Cuando el amor, la amistad y la fe dejan de ser refugio, solo queda la sangre: así construye Aixa de la Cruz el pulso desnudo de su nueva novela
Hay una herida que atraviesa a toda una generación: la certeza de que el amor ya no basta. Que encontrar a alguien, compartir una cama o una vida, no garantiza nada parecido a la plenitud. En Todo empieza con la sangre (Alfaguara, 2025), Aixa de la Cruz escribe desde esa grieta. No para cerrarla, ni para ofrecer instrucciones de supervivencia, sino para sentarse dentro de ella y observar qué pasa cuando dejamos de creer en la promesa romántica que nos vendieron.
La protagonista, Violeta, arrastra desde niña una falta que ningún afecto consigue llenar: ni el amor intermitente de Paul, ni la estabilidad controladora de Salma, ni siquiera la complicidad libre de Chiara y Bea (qué divertido es darse cuenta de que prácticamente todos los personajes de la novela tienen los nombres de los triunfitos de Operación Triunfo 2023). Uno tras otro, los vínculos que deberían curarla solo agrandan el agujero que lleva dentro. Lo que De la Cruz propone es mapa de los fracasos afectivos de nuestra época: el amor como espejismo, la pareja como trampa, la amistad como refugio temporal. Y al fondo, una intuición radical: quizá ya no se trate de encontrar a alguien, sino de encontrar otra forma de estar viva.
El mito que ya no nos protege
Todo empieza con la sangre radiografía el colapso de un sistema de afectos basado en la monogamia, la pareja y la búsqueda de la completud a través de otro. No es casualidad que Violeta transite por relaciones heterosexuales, lésbicas, abiertas y monásticas, como quien recorre las ruinas de una civilización que ya no cree en sus propios dioses. Cada nueva tentativa amorosa funciona como un test fallido: otro intento de encajar en moldes que ya no sostienen a nadie.
Aixa de la Cruz no escribe desde la distancia, ni desde la nostalgia: su mirada es seca y casi clínica. No hay épica en las decepciones de Violeta, solo la constatación de que, incluso cuando el amor se disfraza de libertad o de sororidad, el vacío sigue ahí, intacto. Amar ya no es sinónimo de pertenecer; ser amada ya no basta para salvarnos del desmoronamiento. El mito del amor romántico, ese que prometía salvarnos, ha perdido utilidad, y sin embargo, como en una adicción antigua, seguimos buscando en otros la confirmación de que somos queribles. Aunque sepamos que ya no funciona, aunque sepamos que no hay reparación posible en la fusión romántica.
El problema es que el amor ya no cura y opera como una trampa, una especie de espejismo emocional que nos arrastra a repetir dinámicas conocidas, a hipotecar nuestra autonomía con la esperanza de una plenitud que nunca llega. La herida del deseo no se sutura en los cuerpos de los demás, pero muchos siguen actuando como si así fuera.
La amistad como posibilidad… y como límite
Durante un tiempo, Violeta cree encontrar una salida: la amistad femenina como nueva forma de pertenencia, un espacio donde no haya exigencias de exclusividad ni de renuncia. La utopía relacional se imagina aquí como una casa en el campo, donde los vínculos se organizan horizontalmente, donde las tareas son colectivas y la intimidad no necesita justificaciones: un pequeño ensayo de comunidad emocional donde las reglas del juego romántico tradicional parecen haber sido suspendidas.
Pero incluso aquí, Aixa de la Cruz es implacable: la amistad tampoco ofrece garantías. No todo vínculo alternativo es automáticamente más sano. La posibilidad de una vida afectiva distinta no depende solo del formato (amistad, poliamor, comunas rurales) sino de deconstruir las lógicas afectivas que llevamos tatuadas bajo la piel: la dependencia, el miedo al abandono, la necesidad de ser necesaria para otro.
Mientras esos esquemas sigan intactos, cualquier forma de relación —por muy alternativa que sea— corre el riesgo de repetir los mismos mecanismos de asfixia emocional. La amistad, en Todo empieza con la sangre, no es el final feliz de la historia. Es apenas otro intento más de construir sentido en un mundo que se resiste a ofrecérnoslo. Una pausa en la guerra, quizás, pero no el fin de la batalla.
El cuerpo y la fe: nuevas geografías del deseo
Entonces el amor romántico y la amistad se revelan insuficientes, así que Violeta dirige su búsqueda hacia la espiritualidad como un último intento de nombrar lo que duele. Cuando ya no hay amante ni amiga capaz de sostenerla, el deseo muta en hambre de trascendencia.
Aixa de la Cruz enlaza aquí con un fenómeno contemporáneo que va mucho más allá de las modas de la autoayuda o del yoga de Instagram: la necesidad real de creer en algo que no se desgaste con el roce de la vida cotidiana. La vida monástica, el estudio de los textos medievales, el redescubrimiento del amor cristiano no como dogma, sino como vibración espiritual, aparecen en la novela como intentos desesperados —o lúcidos— de encontrar un lenguaje para ese vacío.
No se trata de una fe reaccionaria ni de una conversión dogmática. Es, más bien, la intuición de que el deseo humano, cuando se despega de los cuerpos concretos, sigue pidiendo algo a lo que entregarse. Algo que no pida reciprocidad inmediata ni facture emocional por cada caricia. La posibilidad de una vida monástica, la práctica de la fe como forma de pertenencia sin condiciones, aparece como una utopía vulnerable. No hay certezas, ni salvaciones definitivas. Solo la intuición —hermosa y dolorosa a la vez— de que quizá el deseo más radical sea el deseo de dejar de necesitar. Y en ese gesto final de Violeta hay más política que en muchas proclamas feministas contemporáneas: apostar por la fe en un mundo cínico es también una forma de resistencia.
Una literatura del cansancio, pero también de la resistencia
Todo empieza con la sangre no ofrece soluciones, ni lecciones. Pero en su honestidad descarnada hay una forma de resistencia. La resistencia de decir: estamos cansadas, pero seguimos aquí, de aceptar que el amor, la amistad o la fe no nos completan, y que aun así elegimos seguir buscando, seguir tocando, seguir nombrando lo que nos duele.
Aixa de la Cruz se inscribe aquí en una tradición de escritoras que han narrado el cansancio como forma de lucidez política: Virginie Despentes, Chris Kraus, Annie Ernaux, mujeres que se niegan a fingir que las estructuras afectivas rotas puedan recomponerse simplemente cambiando de pareja o de terapia, que saben que la verdadera revolución empieza por reconocer el agotamiento colectivo de cargar con un modelo relacional que ya no nos sirve. En tiempos de discursos edulcorados sobre el «amor propio» y la «autenticidad», Aixa de la Cruz entrega una novela incómoda, lúcida, necesaria. Una novela que entiende que el vacío no se llena con recetas de autoayuda, sino con la aceptación de nuestra herida común.
Aceptar la herida es empezar a habitarla con dignidad, entender que el dolor no nos vuelve débiles, sino humanas. Que la falta no es un error a corregir, sino el punto de partida de cualquier forma posible de libertad. Al final, lo que nos salva no es encontrar a alguien que nos ame como queremos, lo que nos salva —si algo puede salvarnos— es reconocer que el vacío existe y decidir vivir con él. Decidir no construir más ídolos sobre cuerpos ajenos. No pedirle al amor que sea lo que no puede ser. No convertir la carencia en culpa. Aceptemos que somos, y siempre hemos sido, seres heridos que buscan. Y que quizás, en esa búsqueda sin fin, también hay una forma de belleza.


