A todos los hijos de los hijos de

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Mi generación, la llamada ‘Z’, es hija de aquellos que a su vez lo fueron de los que vivieron, sino recién nacidos la guerra, la más cruda posguerra autárquica. La posición de cada cual marcó el devenir de su descendencia en una línea ideológica que, aunque viva y radicalmente polarizada, subyace ahora latente. Parece que nos hemos resignado. Que no somos capaces de escribir ya sin plantillas decimonónicas. Que de las artes solo valieron las de los maestros de siglos pasados. Que lo nuevo ya no vale, ya no es bueno, ya no es nuevo. Parece que no somos sino hijos de hijos de.

Vayamos al grano. Este es un llamamiento a todo aquella y todo aquel que se sienta parte de la generación de la que hablo, de los que se dice que nos lo han dado todo hecho, de los que se espera un mundo, aunque paradójicamente no haya apenas expectativas puestas en nosotras. Esto es para la generación a la que se masacra por hacer las cosas que hacen los jóvenes, por no llegar nunca a la meta esperada, por no hacer más y más y más, y por sabe quién qué más cosas que ellos siquiera cumplieron cuando transitaron nuestra edad.

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A nuestra generación nos han caído dos crisis socioeconómicas -además de sanitaria la segunda- que nos han fijado en la corteza la triste idea, recién cumplida o sin cumplir apenas la primera década, de que el trabajo es un bien en sí mismo por la poca demanda del mismo. Años más tarde, ya en la segunda de las crisis, una se da cuenta de que el trabajo abunda, claro está, no sin embargo las condiciones y salarios básicos para poder cubrir los mínimos –vitales y de subsistencia. Nos lo han dado todo hecho.

Por no darnos, fíjese usted, no han sido capaces de darnos siquiera una referencia cultural decente. Ya no se oye hablar más de los Larra o de los Ortega, figuras influyentes tanto en su disciplina como en su sociedad. Gente de peso por su conocimiento y por el respeto tanto a su labor como influencia como a la sociedad en la que trata de ejercer dicho peso. Tenemos influencers, pero no referencias. Deambulamos por un vasto erial sin un farolillo al que mirar en la penumbra en la que estamos instalados. Deambulamos por un páramo; a pesar de los miles de contenidos, de la enorme calidad de las creaciones artísticas (musicales, literarias, pictóricas, audiovisuales), la sensación es de total ausencia. La tercera crisis es cultural. La cuarta: la anímica.

Porque esta generación, a la cual va dirigido el llamamiento, se ha visto de bruces con el problema de tratar de gestionar los tratos de aquellos que jamás se preocuparon por su salud mental y que, por tanto, hacen recaer sus descuidos en sus hijos. O, en su defecto, en los hijos de sus hijos. Llega entonces una pandemia y como colofón hemos de seguir produciendo para no dejar de existir. Encerrados entre cuatro paredes y con ventana a una realidad que ya no está tras la ventana. Y, consigo, la sensación de insuficiencia, de incapacidad, de dejadez, de desesperanza, de páramo emocional.

Este es un llamamiento a los hijos de hijos de, para que reivindiquen su yo y creen sociedad. Para que creen, que no produzcan, que creen, con la conciencia que decidan. Más allá de la idea política que cada cual tenga, más allá de sus preferencias, sus intereses o sus disciplinas: cread y haced sociedad. Creemos y hagamos sociedad. Solo así podremos hacer que renazcan las figuras, los ídolos y los faros que guíen, que se echen a los hombros la responsabilidad de ser vanguardias y opinen en pro de su pueblo. Hoy somos un país de millones de ‘unos’ aislados. Reunámonos, creemos y reivindiquemos mediante el ego esta nueva generación. Dejemos de ser los hijos de hijos de. Y, tú, date por aludida. Date por aludido. 

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