Pablo Hasél: Las palabras no se las lleva el viento

La necesidad de establecer límites más claros y de modificar el Código Penal se hace palpable en el caso Hasél

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La necesidad de establecer límites más claros y de modificar el Código Penal se hace palpable en el caso Hasél

Pablo Rivadulla Duró, más conocido como Pablo Hasél, ha sido condenado a nueve meses de prisión por enaltecimiento del terrorismo e injurias a la corona. Así lo ha decidido la Audiencia Nacional, muy a pesar de los miles de manifestantes que han causado estragos en toda España, y de los que no se ha librado ni la Puerta del Sol, en Madrid.

La libertad de expresión es uno de los pilares fundamentales que diferencian a una democracia de teocracias o dictaduras. La cuestión se encuentra en sus límites, ¿acaso estos deben existir?

Siguiendo las palabras del filósofo Jean-Paul Sartre, «mi libertad termina dónde empieza la de los demás», o, dicho de otra manera, «tu libertad termina donde comienza la mía». Sea como fuere, la realidad es que son pensamientos y palabras, y aunque se piense lo contrario, estas pueden tener un gran impacto y consecuencias. Discursos del odio tan sonados como el de Hitler han llevado a desgracias como la del holocausto judío en la Segunda Guerra Mundial.

En este ámbito más que en ninguno la ley debe ser clara y concisa. Esta quizá sea la clave de la problemática. No solo es cuestionable la lectura de los artículos 578 y 510 del Código Penal, sino también el comportamiento del Gobierno respecto al caso Hasél. Las revueltas han sido sonadas. Como si de una batalla campal se tratara, manifestantes acudieron con picos a la capital española para arrancar adoquines y lanzárselos a la policía. Esta tampoco se quedaba atrás, cargando contra todo aquel que considerasen alteraba el orden público.

La realidad es que el mismo Gobierno que mantiene vigentes dichas leyes que han metido a Pablo Hasél en prisión alienta a los manifestantes a protestar por ellas. Pablo Echenique, portavoz del Grupo Confederal UP-EC-GeC en el Congreso de los Diputados, lanzaba el pasado 17 de febrero las siguientes palabras por medio de la red social Twitter: ‘Todo mi apoyo a los jóvenes antifascistas que están pidiendo justicia y libertad de expresión en las calles. Ayer en Barcelona, hoy en la Puerta del Sol. La violenta mutilación del ojo de una manifestante debe ser investigada y se deben depurar responsabilidades con contundencia’.

Las declaraciones de Pablo Echenique han pasado inadvertidas para muchos, pero ¿acaso no es esto también un discurso de odio? Nunca se deben apoyar acciones violentas. Discursos de este tipo, al igual que el de Pablo Hasél, son los que dividen a una sociedad, la polarizan, y favorecer la proliferación de grupos radicales. Estos efectos son más intensos si el discurso lo realiza un personaje de gran relevancia pública o de gran impacto mediático y social.

Si hay descontento con las leyes y con la forma de actuar, es el Gobierno el que debe cambiarlo. El Congreso es el encargado de modificarlas, aprobarlas o derogarlas. Así lo estudian en la actualidad, aunque tan solo se haya hablado del artículo 578 sobre el enaltecimiento del terrorismo.

La libertad de expresión es fundamental para un país democrático, pero no todo vale. Hacer llamamientos a la violencia, al terrorismo, al racismo, machismo u homofobia debe estar penado. Pablo Hasél los realizó con frases como «No me da pena tu tiro en la nuca, pepero» o «Pena de muerte ya a las Infantas patéticas, por gastarse nuestra pasta en operaciones de estética».

Pablo Hasél | Fuente: RTVE.es

La línea entre libertad de palabra e incitación al odio es tan fina que casi puede volarse de un soplido. Barajar conceptos tan abstractos y subjetivos a nivel jurídico es inútil e imposible de gestionar. Siempre habrá controversia. Es por esto por lo que es necesario hacer modificaciones. Ser más claro en la redacción de dichos delitos y penas es imprescindible para su correcta aplicación.

Finalmente, y aunque abogue por una modificación del Código Penal para no ser testigo de escenarios como este, es importante saber el contexto ante el que se encontraba el cantante y rapero antes de entrar a la cárcel. Varios fueron los avisos que recibió antes de llegar a este punto, avisos que fueron ignorados de diferentes formas: insultando y rociando con un líquido de limpieza a un periodista de TV3, continuando publicando tweets apoyando a diferentes terroristas, y negándose a ir de forma voluntaria y pacífica a prisión. Hasél tensó tanto la cuerda que terminó rompiéndola.

Las redes sociales e Internet han dado altavoces a personas anónimas. Desde sus casas pueden hacer que sus voces y pensamientos den la vuelta al mundo. Pablo Hasél ha dado la vuelta al país con sus mensajes revolucionarios, y estas son las consecuencias.  La palabra es poder y, tal y como dice el refrán, no siempre se las lleva el viento.

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