¿Es la inmortalidad solo otra forma de poder? ¿O es un síntoma de miedo extremo a la irrelevancia?
El otro día, en plena batalla con el catálogo infinito de Netflix, apareció entre mis recomendaciones Don’t Die: The Man Who Wants to Live Forever. El protagonista de este documental, Bryan Johnson, invierte más de dos millones de dólares al año en su cruzada contra el envejecimiento, llevando su cuerpo —y la ciencia— al extremo.
Durante 90 minutos, la película no solo expone los avances más punteros en biotecnología, sino que también plantea una pregunta inquietante: ¿hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar para aferrarnos a la vida?
Lo cierto es que la inmortalidad es, irónicamente, inmortal. Ha estado presente desde el principio de los tiempos y, créanme, no tiene ninguna intención de desaparecer. Desde la antigua práctica medieval de beber oro, pasando por la mítica piedra filosofal de Harry Potter, hasta la criogenización —popularizada por el falso mito de la cabeza de Walt Disney congelada en una nevera— y llegando a las modernas transfusiones de plasma entre generaciones, la humanidad ha explorado infinitas formas de intentar eludir lo inevitable: morir.
¿No son más de 30 las películas que nos recuerdan que la inmortalidad no es una buena idea y que, irónicamente, nunca termina bien? Desde la transferencia de años de vida en Paradise (2023), el intercambio de tiempo en In Time (2011), hasta la realidad distópica de The Island (2005), el mensaje es claro: jugar con la inmortalidad, paradójicamente, suele venir acompañado de un alto índice de mortalidad.
Pero la verdadera cuestión es: ¿Por qué buscamos la inmortalidad? ¿Tenemos tantas metas por alcanzar? ¿Es la inmortalidad solo otra forma de poder? ¿O es simplemente un miedo profundo a la irrelevancia, una codicia insaciable, o el deseo constante de más, sin nunca conformarnos?
Quiero centrarme en esta última pregunta: la codicia insaciable.
Con los exorbitantes precios de las técnicas que prometen acercarnos a la inmortalidad, hasta la cuenta bancaria se sonroja de vergüenza. Y es que la inmortalidad, al final, es solo un privilegio de los ricos.
El mercado de la longevidad mueve actualmente 25.000 millones de dólares y se espera que alcance los 44.000 millones en 2030. Mientras tanto, el 22% de la población mundial sigue sin acceso a atención médica básica. Según la Organización Mundial de la Salud, con solo una fracción de ese dinero —8.700 millones anuales— podríamos reducir la malaria en un 90%, salvando 600.000 vidas cada año. Pero en lugar de destinar fondos a erradicar enfermedades prevenibles, preferimos gastarlos en intentar vivir unos años más.
¿Por qué obsesionarnos con la inmortalidad cuando aún no sabemos garantizar la vida? Con el dinero que algunos invierten en detener su envejecimiento, podrían erradicar epidemias en todo un continente. ¿Es el miedo a la muerte lo que nos empuja a estas decisiones o, en realidad, es el terror de ser irrelevantes? Mientras estas élites se aferran al futuro, ignoran el presente, el que sigue cobrándose vidas en Palestina, en el Congo, en tantas otras crisis humanitarias.
Uno de los avances más destacados en la medicina actual es la terapia génica, que ofrece el potencial de curar enfermedades previamente incurables. Sin embargo, el acceso a estos tratamientos sigue siendo una realidad distante para quienes más los necesitan: las personas en los países en desarrollo.
Mientras unos gastan millones en terapias génicas para rejuvenecer, otros mueren esperando un simple antibiótico. Y cuando la medicina no llega a tiempo, el mercado negro lo hace: cada año, alrededor de 12.000 trasplantes ilegales generan más de 1.400 millones de dólares en redes criminales. La vida de unos se alarga; la de otros, simplemente se vende al mejor postor.
Quizá no sea el miedo a la muerte lo que los mueve, sino el pavor a ser olvidados. La necesidad de dejar una huella en el tiempo. Pero ¿qué legado deja alguien que elige prolongar su existencia mientras permite que otras terminen la suya antes de tiempo?
Si la inmortalidad es el último símbolo de estatus, entonces la muerte se ha convertido en una cuestión de clase. Porque no todo el mundo tiene el lujo de temer al envejecimiento cuando la prioridad es sobrevivir al día siguiente.

