Mucho se puede decir sobre el regreso de Sálvame. Reza la cabecera del nuevo formato de Quickie, que materializa el espíritu de tan mítico programa, lo siguiente: «vuelve la televisión, vuelve la travesura, el petardeo, el salseo y la intrascendencia» Y es que solo han sido unos pocos días lo que han necesitado algunos de los rostros que forman parte de la historia televisiva viva de este país para demostrar que, a pesar de todo, siguen estando más fuertes que nunca.
Si tuviera que definir la llegada de Ni que fuéramos Shhh a las plataformas, lo haría con una palabra: rutilante. La vuelta del elenco televisivo más icónico de España ha sido brillante. Y es que aunque ahora el programa se emita a través de Internet, y eso conlleve que sus fieles más acérrimos tengan que adaptarse a la nueva forma de visionado por supervivencia, está claro que el formato ha vuelto con más energía y más ganas que nunca de entretener, porque es ese su objetivo último.
Y es que tan solo llevan unos pocos días de emisión cuando estoy escribiendo estas líneas. Pero, desde luego, parece que no haya pasado el tiempo, como si esa noticia tan fatídica y repentina de la cancelación del programa por parte de Telecinco —o como lo llaman ahora, la cadena de enfrente— nunca hubiera sucedido.
Siguen siendo ellos mismos, con sus mismas personalidades: la espontaneidad y protagonismo innato de Esteban; la profesionalidad de Patiño; la —a veces extrema— sensibilidad de Lozano… y así con todos. ¿Quién diría que ha pasado ya un año desde la cancelación del Sálvame original?
Decía unas líneas más arriba que vienen a entretener, pero a lo que también vienen es a hacer justicia. Justicia para dignificar un formato que cambió las reglas de la televisión, y que finalizó de una manera tan trágica. Y es que necesito destacar el término «intrascendencia». ¿Acaso todo formato televisivo debe ser, por definición, un hito a la intelectualidad? ¿Una experiencia cultural elevada, digna de halago por parte de únicamente un grupo reducido de individuos? En absoluto. Sálvame no nació con la intención de acrecentar el capital cultural de las personas, sino con el mero pretexto de entretener y acompañar. Acompañar a una parte del público, aquellos que pretendían dejar los problemas a otro lado a través de reírse de lo absurdo, la alabanza a lo mundano y la veneración a lo ridículo de las vidas ajenas.
Lo que está claro es que marcaron un antes y un después en la historia de la televisión. Sálvame y sus colaboradores han pasado de ser meros personajes de la pequeña pantalla a iconos sin precedentes en la cultura pop. ¿No es acaso ejemplo de esta revolución petarda que María Patiño se confunda al decir dixit, y Belén Esteban pregunte a Siri algo completamente distinto? ¿Quiénes somos nosotros para decir que eso no es un gran hito para la cultura de Internet? Sin duda, es una muestra clara de que han conseguido apoltronarse en el Olimpo de lo absurdo.
No somos pocos los que crecimos viendo Sálvame en la televisión. Y si ahora han vuelto, será porque les toca revivir la parrilla televisiva de la mejor manera que saben: haciendo historia. Y desde luego, yo seré espectador de semejante resurrección. Larga vida a lo absurdo.


