica Salma, tambien diciendo que, en muchos sentidos, escribir Adiós, Tánger fue, en muchos sentidos, un acto de rebelión contra esa imposición del silencio. 

Quería escribir un libro en el que una mujer hablara sin parar. Que hablara fuerte. Que hablara mucho. Que hablara de todo lo que nunca pudo decir”, explica. En ese sentido, el uso de la segunda persona también es significativo: el monólogo interior de Alia se transforma en una suerte de duelo entre su yo silenciado y su yo que por fin habla. “Es una conversación entre dos versiones de ella misma: una que mira y otra que es mirada. Una que juzga y otra que resiste”.

La literatura, entonces, se convierte en un lugar de restitución. No de la pureza, ni del orden perdido, sino de la voz: una que ha sido negada, mutilada, disciplinada durante años y que de pronto se desborda, ocupa la página, exige atención. “Quería ver qué pasaba cuando alguien así empezaba a hablar. Cuando una mujer, que ha sido enseñada a callar, rompe esa regla”, explica Salma. Y lo que ocurre, en efecto, es que todo tiembla. La estructura, el lenguaje, los recuerdos. La escritura de Adiós, Tánger no es elegante ni complaciente. Es tensa, directa, punzante. Porque habla desde una herida abierta, no desde la distancia intelectual. Habla desde la rabia, desde el miedo, desde la necesidad urgente de decir lo indecible. “No sé si escribir sana, pero al menos te da el poder de decir tu historia con tus propias palabras”, concluye.

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