Todo es instantáneo y sin duración: lecturas, luchas, y hasta las modas
La rapidez e inmediatez con la que consumimos libros, ideas y noticias está alterando no solo el ritmo de la cultura, sino también nuestra relación con ella. ¿Qué valor tiene lo que apenas dura unos días?
Vivimos en un círculo donde siempre hay un nuevo libro de moda, un escándalo en redes, una frase mal interpretada o algo que hace olvidar lo anterior. Lo rápido le gana a lo importante, y nuestro interés dura lo que el algoritmo decida. El problema no es solo tener demasiada información, sino que ya no sabemos concentrarnos, pensar con calma o analizar bien, porque vivimos obsesionados con lo instantáneo.
El consumo de cultura está cada vez más guiado por la rapidez. Se da más valor a lo que llama la atención por un corto tiempo. Por eso, el contenido se mide por su capacidad de volverse popular. Leer, por ejemplo, ya no es solo una actividad personal, sino una experiencia social que necesita ser aprobada en redes.
Se recomiendan libros que muchas veces no se terminan y se comparten frases sin explicación, porque lo importante es estar en la conversación mientras dure. Algo parecido ocurre con las causas sociales y las polémicas que vemos en las redes. En esto se suele basar la «cultura de la cancelación»: algún suceso que vemos con gran inmediatez a través de las pantallas nos indigna, pero al cabo de las horas este motivo se nos olvida y pasamos al siguiente.
Esta cultura de lo efímero empuja a priorizar la novedad por encima de la calidad, y muchas voces se adaptan a esa exigencia para no quedar fuera. Las ideas no se desarrollan bien porque tienen que ser rápidas y los argumentos no se profundizan porque deben entenderse en segundos. Pensamos solo en lo práctico, en lo que se puede compartir fácilmente, no en lo que vale la pena debatir.
El problema no es que consumamos mucho, sino que lo hacemos sin entenderlo. Tener más información y más voces es bueno, pero vamos tan rápido que ya no sabemos ni pararnos a pensar, ni nos acordamos de las cosas, ni miramos más allá de la inmediatez.
Frente a esta forma de vivir tan rápida, tal vez la forma más tranquila de resistir sea ir más despacio. Leer sin apuro. Volver a temas pasados. Retomar un libro que ya no está de moda. Seguir una conversación que ya no es popular. En resumen, elegir cuidar lo que realmente vale la pena, aunque todo a nuestro alrededor diga que hay que seguir con otra cosa. Porque si todo se vuelve rápido, descartable y sin pausa, no solo perdemos la capacidad de pensar en profundidad: también se debilita la cultura que compartimos.

