Experiencia siendo voluntaria en el «ESC»

0
151
Bebé tortuga | Fuente: Angela Molina
Bebé tortuga | Fuente: Angela Molina
Publicidad

Cada experiencia es única. Cada vivencia es especial. Cada persona elige diferentes palabras para las mismas emociones. Cada mente construye su verdad. Cada sociedad tiene sus orígenes. Cada voluntariado te cambia la vida

Este verano me uní al «Cuerpo Europeo de solidaridad» y estuve 2 meses en Kazanlı, Mersin, Turquía. Allí mi trabajo como voluntaria se basaba en recoger basura que la playa almacenaba, y vigilar por la noche para la protección de las tortugas. Lo bueno de este tipo de voluntariados es que están subvencionados 100% por la Unión Europea, así como el vuelo, alojamiento, comidas y un dinero de bolsillo.

Hay cientos de voluntariados diferentes en países de la UE y agregados. Yo elegí la organización «Third Eye Education and Youth Association of Mediterranean» ya que pude ver que iba a tener un impacto real e inmediato en el medio ambiente.

Publicidad

Lo enriquecedor de esta experiencia fue el sentido de comunidad. Para mí siempre ha sido muy importante tener gente en la que confiar, pero lo que creamos en el proyecto nunca antes lo había sentido. Sentirse parte de un grupo y crear redes de apoyo y cuidado es a lo que todo el mundo aspira. Al vivir 2 meses en el mismo espacio, y estar 24 horas juntos todos los días, se crea una burbuja muy fuerte.

Las sensaciones que permanecen

Todo se ve mejor con perspectiva. Todo se vive más intensamente cuando hay una fecha de fin.

Todavía cuando cierros los ojos puedo sentir el olor a animal muerto de la playa. El olor a mar, la brisa en el pelo. La arena en las zapatillas que se reventaron por subir dunas todas las noches, y persisten con arena meses y lavados después. Me sigo emocionando cuando escucho turco. Echo de menos el sentimiento de comunidad que sentí en el proyecto. Se me había olvidado lo que era quedarse sin tema de conversación, después de pasarme las noches y los días de verano hablando sin parar. Anhelo, aunque suene mal, el sentirme especial, extranjera, diferente, y que la gente te acoja como si te conociese de toda la vida. Reproduzco en mis palabras los valores que allí aprendí y consolidé en mi mente. Cierro los ojos y todavía puedo sentir los sabores del tantuni.

Tantuni | Fuente: Angela Molina

Desde mi experiencia, puedo decir que al tener expectativas muy bajas sobre el lugar y las condiciones me llevé una grata sorpresa cuando me encontré que estábamos en primera línea de playa, en Asia, todo pagado con dinero de la Unión Europea y que encima con la gente conecté muchísimo.

Mi nueva rutina

Los primeros días parecieron un sueño, todo iba de maravilla, poquito a poco nos iban enseñando a realizar las tareas. Vi una «Caretta Caretta» y «Chelonia Mydas» mientras ponían huevos por primera vez en mi vida, y todavía no he encontrado las palabras para describir lo que sentí. Estar en ese proyecto, para mí, fue vivir en una burbuja constante.

En la época de bebés tortugas nuestro trabajo era más importante. Cada día salían cientos de ellas de la arena. Nuestro trabajo se basaba en coger las que iban en la dirección contraria al mar, para llevarlas en la dirección correcta. Para ello tuvimos que construir una valla con nuestras propias manos. También las protegíamos de depredadores no naturales como perros y gatos.

Los primeros días fui una persona increíblemente feliz, y esos días se va a quedar para siempre en mi corazón. Recuerdo a Suleyman, y cómo sin hablar el mismo idioma nos entendía tan bien. Aprecié el atardecer más bonito que he visto en mi vida, y no miento cuando lo digo. No es cliché, es real, pero ahora que lo veo de nuevo creo que lo que lo hizo tan bonito fue la ilusión de los comienzos.

El cariño rápido y las primeras veces

Tuve la suerte de pasar mi cumpleaños en Turquía, y los 20 me parecieron como si se metiesen en mi cuerpo sin fuerza. Yo estaba acostumbrada a odiar mi cumpleaños y llorar siempre ese día, pero aquí no tenía presión. Me hicieron una sorpresa regalándome una tarta y me di cuenta de que cuando no esperas nada, cuando no tienes expectativas, todo es más interesante y divertido. Reflexioné mucho ese día y decidí que quería añadir a mi vida esa manera de afrontar las cosas.

Por aquel entonces llevábamos 6 días juntos y ya parecía que nos conocíamos desde hace años. El cansancio se empezó a notar cuando cada vez encontramos más basura pesada en la playa.

Voluntarias recogiendo basura en la playa de Kazanli | Fuente: Ángela Molina

Es raro ver animales muertos en una playa tan pura. Vi un delfín por primera vez en mi vida, y fue desintegrado. Nos encontramos una vaca que olía a kilómetros a carne podrida. Había cientos de huesos en la arena y numerosas veces intentamos adivinar de qué animal se trataba. Un día una tortuga mamá que acaba de morir nos sorprendió en la orilla. Sin quererlo pasamos más de 5 minutos en silencio, mirando la tortuga y preguntándonos si lo que sucedió fue por nuestra negligencia. No teníamos ni idea de que la muerte de las tortugas iba a estar cada vez más presente en nuestros días.

