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La homofobia, por fin, condenada

Ayer, 8 de enero de 2025, la sociedad española avanzó de manera significativa en el tan arduo camino hacia los derechos, la justicia y la igualdad del colectivo LGTBIQ+. Por fin los asesinos de Samuel Luiz han sido condenados por sus actos deplorables. Ayer fue un buen día para sentirse orgulloso de pertenecer a este país. Orgulloso de ver cómo la homofobia se paga con la cárcel. 

En 2021, Samuel fue asesinado por un grupo de matones homófobos, y han tenido que pasar casi cuatro años para que esos seres hayan recibido una condena a pagar por semejante tropelía. Diego Montaña, Alejandro Freire, Kaio Amaral y Alejandro Míguez —sí, que se conozcan sus nombres— pasarán de diez a veinticuatro años en prisión. Catherine Silva, por otra parte, ha sido absuelta. Una condena, en realidad, escueta, si nos paramos a pensar que Samuel nunca más volverá a ver la luz del sol, nunca más podrá ver cómo la justicia ha actuado con sensatez. Si recordamos que fue asesinado al grito de «maricón». Que murió por ser quien era. 

Decía Isabel Díaz Ayuso a los pocos días de su asesinato que «veía mal acusar sin motivo, sin pruebas, como pasó con el chico de Galicia». Ayuso, sepa usted que las pruebas y los testigos han acabado saliendo a la luz y que, efectivamente, a Samuel lo asesinaron por ser gay. Que solo por pertenecer al colectivo LGTBIQ+ existe mayor probabilidad de ser víctima de algo similar. Que por amar te pueden quitar la vida. El problema no es que la presidenta de la comunidad autónoma de Madrid verbalice semejante desfachatez —que también— si no la resonancia que tienen semejantes palabras en nuestra sociedad.

Y es que, con discursos como ese, una parte de la sociedad se seguirá echando las manos a la cabeza al ser testigo de sucesos así de horripilantes, mientras que otra parte aceptará de manera tajante planteamientos como los de Ayuso. Luego que por qué pasan estas cosas. Si seguimos permitiendo y aplaudiendo como sociedad que semejantes intervenciones tengan voz en la política, ¿qué no podrá seguir sucediendo? ¿Cómo educar a la sociedad en valores, tolerancia y respeto si luego una presidenta recibe aplausos tras verbalizar tales ideas? ¿Cómo no sentir miedo avistando un horizonte tan oscuro?

Tal vez la presidenta no sea totalmente consciente de que sus palabras —y las de otros muchos que viven en el foco político— sirven como llave que abre las puertas a la violencia, a la homofobia y al desastre. Que con el resonar de ciertas palabras, aquellos que hacen uso de ellas solo empeoran la situación. La violencia y la intolerancia se nutren de muchas cosas. La manera en la que se verbalizan también es una de ellas.

Sin embargo, a pesar de las palabras de odio, de los actos de odio, parece que no todo está perdido. Ayer se arrojó un poco de luz sobre toda esta lucha, sobre los derechos de tantas y tantas personas. Aquellos que le quitaron la vida a Samuel de manera tan mezquina, pagarán parte de todo el daño y sufrimiento que causaron. Que alguien tenga que perder la vida para que los demás reaccionen, que Samuel Luiz ya no forme parte de este mundo, es sin duda algo que rompe el alma y hace saltar las alarmas. Su muerte marcó un antes y un después en cuanto a la preocupación por los derechos y la garantía de la seguridad del coletivo LGTBIQ+. Pero quizá estaría orgulloso de ver cómo la sociedad española, que en realidad es tan diversa como la vida misma, ha castigado —aunque quizá no de la manera más correcta o compensatoria— un acto tan inhumano como es quitar la vida a una persona por el mero hecho de ser quien era.

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