Todos recordaremos la escena de la película Stuart Little donde la ilusión de Aarón gritando: «¡Es hoy! ¡Es hoy!», puede resultar, para algunos, desoladora. Ese entusiasmo pletórico llega a ser contagioso para quienes ansían la llegada de esta fecha especial, o una punzada para los que les toca vivirla desde una perspectiva más sombría.
Desde el 1 de noviembre despedimos Halloween para dar una grata bienvenida a la Navidad. Una época esperada para muchos y temida para otros. Hay quienes la asocian con reencuentros familiares, villancicos y películas de sobremesa en Antena 3 pero, ¿y qué hay de aquellos para quienes el silencio se convierte en su único acompañante?
El sentimiento de soledad se intensifica durante las fiestas navideñas. Mientras unos cumplen con las expectativas marcadas de compartir comidas abundantes, encontrar regalos bajo el árbol y ver las luces de la ciudad, otros lo observan desde la distancia, como si fueran meros espectadores voyeurs de esta impronta navideña.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) no duda de que la soledad no deseada es una amenaza creciente para nuestro bienestar. En respuesta puso en marcha una comisión para fomentar la conexión social, porque no es lo mismo elegir estar solo que estar obligado a ello. Mientras que la soledad elegida puede resultarnos acogedora, e incluso un momento de introspección y calma, la soledad no deseada genera aislamiento y desconexión con el resto.
El aislamiento social y el no sentirte vinculado con la sociedad nos puede afectar en cualquier etapa de nuestra vida. Según un estudio de Fundación ONCE y Fundación AXA, un 13,5% de la población española sufre soledad no deseada. Un problema persistente y que siete de cada diez personas lo han sufrido alguna vez. Unos datos alarmantes en los que las mujeres y los jóvenes encabezan el baremo. Ante esta situación cabe preguntarse quién tiene la responsabilidad de frenar esta odisea: ¿el Gobierno? ¿La educación? ¿O la sociedad en su conjunto?
Muchas personas llenan su vacío emocional con algo externo para tratar de encajar o darle un sentido a su vida, especialmente en Navidad. Recuerdo al personaje Jack Skellington, protagonista de la película de animación Pesadilla antes de Navidad de Tim Burton, viviendo algo similar. Su deseo de repartir felicidad, en lugar de sustos, le lleva a querer «robar» la Navidad e incluso a secuestrar a Santa Clavos (Santa Claus) con tal de encontrar ese propósito que tanto anhela. Una historia que conecta con la realidad de muchas personas en estas fechas porque ¿quién no ha deseado sentirse amado por los demás? ¿Es cuestión de hacer todo lo posible por no estar solos y cumplir con las expectativas de estas fechas navideñas?
En esta película podemos ver cómo Jack, en su intento de rellenar ese vacío, acaba viendo que no le hace feliz. Quizás no exista una fórmula para acabar con la soledad no deseada, sino que el quid de la cuestión esté en aceptar y valorar la realidad de uno mismo. En Japón existe un concepto conocido como Ikigai: la razón de vivir o razón de ser. Este término nos sugiere que la verdadera satisfacción con uno mismo se encuentra en la fusión de estos cuatro factores: aquello que amas, aquello en lo que eres bueno, aquello que el mundo necesita y aquello por lo que pueden pagarte.
Aceptar la soledad no significa resignarse a ella, sino aprender a convivir con ella y darle un sentido. Al igual que Jack encuentra su propósito, quizás este 25 de diciembre descubras que la soledad no tiene por qué ser tu enemiga, sino un momento para reconectar contigo mismo.
Hay otras veces en las que la soledad se disfraza de pérdida, como cuando desaparece nuestro hogar y nos deja una sensación de vacío. Este año, muchas familias afectadas por la DANA acogerán la Navidad con el eco de lo perdido; aferradas a la mínima esperanza de que les hubiese tocado la Lotería de Navidad. A pesar de que muchas de ellas llevaban la terminación 29, en ofrenda al día de la catástrofe, no hay dinero que les devuelva lo perdido. Quizás el mejor regalo que podemos hacer esta Navidad sea dar valor a lo que tenemos, llenando el silencio de solidaridad e ilusión.