El cambio del segundo mes

Conocimos a 2 voluntarios locales (Ismail e Isa), que al principio no tolerábamos, pero pronto se convirtieron en dos de las mejores personas que conozco. Ahí me di cuenta de lo peligrosos que son los prejuicios. Para conocer y entender a alguien tienes que tener en cuenta muchas cosas, como su cultura, y eso nos costó integrarlo. Las barreras lingüísticas tampoco ayudaban a entenderlos.

En el segundo mes todo cambió. Se fueron 4 voluntarias para venir otras 6. Ahí te das cuenta de que la experiencia lo hace la gente. Tuve muchos momentos de bajón y reflexión. Vimos una tortuga bebé albina. Conocí a gente que me hizo crecer emocionalmente. En ese momento hablé de temas más profundos. Aprendí más que nunca en mi vida sobre formas de vivir y afrentar el mundo. Victoria (Una voluntaria rusa) me enseñó lo que es vivir con pasión. Y Juliana (una voluntaria Polaca) me enseñó de la importancia de hablar las cosas. Divagábamos todos los días y a veces ni sentía el cansancio. Cambiamos el baño de las mañanas por el baño de las madrugadas mientras veíamos amanecer. Me sentí más libre.

Mi última semana, al igual que la primera, fue mágica. La recuerdo con colores muy brillantes. Me dolía la cara de reírme. Nos esmerábamos en cocinar comida rica que nos alegrase el alma. Trabajaba con calma, incluso en mis días libres, por pasión. Pinté una silla que se quedará en Kazanlı con un trocito de mi corazón. Decidimos meter tinta en nuestro cuerpo para sellarnos con esta experiencia. Dije todo lo que me faltaba por decir. Me despedí con amor y respeto. Romanticé un lugar que me acogió y me cambió.

Las realidades a las que te enfrentas

Es raro ver cómo nadie del pueblo se preocupa por la cantidad de basura que hay en esa playa virgen y salvaje tan preciosa. Yusuf (nuestro mentor) nos explicó que cuando no tienes para comer la playa te da igual. Me di cuenta de mis privilegios, y es un tema del que reflexiono casi todos los días.

Este viaje me ha dado esa consciencia de privilegios que tanto necesitaba. Me siento mal cuando me doy cuenta de lo egoísta que soy, incluso no me encuentro merecedora de lo que tengo. ¿Por qué yo sí y ellos no? Pero comprendo también que ya que los tengo, hay que usarlos.

Hay muchos momentos malos, no voy a mentir. Llegó un momento que por el cansancio físico y mental me quise volver. La diarrea nos acompañaba todas las semanas. Con la gente hubieron mal entendidos que fueron difíciles de gestionar. La falta de tiempo libre quema. La no intimidad durante 2 meses cansa. El cansancio de cargar redes de pesca de 30 kilos y andar 10 kilómetros entre dunas de arena todos los días, parece insoportable. Dormíamos lo poco que nos dejaba el sol, el calor y los vecinos haciendo su vida como gente funcional.

Pero lo bueno es que cuando ya no tienes energía y ves que no puede más, venían nuevos voluntarios. Decíamos que necesitábamos de voluntarios nuevos para «chuparles la energía»; ya que cuando llegas nuevo tienes una luz especial.

Cada vez tengo más claro que se fue una persona, y volvió otra. Volvió una persona que escuchaba más, estaba en paz con el entorno, con la gente y con lo que venía. Volvió una persona con muchas ansias de comunidad, de vivir mundo, de cambiar las cosas. Pero también volvió una persona exhausta y enferma.

Voluntarios en el turno de noche | Fuente: Angela Molina
Voluntarios en el turno de noche | Fuente: Angela Molina

El choque de volver

Me resultó raro y difícil volver a mi «independencia cosmopolita».

Me pasé más de un mes recordando todos los días, a todas horas, a la gente y la experiencia que me dejé detrás. De tanto pensar, me empecé a preguntar si tal vez lo que más echaba de menos era el yo que era allí.

Comprendí lo que decía Sheyhan sobre «cuando te vas solo te quedas con la parte buena de la experiencia». No podía parar de ponerme en contacto con la gente que conocí allí.

Me empezaron a salir eccemas y granos de los cuales me había alejado durante 2 meses. La ansiedad empezó a volver. Ya no andaba tranquilamente, si no que corría para coger ese tren que llegaba en 1 minuto. Me chocó que la gente no fuese amable. Me chocó el individualismo extremo. No me podía creer que por un filete de pollo me cobrasen 6 euros (120 liras aproximadamente).

El shock fue más grande al volver que al irme. Entendí y experimenté muchas cosas nuevas. Por eso recomiendo hacer un voluntariado del ESC, para salir de tu zona de confort, darte cuenta de la diversidad europea y vivir una experiencia para recordar toda tu vida.

Publicidad | Advertisement